Por
Anónimo
Los hombres mayores son mi debilidad.
Tengo 18 años recién cumplidos y siempre, desde que tengo memoria, me han atraído los hombres mayores. No los viejitos, claro, sino esos hombres entre 25 y 40 años que ya tienen algo de vida recorrida. Mis amigas del colegio se morían por los chicos de nuestra edad, los de piel lisa y actitud de niño malo, pero a mí me parecían insípidos. No sabían lo que querían, solo pensaban en videojuegos y en fumar marihuana detrás de la cancha. Aburridísimo.
Mi primer flechazo fue con el profesor de historia cuando tenía 15. Él tendría unos 32. Era alto, con unas manos grandes y venosas, y siempre llevaba camisas de manga larga remangadas hasta los codos. Me gustaba cómo explicaba las guerras mundiales, con una pasión que a los otros chicos les daba igual. Yo me sentaba en primera fila y levantaba la mano para cada pregunta, solo para ver cómo me miraba. Sus ojos eran marrones y profundos, como si guardaran secretos. Nunca pasó nada, obvio, pero en mi mente tuve mil fantasías con él.
Ahora, a los 18, esa atracción por los hombres maduros se ha vuelto más intensa, más física. Me excita pensar en un hombre que ya tiene su vida resuelta, o al menos encaminada. Que tiene un trabajo estable, que sabe pagar impuestos, que quizás hasta tiene su propio departamento. Un hombre que no vive con sus papás, que no le pide dinero a su madre para salir. Eso es sexy, aunque mis amigas digan que estoy loca.
Hace tres meses, empecé a trabajar medio tiempo en una cafetería del centro. No por necesidad, mis papás me dan todo, sino para ganar mi propia plata y tener independencia. Ahí lo conocí a él. Se llama Alejandro. Tiene 35 años. Es arquitecto. La primera vez que vino, pidió un espresso doble y se sentó en la mesa del rincón a revisar planos. Llevaba un anillo de plata en el dedo meñique y unos jeans que se le veían increíbles. No pude evitar mirarlo todo el tiempo.
Empezó a venir todos los días, siempre a la misma hora. Yo me arreglaba un poco más esos días, me ponía un poco de rimel y me bajaba un botón más del uniforme. Al principio, solo intercambiábamos sonrisas. «Buenos días», «Gracias». Cosas así. Después de unas dos semanas, un día me preguntó mi nombre. «Valentina», le dije, y se me escapó un rubor. «Yo soy Alejandro», respondió, y extendió su mano para saludarme. Su apretón fue firme, seguro. Sentí una descarga en todo el cuerpo.
Un viernes, la cafetería estaba por cerrar y empezó a llover torrencialmente. Él estaba en su mesa, esperando a que escampara. Yo barría el piso, nerviosa, sintiendo su mirada en mi espalda. «¿Necesitas que te lleve a tu casa?», preguntó de repente. Su voz es grave, pausada. «No vivo lejos», mentí. En realidad, vivía en las afueras, pero quería que me llevara. «Vamos, yo te acerco. No deberías andar sola con esta lluvia».
Acepté. Su auto olía a cuero limpio y a su colonia, algo amaderado y caro. No era un auto deportivo, era un sedán cómodo, de esos que inspiran confianza. En el trayecto, hablamos de música. A él le gusta el jazz, a mí también, aunque solo lo decía para impresionarlo. Me invitó a tomar una copa. «Solo si quieres, claro», añadió. Mi corazón latía a mil. «Sí, quiero», dije, tratando de sonar segura.
Fue a un bar tranquilo, no a esos antros ruidosos a los que iban los chicos de mi edad. Pedimos vino tinto. Él sabía cómo sostener la copa, cómo catar el vino. Me preguntó sobre mis planes, y yo le conté que quería estudiar psicología. Él me escuchaba de verdad, asintiendo, haciendo preguntas inteligentes. No me sentí como una nena, me sentí como su igual.
Al salir, la lluvia había parado. Caminamos hacia su auto y, de repente, me tomó de la mano. Sus dedos se entrelazaron con los míos. Fue un gesto simple, pero me derritió. «Quiero besarte, Valentina», dijo, parándose frente a mí bajo la luz de un farol. Su respiración formaba nubecitas en el aire frío. Asentí, sin poder hablar.
Su beso no fue apresurado ni torpe como los de los chicos de mi edad. Fue lento, experto. Su lengua exploró mi boca con confianza, sus manos en mi cintura me atraían hacia él. Podía sentir la textura de su suéter de cachemira contra mi mejilla. Olía a lluvia, a vino y a hombre. Mucho hombre.
