noviembre 4, 2025

1107 Vistas

noviembre 4, 2025

1107 Vistas

Me tuve que ir arriba de un amigo en un viaje en carro

0
(0)

Esa noche de Halloween fue de esas que uno no olvida, mi amor. Con el grupo de amigas siempre hacemos algo, y esta vez decidimos ir a una parcela que tiene una de ellas por ahí por los lados de El Hatillo. La cosa es que éramos como ocho y solo había una camioneta disponible, la del hermano de Mariana, que es un ángel por aguantarnos. Pero, claro, no cabíamos todos. Yo, fui la elegida para ir… bueno, no exactamente sentada.

«Cris, te vas encima de Andrés», dijo Mariana, como si fuera lo más normal del mundo. Andrés. Ese nombre me hizo sonrojar de solo pensarlo. Andrés es un amigo del grupo, de esos que conoces hace años, con el que siempre hay miradas de más, sonrisas pícaras, pero nunca habíamos pasado de ahí. Él tiene 32, es alto, moreno, con unos brazos que delatan que va al gimnasio, y una sonrisa que me derrite. Y yo, con mis 35 años y mis curvas que no escondo, siempre he sentido que él me mira con algo más que simple amistad.

Así que ahí estaba, subiéndome a la camioneta, con mi disfraz de vampiresa —una falda corta negra, medias de red y un top ajustado—, tratando de no hacer el ridículo. Andrés ya estaba sentado en la parte de atrás, en la tercera fila, que es como un asientito individual. «Ven, Cris, aquí», me dijo, y su voz me recorrió como un escalofrío. Me senté, inicialmente, en una de sus piernas, de lado, tratando de ser discreta. La camioneta arrancó, y con el movimiento, mi cuerpo se balanceaba contra el suyo.

Los primeros minutos fueron de esa tensión rica, la que te hace sudar las manos. Él ponía las manos en mi cintura, supongo que para que no me cayera, pero sus dedos presionaban mi piel a través de la tela del top. Yo hablaba con las chicas, tratando de actuar normal, pero por dentro sentía cada respiración de él en mi nuca. Hasta que, con un frenazo, «me incomodé». O al menos eso dije. «Ay, este asiento está horrible», me quejé, y me moví, ajustándome, hasta quedar sentada justo encima de su regazo, con mis nalgas directamente sobre sus muslos.

Fue entonces cuando lo sentí. Un bulto duro, caliente, que empezaba a crecer justo debajo de mí. Mi corazón se aceleró. Él tragó saliva y yo pude sentir cómo su cuerpo se tensaba. «¿Estás bien?», me preguntó, con una voz un poco ronca. «Sí, perfecto», mentí, porque en realidad estaba a punto de prenderme en llamas. Empecé a moverme, lentamente, casi imperceptiblemente, frotando mi trasero contra ese bulto prometedor. Era un movimiento sutil, disimulado con las curvas del camino, pero para los dos era obvio lo que estaba pasando.

La camioneta iba por la autopista, la música a todo volumen, mis amigas riéndose y cantando, y nosotros dos ahí, en nuestro mundo secreto. Yo me incliné un poco hacia adelante, como para agarrar mi bolso, y en ese movimiento, levanté un poco la falda, solo lo suficiente para que él pudiera ver. Llevaba unas calzas negras, de esas que se pegan como una segunda piel, y sé que mi culo, aunque no sea gigante, tiene una forma que a más de uno le ha gustado. Sentí cómo sus manos apretaban más mi cintura, y cómo su respiración se hacía más pesada.

Él no dijo nada, pero sus dedos empezaron a trazar círculos en mis caderas, bajando muy lentamente, hasta rozar la parte superior de mis nalgas. Yo gemí bajito, un sonido que se perdió en la música, y me moví con más decisión, frotándome contra su erección, que ahora sentía palpitando a través de su pantalón y mi ropa. Era una locura, mi amor, una locura deliciosa. Allí, en medio de mis amigos, con el hermano de Mariana manejando sin sospecha alguna, yo estaba básicamente montando a Andrés, solo que con la ropa puesta.

