noviembre 2, 2025

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Desleche a tres chavitos de 18 de la uni

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La verdad es que volver a la universidad a los 27 no es fácil. Llegas y todos parecen bebés, con su piel lisa y sus conversaciones sobre videojuegos y fiestas de prepa. Yo, por mis idas y venidas, quedé en primer semestre otra vez. En mi grupo son puros chavos de 18, apenas saliendo del cascarón. Trato de llevarme bien con todos, aunque a veces me siento como su mamá.

La semana pasada nos dejaron un trabajo en equipo de esa clase aburrida de metodología de la investigación. Me tocó con tres chavos con los que casi no había hablado: Carlos, el más serio; Diego, el que siempre lleva gorra; y Javier, el más callado de todos. Ni siquiera sabía sus nombres completos.

Como mi departamento está cerca de la uni y tengo espacio, les propuse hacer el trabajo ahí. Se veían nerviosos cuando les invité, pero aceptaron. Que sí, que qué amable, que gracias. Llegaron puntuales, con sus mochilas y sus laptops, todos bien educados.

Al principio fue puro trabajo. Repartimos temas, buscamos información, armamos la presentación. Yo hice café y puse algo de música suave para relajar el ambiente. Notaba cómo me miraban de reojo, especialmente Carlos, que no podía mantener la vista en la pantalla cuando yo me movía por la habitación.

Después de un par de horas, el trabajo estaba casi listo. Empezamos a hablar de otras cosas, de la universidad, de sus planes. Yo, para romper el hielo, saqué una botella de vino que tenía en la cocina. «¿Les gusta el vino?», pregunté. Se miraron entre ellos, medio incómodos. «No tomamos mucho», dijo Diego. «Pero podemos probar», añadió Carlos rápidamente.

Serví cuatro copas. Se veían tan jóvenes sosteniendo esas copas, tan fuera de lugar. Pero con el primer sorbo, empezaron a soltarse. Hablamos de la vida, de relaciones. Ellos me contaron sus novias del colegio, sus primeras veces, todo muy inocente. Yo les conté un poco de mis experiencias, sin entrar en detalles, pero se notaba que les intrigaba.

En un momento, Javier, el más tímido, dijo: «Es que debe ser diferente con una mujer… más experimentada». Se puso rojo como un tomate apenas lo dijo. Los otros se rieron nerviosos, pero yo vi la oportunidad.

«¿Experimentada en qué?», pregunté, mirándolos a cada uno. El silencio se hizo pesado. Carlos tragó saliva. Diego jugueteaba con su copa.

«En… todo», murmuró Javier.

Me levanté y me acerqué a la ventana, cerrando las cortinas lentamente. «Chicos, el trabajo ya está casi listo. ¿Quieren… algo más interesante?».

Nadie dijo nada, pero sus miradas lo decían todo. Carlos se ajustó el pantalón, incómodo. Diego no podía apartar los ojos de mis piernas. Javier respiraba más rápido.

Empecé por Carlos, que parecía el líder del grupo. Me acerqué a su silla y me puse detrás de él, mis manos en sus hombros. «Estás muy tenso», murmuré en su oído. Él se estremeció. Mis dedos bajaron por su pecho, despacio, hasta llegar a su entrepierna. Estaba duro como una roca. «¿Te gusta?», le pregunté, apretando suavemente. Él solo asintió, con los ojos cerrados.

«¿Y ustedes?», me volví hacia Diego y Javier. «¿Solo van a mirar?».

Eso los liberó. Diego se levantó de un salto y se acercó. «Yo… yo quiero», dijo, con una voz que le temblaba.

«Qué quieres, Diego?», le pregunté, desabrochándome el primer botón de la blusa.

«Tocarte», susurró.

Mientras una mano seguía masajeando la erección de Carlos a través del pantalón, con la otra tomé la mano de Diego y la guié hacia mis pechos. Él gimió al contacto, apretando suavemente. «Así está bien», le dije.

Javier todavía estaba sentado, observando, con las manos apretando los brazos de su silla. «Javier, ven aquí», ordené suavemente. Él obedeció, caminando como en trance. Cuando estuvo frente a mí, le tomé la cara y lo besé. Fue un beso torpe, inexperto, pero lleno de deseo. Sus labios temblaban.

Para entonces, ya tenía a Carlos gimiendo bajo mi mano, a Diego acariciándome los pechos por encima de la blusa, y a Javier besándome con una urgencia adorable. «Vamos a la cama», dije, rompiendo el beso.

Los llevé a mi habitación, los tres siguiéndome como cachorros. Una vez ahí, me quité la blusa y el sostén. Sus miradas eran de puro asombro. «¿Nunca han visto tetas de verdad?», bromeé, y ellos negaron, embobados.

«Carlos, acuéstate aquí», señalé el centro de la cama. Él obedeció, con su erección marcándose claramente en sus jeans. Me subí a horcajadas sobre él, pero no directamente, solo me senté en sus muslos. «Diego, Javier, vengan aquí».

