Ari: Prisionero de Mi Piel III
Los dÃas pasaron…
Intenté ignorarlo. De verdad lo intenté. Me repetÃa cada mañana que Jordan no significaba nada, que era solo un muchachito de 19 años entrometido, altanero, inmaduro, un don nadie comparado conmigo. SalÃa de casa con la cabeza gacha, decidido a no mirarlo, decidido a pasar de largo. Pero siempre estaba ahÃ.
Por más ropa holgada que me pusiera, nunca era suficiente. Pantalones anchos, poleras largas… todo con tal de esconder mi cuerpo que tanto llamaba la atención de Jordan. Pero no importaba cuánto me tapara, siempre se notaba.
Y Jordan, como lobo hambriento, nunca desperdiciaba la oportunidad. Apenas me veÃa, se relamÃa con esa sonrisa de macho seguro de sà mismo, y me lanzaba palabras que me incendiaban por dentro.
—Ari… chiquita —me dijo hoy, apenas me vio doblar la esquina—. Que ricas piernotas… pero se verÃan mejor en mis hombros— lo decÃa con esa sonrisa burlona que me arrancaba un temblor en el estómago.
Yo apretaba mis delicadas manos contra mi pecho, con las mejillas rojas y la voz quebrada.
—N-no… yo… tengo que irme.
Daba un paso, pero él daba dos. Su cuerpo enorme bloqueaba mi camino, y mi respiración se volvÃa torpe, casi infantil. Jordan bajaba un poco la cabeza para mirarme de cerca, y yo, instintivamente, desviaba los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.
—Estas tan rica Ari… —susurraba, rozándome el mentón con la punta de sus dedos.
El contacto me hizo estremecer. Retrocedà un paso, con el corazón latiendo desbocado.
—Por favor… déjame… —murmuré.
Pero su risa me envolvió, profunda, segura, como si supiera que mis palabras eran solo parte de un teatro que ni yo mismo podÃa sostener.
—Que rico culazo Ari… —dijo sin rodeos—. Que rico se ve como tus ricas nalgas se comen tu pantalón asà pronto se va comer esto—mientras se agarraba su entrepierna y se notaba que tenia una erección por el bulto que sobresalÃa de su pantalón.
—C-cállate… —susurré, temblando.
Él rio. Una risa grave, fuerte, que me hizo estremecer. Puso un brazo contra la pared, cortándome el paso, y de pronto su cuerpo enorme me tenÃa acorralado. Yo podÃa sentir el calor de su cercanÃa, y mi respiración se volvió torpe.
—No tienes que fingir conmigo —dijo con voz firme—. Yo sé lo que eres… y me gustas.
—Eres un desgraciado… —susurré, la voz hecha pedazos.
Jordan inclinó la cabeza, sus labios tan cerca de mi oreja que me hicieron estremecer otra vez.
—Se que te gusto Ari, aunque aún no quieras admitirlo.
Me quedé helado. Mis manos temblaban, mis piernas no me respondÃan, y mis lágrimas corrÃan en silencio. Esa era mi lucha: odiarlo con toda el alma, y al mismo tiempo, odiarme más por verme débil a su lado.
Mis piernas temblaban. Todo en mà gritaba que debÃa huir, que no debÃa dejarlo acercarse más. Y sin embargo, cuando su mano rozó la mÃa al quitarme una de las bolsas, no tuve fuerzas para arrebatársela. Me quedé quieto, sumiso, como un niño atrapado, con la garganta cerrada y los ojos húmedos por la vergüenza.
—Asà me gusta —añadió él, con una sonrisa satisfecha—. Obediente.
Me devolvió la bolsa como si nada hubiera pasado, y se apartó lentamente, dándome espacio para huir. Y yo corrÃ, casi tropezando con mis propios pasos, mientras sentÃa que mi pecho ardÃa con un torbellino de miedo, negación… y algo más.
Porque, aunque me repetÃa una y otra vez que debÃa olvidarlo, que no podÃa dejarlo entrar en mi vida, cada vez se me hacÃa más difÃcil ignorar el fuego que encendÃa en mà su sola presencia.
Esa noche apenas pude dormir. El eco de su voz seguÃa persiguiéndome, como si Jordan estuviera sentado a los pies de mi cama, susurrándome esas palabras que no podÃa arrancar de mi cabeza.
«Yo sé lo que eres… y me encanta.»
Me envolvà en las sábanas, apretando los ojos con fuerza.
—¡No! —murmuraba en voz baja—. No soy eso… no puedo serlo…
Mi corazón golpeaba como un tambor. SentÃa vergüenza, miedo, un nudo en el estómago que me ahogaba. Y, sin embargo, habÃa algo peor: esa parte de mà que temblaba al recordar cómo sus dedos rozaron mi piel.
Me levanté de golpe, encendà la luz y me puse frente al espejo. Lo odiaba. Odiaba verme asÃ, con este cuerpo que todos confundÃan con el de una mujer. Mi reflejo me devolvÃa la mirada con unos ojos húmedos, rojos de tanto contener el llanto. Mis labios carnosos, mi piel blanca, mi silueta delicada… todo era un recordatorio cruel de lo diferente que era.
Golpeé el espejo con las manos abiertas.
—¡Soy hombre! —grité entre sollozos—. ¡Soy hombre, maldita sea!
Pero mi voz temblorosa, aguda, casi de niña, sonó como una burla. Y cuanto más lo repetÃa, más me convencÃa de que estaba atrapado en una mentira que yo mismo no podÃa sostener.
Caà de rodillas, llorando en silencio, como un niño perdido.
