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Un trío con una prima que me lleva 14 años
La idea se me ocurrió un viernes por la noche, tirada en la cama con Fer después de que nos dimos una buena sesión. Él, sudoroso y con la respiración aún agitada, me acariciaba el pelo y me dijo, con esa voz ronca que me vuelve loca: «¿Y si invitamos a alguien más la próxima vez? Alguien que conozcas, que confíes». No fue la primera vez que lo sugería, pero esta vez una imagen se me vino a la cabeza de inmediato: mi prima mayor, Adriana.
Adriana tiene 44 años, es divorciada, contadora seria de lunes a viernes, pero con una mirada que siempre me ha hecho sospechar que detrás de esas gafas y esos trajes formales hay una fiera encerrada. Se había soltado un poco desde el divorcio, pero seguía siendo la prima «correcta» de la familia. La que me daba consejos de vida. El reto me pareció irresistible.
«¿Adriana?», preguntó Fer, levantando una ceja. «¿Tu prima la contadora? Esa que parece que tiene un palo metido en el culo». «Esa misma», le dije, mordiéndole el pezón suavemente. «Imagínatela sin el traje, sin las gafas, gimiendo debajo de ti». El solo pensamiento hizo que su verga, que ya empezaba a flaquear, volviera a latir contra mi muslo.
Le mandé un mensaje a Adriana al día siguiente, cuidadosamente redactado. «Primi, Fer y yo queremos invitarte a cenar el sábado. Algo tranquilo en casa, para charlar y tomar un vino». Dudó. Se hizo la dura. «No sé, Laura, tengo mucho trabajo…». «Un solo vino», insistí. «Te prometo que te relajarás». Finalmente, aceptó.
El sábado llegó. Yo me puse un vestido corto, sin nada debajo, por supuesto. Fer se veía delicioso, con un jean ajustado y una camisa negra que le marcaba los brazos. Adriana llegó puntual, con un vestido conservador, azul marino, que le llegaba hasta las rodillas. Se veía nerviosa, bebiendo el vino demasiado rápido.
La conversación fue normal al principio. Del trabajo, de la familia. Pero yo, poco a poco, fui subiendo el tono. Empecé a acariciar el muslo de Fer por encima del pantalón, y luego, sin pudor, le bajé la cremallera y le saqué la verga, semi-erecta, bajo la mesa. Adriana se quedó pálida. «¿Qué hacen?», dijo, con la voz un poco quebrada. «Relájate, primi», le dije, mientras empezaba a masturbar a Fer con una mano. «Es mi casa. Aquí hacemos lo que nos da la gana».
Fer, por su parte, no decía nada, solo me miraba con una sonrisa pícara, disfrutando del espectáculo. Su verga crecía en mi mano, dura y caliente. Adriana intentó levantarse. «Esto no está bien, me voy». «¿Por qué?», le pregunté, sin dejar de mover la mano. «¿Nunca te ha entrado la curiosidad? A tu edad, divorciada… debes de estar muerta de hambre».
Esa frase, «muerta de hambre», la detuvo. Se quedó mirando la verga de Fer, que ahora estaba completamente erecta, imponente, con las venas marcadas y la punta brillando con mi propio lubricante. Podía ver la lucha en sus ojos. La prima correcta contra la mujer que llevaba dentro.
«Tócala», ordené, suavemente. Ella negó con la cabeza, pero no se movió. «Solo tócala, Adriana. No muerde». Con una mano temblorosa, extendió los dedos y rozó la punta. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. «Dios…», murmuró.
Eso fue todo lo que necesitó Fer. Se levantó, con su verga palpitando frente a ella, y la tomó de la mano. «Ven», le dijo, con una voz que no admitía discusión. La llevó al sofá y la sentó. Se arrodilló frente a ella y le levantó el vestido. Adriana llevaba unas bragas de algodón, blancas, sencillas. De abuelita. Fer se rió por lo bajo. «Esto no puede ser», dijo, y se las quitó de un tirón.
Ahí estaba, su sexo, más maduro que el mío, con unos labios carnosos y un vello bien cuidado, pero evidentemente de una mujer que no estaba acostumbrada a este tipo de situaciones. Olía a limpio, a jabón neutro. Fer no perdió el tiempo. Se inclinó y le pasó la lengua de arriba abajo. Adriana gritó, un sonido ahogado, y sus manos se aferraron a los cojines del sofá.
Yo me acerqué, me puse de rodillas frente a su cara. «Ahora yo», le dije, y me bajé la parte de arriba del vestido, mostrándole mis pechos. «Chúpamelos». Ella, aturdida, con los ojos vidriosos por el placer que Fer le estaba dando, obedeció. Tomó uno de mis pezones en su boca y empezó a chupar, con una torpeza que me resultó excitante. Era evidente que no había estado con una mujer antes.