Les quité las playeras. Sus cuerpos eran jóvenes, delgados, suaves. Empecé por Diego, besando su cuello mientras mis manos desabrochaban su pantalón. Su verga saltó libre, joven, recta, con una gota de precum en la punta. La agarré y empecé a jalarla, con un movimiento firme. Él gimió, apoyando las manos en mis hombros.

Mientras hacía eso, le decía a Javier: «Tócame las tetas, chico. No tengas miedo». Él extendió sus manos temblorosas y las apretó. Sus dedos eran torpes, pero el entusiasmo compensaba la falta de técnica.

Cambié de objetivo. Me bajé de Carlos y me arrodillé frente a Diego. «Mírame», le dije, y luego me llevé su verga a la boca entera. Él gritó, una voz quebrada, y sus piernas temblaron. La chupé con ganas, haciendo sonidos húmedos y obscenos, mientras miraba a los otros dos. Carlos se estaba masturbando a través del pantalón, y Javier no sabía qué hacer con sus manos.

Después de un minuto, solté a Diego, que jadeaba. «Carlos, tu turno». Él se bajó el pantalón y los boxers. Su verga era más gruesa, quizás la más impresionante de los tres. Me la metí a la boca también, pero solo un poco, jugando con la punta con mi lengua. Él gruñó, agarrando las sábanas.

«Javier», llamé, y él se acercó. «Ponte detrás de mí». Él obedeció, y sentí sus manos inseguras en mi cintura. «Bájame el jeans». Lo hizo, y mis pantaletas negras quedaron al descubierto. Sus dedos se posaron en la tela, en mi trasero. «Tócame», susurré.

Mientras chupaba a Carlos, sentía a Javier explorando mi cuerpo por detrás, sus dedos encontrando la humedad que ya empapaba mis bragas. Diego, recuperado, se arrodilló a mi lado y empezó a chupar mis tetas, con una lengua ansiosa.

Era una locura. Tenía a uno en mi boca, a otro en mis pechos, y a un tercero descubriendo mi sexo por primera vez. El sonido de sus gemidos, su respiración agitada, el olor a juventud y excitación… era intoxicante.

Cambié de nuevo. «Todos en la cama, boca arriba», ordené. Se acostaron, los tres con sus vergas duras y palpitantes apuntando al techo. Yo me paseé frente a ellos, quitándome el resto de la ropa lentamente, mostrándoles todo. Sus ojos eran platos, sus bocas entreabiertas.

Empecé con Javier, el más necesitado. Me monté sobre él, guiando su verga a mi entrada. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Él gritó, un sonido de sorpresa y placer, y sus manos se aferraron a mis caderas. Empecé a moverme, lento al principio, mostrándole el ritmo. «Así, Javier, así se hace», jadeaba, mientras mis manos recorrían mi propio cuerpo.

Después de un minuto, me bajé. «No te vengas todavía», le dije. Pasé a Carlos. Con él fue diferente, más salvaje. Me puse a cuatro patas y él se colocó detrás, penetrándome con fuerza desde el primer momento. Sus embestidas eran potentes, decididas. «Sí, Carlos, dámelo todo», gemí, y él respondió con gruñidos, sus manos agarrando mis nalgas con fuerza.

Mientras Carlos me cogía por detrás, agarré la verga de Diego, que estaba de pie junto a la cama, y se la metí en la boca. Él gimió, empujando suavemente. Javier miraba, masturbándose con una mano febril.

Roté otra vez. «Diego, tú ahora». Él me penetró por delante, y su ritmo era nervioso, rápido. «Despacio, nene, disfrútalo», le guié, y él redujo la velocidad, encontrando un compás más profundo. Carlos, por su parte, se había ido a un rincón a masturbarse mirándonos, al borde del orgasmo.

Finalmente, los hice pararse a los tres, frente a mí, sus vergas brillando con saliva y sus fluidos. «Ahora», jadeé, arrodillándome frente a ellos. «Vénganse todos. En mi cara. Quiero sentir su leche».

Fue como un derrumbe. Carlos fue el primero, con un gruñido ronco, un chorro espeso y caliente que me golpeó la mejilla. Diego siguió, gemiendo mi nombre, su semen mezclándose con el de Carlos en mi mentón. Javier, el más tímido, fue el último, con un hilo blanco que cayó sobre mis pechos mientras él temblaba violentamente.

Quedaron ahí, jadeando, vacíos, mirándome con una mezcla de asombro, gratitud y vergüenza. Yo, cubierta de ellos, sonreí. «El trabajo quedó perfecto, ¿no creen?».

Se limpiaron y vistieron en silencio, sin saber qué decir. Al despedirse, solo atinaron a murmurar «gracias» antes de escapar por la puerta.

Yo me quedé ahí, con el olor a sexo joven llenando el departamento, sabiendo que probablemente repetiríamos la sesión de estudio muy pronto. Después de todo, la educación es lo más importante.

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