—Dios… ¿por qué a m�… —susurraba, con las manos tapándome la cara—. No quiero ser esto… no quiero sentir esto…
El recuerdo de Jordan, tan alto, tan seguro, rodeándome con esa risa arrogante, me quemaba por dentro. No era solo miedo. HabÃa algo más. Algo que me hacÃa estremecer y que odiaba reconocer.
Me arrastré hasta la cama, me acurruqué en un rincón, abrazando mis piernas. Intentaba convencerme de que mañana serÃa distinto, de que podrÃa ignorarlo, de que todo esto no era real. Pero en lo profundo de mi pecho lo sabÃa: cada dÃa, cada encuentro, cada palabra suya estaba quebrándome.
Y yo, en mi fragilidad, en mi inocencia, no sabÃa cuánto más podrÃa resistir antes de caer rendido.
Desde aquel dÃa en la ventana, mi vida dejó de ser la misma. Jordan no desaparecÃa, al contrario, parecÃa multiplicarse a mi alrededor. Cuando iba a comprar pan, ahà estaba. Si salÃa a botar la basura, lo encontraba recostado contra la pared del frente, mirándome con esa sonrisa que me quemaba por dentro. Yo intentaba ignorarlo, caminar rápido, fingir que no escuchaba… pero siempre terminaba atrapado por su voz.
Esa tarde, con el pan caliente en las manos, supe que no podÃa escapar.
—¿Otra vez tan apurada, princesa? —su voz profunda me atravesó como un rayo.
Me puse rojo de inmediato. Bajé la cabeza.
—Y-yo… tengo que volver a casa… —murmuré, apenas audible.
Jordan se acercó despacio, como un depredador que ya sabÃa que su presa estaba paralizada.
—¿Y por qué huyes de m� ¿Te doy miedo? —me preguntó, inclinándose para verme el rostro.
Tragué saliva. Mis labios temblaban.
—N-no… solo que… yo… no debo… —me detuve, incapaz de articular.
Él rió, un sonido grave que me hizo estremecer.
—No debes, no debes… siempre con tus reglas, ¿no? —dijo burlón—. Eres tan inocente, Ari. Pronto serás mi mujer.
Sentà un calor extraño subirme al pecho.
—No me digas asÃ… —pedà en un hilo de voz.
—Tú vas hacer mi mujer—replicó él, acercando su rostro al mÃo.
Me ruboricé aún más, las manos me sudaban.
—Jordan, por favor… déjame en paz…
Él arqueó una ceja y sonrió de costado.
—¿De verdad quieres que te deje en paz? Porque yo veo otra cosa. Te veo temblar, y no solo de miedo. Te ruborizas cada vez que me acerco. ¿Sabes lo que pienso? —su voz bajó, grave, casi un susurro—. Que en el fondo, lo disfrutas.
Negué con la cabeza, aterrado.
—¡No! Eso no es verdad… yo… yo no soy asÃ…
Jordan me acorraló contra la pared, su sombra enorme cubriéndome por completo. Yo sentÃa que no podÃa respirar.
—Claro que lo eres —afirmó con una seguridad aplastante—. Y mientras más lo niegues, más me lo confirmas.
Yo apreté los ojos, con las lágrimas queriendo salir.
—No… no digas eso… por favor…
Él me tomó suavemente del mentón y me obligó a mirarlo.
—Escúchame bien, Ari… —dijo despacio, como si me estuviera marcando cada palabra en la piel—. Desde el dÃa que te vi, supe que ibas a ser mÃa. Tú puedes llorar, huir, negar… pero no puedes escapar de mÃ… y tarde o temprano, vas hacer mi mujer.
El corazón me golpeaba tan fuerte que sentÃa que iba a desmayarme.
Me cubrà el rostro con las manos, desesperado.
—¡Basta! ¡No digas eso! —balbuceé, con la voz quebrada.
Él me apartó una mano con firmeza, sin dejarme escapar.
—¿Ves? Eres tan frágil… tan débil… tan sumisa. Ni siquiera sabes defenderte. Y eso… —rozó mi mejilla con sus dedos ásperos— …me vuelve loco, mÃrame como me tienes mostrándome su descomunal erección atreves de su pantalón.
Me estremecà al ver lo grande que se le marcaba debajo de su pantalón, me dio miedo, pero no podÃa apartar la mirada de su entrepierna.
—Por favor… yo no quiero esto… —susurré, casi suplicando. Con lágrimas silenciosas corriendo por mi rostro.
Jordan acercó su boca a mi oÃdo, tan cerca que sentà su respiración caliente.
—No puedes evitarlo Ari. Vas a terminar obedeciéndome, Ari. Y lo peor… —sonrió, saboreando cada palabra— …es que te va a gustar.
Yo me quedé paralizado, atrapado entre el terror y esa extraña sensación que me desgarraba por dentro. Quise gritar, correr, desaparecer… pero no lo hice. Solo temblé, débil, sumiso, sintiendo que poco a poco, ya no me pertenecÃa.
No sé en qué momento mi vida dejó de ser mÃa. Desde aquel descuido en la ventana, Jordan se volvió una sombra inevitable. PodÃa ignorarlo un dÃa, pero al siguiente lo tenÃa rondando de nuevo, esperándome en la esquina, con esa sonrisa burlona que me hacÃa sentir desnuda, débil… atrapada.
Al principio pensé que, si me mostraba indiferente, se aburrirÃa. Qué ingenua fui. Entre más lo ignoraba, más se empeñaba en perseguirme. Y lo peor es que yo… yo no podÃa controlarme. Mis mejillas ardÃan, mi voz temblaba, mi cuerpo me traicionaba cada vez que se acercaba.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.