Mientras ella me chupaba los pechos y Fer le daba con la lengua en el clítoris, yo empecé a bajar mi vestido por completo, hasta quedar desnuda. Luego, me puse sobre ella, en una posición de 69 invertido, y bajé mi sexo a su boca. «Lámeme, primita», le ordené. Dudó solo un segundo. Luego, su lengua, tímida al principio, luego más decidida, encontró mi clítoris.
Era raro. Sentir la lengua de mi prima, la prima que me enseñó a atarme los zapatos, en mi concha, chupándome con una necesidad creciente. Fer, mientras tanto, la estaba haciendo venir con la boca. Escuché sus gemidos, cada vez más fuertes, más descontrolados, y sentí cómo su boca se volvía más urgente contra mí. Era una cadena de placer. Yo le daba placer a Adriana con mi cuerpo, Fer se lo daba a ella con su boca, y ella, a su vez, me lo daba a mí.
Fer se separó de ella por un momento. «Está lista», dijo, y su voz era áspera por el deseo. Se puso de pie, su verga brillaba, empapada de los jugos de Adriana. Miró a mi prima, que jadeaba, con los ojos perdidos. «¿Quieres que te la meta?», le preguntó, directamente. Adriana, en vez de responder con palabras, abrió las piernas más, en una invitación clara, obscena.
Fer no necesitó más. Se puso encima de ella y, con un empujón firme pero no brusco, le metió la verga entera. Adriana gritó, un grito que era mitad dolor, mitad éxtasis. «Así…», gemí yo, mientras seguía con mi sexo en su boca. «Cógela, Fer. Cógete a mi prima seria».
Y él lo hizo. Empezó a mover las caderas, al principio con un ritmo constante, luego más rápido. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los gemidos de los tres. Adriana ya no chupaba mi sexo, solo gemía contra él, con cada embestida de Fer. Sus manos me agarraban las nalgas, apretando, como buscando un ancla en medio del torbellino.
Yo me separé un poco para ver mejor. La vista era surrealista. Mi novio, follándose a mi prima mayor contra el sofá de mi sala. Sus piernas, más maduras, enredadas alrededor de su cintura. Su cara, congestionada, la boca abierta en un gemido continuo. Fer, sudando, con los músculos tensos, dándole sin piedad. Era una imagen que nunca olvidaré.
«Cambiemos», jadeé. Fer entendió al instante. Salió de Adriana, que gimió por la pérdida, y me puso a mí en la misma posición, boca abajo sobre el sofá, con las nalgas hacia él. Entró en mí de un solo golpe, y yo grité de placer. Mientras me follaba a mí, le señalé a Adriana, que miraba todo con ojos desorbitados. «Y tú, primita, no te quedes ahí. Sigue chupándome».
Adriana, como en un trance, se arrastró por el piso y puso su boca de nuevo en mi sexo, justo donde la verga de Fer entraba y salía. Sentir su lengua en mi clítoris, mientras mi novio me penetraba profundamente, fue demasiado. Tuve un orgasmo violento, gritando, con las uñas clavadas en el sofá.
Fer, al sentir mis contracciones, aceleró. «Me voy a correr», gruñó. «¿Dónde?». «En ella», dije, sin dudar. Quería verlo. Salió de mí y volvió a empotrarse en Adriana, que recibió sus últimas embestidas, rápidas y profundas, con un gemido largo. La vi cómo su cuerpo se tensaba y luego Fer, con un gruñido gutural, se vaciaba dentro de ella, llenándola.
Nos quedamos los tres jadeando, un desastre de sudor y fluidos. Adriana tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando rápidamente. Fer se desplomó a su lado, y yo me tiré al suelo, junto a ellos.
El silencio era pesado, solo roto por nuestra respiración. Adriana abrió los ojos y me miró. No había arrepentimiento en su mirada. Solo asombro. Y hambre. «Dios mío», susurró.
Sonreí. «Ya no tan culo cerrado, ¿eh, primita?».
Ella se rió, una risa nerviosa, liberadora. «No. Definitivamente, no».
Fer nos pasó una manta y nos sirvió más vino. Estuvimos ahí, los tres desnudos en el piso de la sala, hablando, riendo, como si siempre lo hubiéramos hecho. Adriana se fue al amanecer, con una sonrisa que no le había visto en años. Y yo me quedé con la certeza de que los lazos familiares, a veces, se forjan de las maneras más inesperadas. Y las más deliciosas.


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