Después de unos 30 minutos, salimos de la autopista y entramos al camino de tierra que lleva a la parcela. Aquí, el asunto se puso aún mejor. El camino era un desastre, lleno de baches, y la camioneta se sacudía como loca. Cada golpe, cada sacudida, era una excusa perfecta para moverme más, para frotarme con más fuerza contra él. Yo me agarré del asiento de adelante, arqueando la espalda, y empecé a mover las caderas en un ritmo que ya no era tan disimulado. Era una especie de baile lento, sensual, que solo nosotros entendíamos.

Él, por su parte, ya no podía disimular. Sus manos me agarraban de las caderas con fuerza, guiando mis movimientos, apretándome contra su verga, que ahora sentía enorme, dura como una roca. Jadeaba en mi oído, y yo podía sentir su aliento caliente en mi piel. «Cristina…», susurró, y ese solo sonido me puso al borde del orgasmo. Yo seguía moviéndome, sintiendo cómo el calor se acumulaba en mi entrepierna, cómo mi ropa interior ya estaba empapada.

Fue en uno de los baches más fuertes que sentí que él se tensaba de repente. Su cuerpo se puso rígido, sus dedos se clavaron en mis caderas, y un gemido ahogado escapó de sus labios. Yo sabía lo que había pasado. Seguí moviéndome un poco más, disfrutando de los espasmos finales de su cuerpo contra el mío, hasta que él se relajó, jadeando, apoyando la frente en mi espalda.

Unos minutos después, sonó mi teléfono. Era un mensaje de él. Lo abrí, con las manos temblorosas. «Me acabo de venir». Esas tres palabras me electrizaron. Lo miré por encima del hombro y él tenía los ojos vidriosos, una mezcla de placer y vergüenza. Le sonreí, malvada, y le escribí: «Cuando lleguemos, te lo limpio». Su mirada se llenó de esperanza, pero yo ya había decidido que no lo haría. Un poco de tortura no le hace mal a nadie.

Cuando por fin llegamos a la parcela, todos bajaron de la camioneta, riendo y estirándose. Andrés y yo nos quedamos un segundo atrás. Él me miró, expectante. «¿Y…?», dijo, con una sonrisa tímida. Yo me bajé de su regazo, sintiendo cómo sus pantalones debían estar hechos un desastre, y le guiñé un ojo. «¿Y qué? Llegamos, Andrés. Vamos a la fiesta». Su cara de decepción fue priceless, mi amor. Se bajó, tratando de disimular la mancha húmeda en su pantalón, y yo entré a la parcela con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja.

Toda la noche, en la fiesta, él me seguía con la mirada, caliente, frustrado, pero divertido. Yo bailaba, bebía, me reía con mis amigas, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía ese calor otra vez. Él se acercó en un momento y me susurró al oído: «Eres una diabla, Cristina». Yo solo me reí. «Y tú te dejaste, cariño».

No pasó nada más esa noche, aparte de miradas y algún roce casual al pasar. Pero la tensión sexual que quedó entre nosotros era tan espesa que se podía cortar con cuchillo. Y yo, la muy perra, disfruté cada segundo de su frustración. Porque a veces, el juego, la espera, es tan excitante como el acto en sí. Y Andrés, pobrecito, se tuvo que aguantar las ganas toda la noche, con el recuerdo de mis nalgas frotándose contra él en ese viaje que, para mí, fue mejor que cualquier cogida. Bueno, casi.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

Soy gay y tuve sexo con una mujer por primera vez

tonygay21

05/05/2014

Soy gay y tuve sexo con una mujer por primera vez

Bastante alocada...

anonimo

01/10/2012

Bastante alocada...

Uno de mis relatos vívidos

anonimo

29/05/2025

Uno de mis relatos vívidos
Scroll al inicio