«¿Podemos ir a tu casa?», pregunté, rompiendo el beso. Lo deseaba tanto que me temblaban las piernas. Él dudó un segundo. «¿Estás segura?». «Completamente segura».
Su departamento era exactamente como me lo imaginaba: ordenado, con muebles modernos, estanterías llenas de libros y unos planos enrollados en un rincón. No había posters de bandas, ni ropa tirada por el suelo. Olía a él, a limpieza y a sofisticación. Cerró la puerta y me empujó contra ella, besándome con más hambre esta vez. Sus manos recorrían mi espalda, bajaban hasta mis nalgas, las apretaban. Yo gemía, enloquecida, desabrochándole los botones de la camisa.
Cuando por fin la sacó, pude ver su torso. No era el cuerpo de un chico joven, liso y delgado. Tenía vello pectoral, unos abdominales definidos pero no exagerados, y la piel un poco más gruesa, con algunas cicatrices pequeñas. Era real. Era hermoso. Enterré mi cara en su pecho, respirando su olor. «Quiero verte», murmuró él, y me ayudó a quitarme el suéter y la blusa.
Quedé en sostén y falda. Sus ojos me recorrieron, y vi el deseo en ellos. No era la mirada de un adolescente nervioso, era la mirada de un hombre que sabe lo que quiere. «Eres preciosa», dijo, y era la primera vez que alguien lo decía y yo lo creía completamente.
Me llevó al dormitorio. Su cama era grande, con sábanas de algodón egipcio. Me tumbó suavemente y se puso sobre mí, sosteniéndose con los brazos para no aplastarme. Seguimos besándonos, y sus manos exploraron cada centímetro de mi cuerpo. Cuando me quitó el sostén, sus ojos se clavaron en mis pechos. «Dios, Valentina», susurró, y bajó la cabeza para tomar uno de mis pezones en su boca.
Fue una sensación completamente nueva. Su boca era caliente, húmeda, y su lengua giraba alrededor de mi pezón con una habilidad que me hizo arquear la espalda y gemir fuerte. Mientras chupaba un pecho, su mano masajeaba el otro, sus dedos jugueteando con el pezón. Yo me retorcía debajo de él, perdida en el placer.
Bajó, besando mi estómago, hasta llegar a mi falda. La bajó lentamente, junto con mis bragas. Cuando quedé completamente desnuda frente a él, me sentí vulnerable, pero su mirada era tan admirativa que la vergüenza se desvaneció. «Eres una obra de arte», dijo, y se arrodilló entre mis piernas.
Su lengua en mi clítoris fue otro nivel. Los chicos de mi edad solo daban lamidas torpes y rápidas. Alejandro era metódico, lento. Su lengua trazaba círculos, subía y bajaba, a veces suave, a veces con más presión. Metía los dedos dentro de mí, dos, curvándolos para encontrar ese punto que me volvía loca. Yo gritaba, agarrada de las sábanas, con las piernas temblando. No pude aguantar y tuve un orgasmo explosivo, uno de esos que te nublan la vista. Él no se detuvo, siguió lamiéndome suavemente mientras me recuperaba, alargando las contracciones hasta que suplicué que parara.
Entonces, se levantó y se quitó el resto de la ropa. Su pene era… diferente. No era perfecto y recto como en las revistas. Era grueso, con las venas marcadas, y un poco curvado. Se veía poderoso. Se puso un condón (siempre precavido, otro punto a su favor) y se posicionó entre mis piernas. «¿Lista?», preguntó, y su voz era ronca por el deseo. Asentí, sin aliento.
La penetración fue un momento que jamás olvidaré. No fue un embate brusco. Fue lento, deliberado. Sentí cómo me abría, cómo llenaba cada espacio dentro de mí. Era mucho más grande que los chicos con los que había estado, y al principio dolió un poco, pero su experiencia lo compensaba. Se quedó quieto, dejándome acostumbrar, besándome el cuello y susurrándome cosas bonitas. «Estás tan apretada, Valentina… Te sientes increíble».
Cuando empezó a moverse, fue con una cadencia perfecta. Lento, profundo, asegurándose de que cada embestida me diera placer. Podía sentir cómo su pene rozaba mi punto G con cada movimiento. Yo estaba en éxtasis, con las uñas clavadas en su espalda, gimiendo en su oído. Él cambiaba el ángulo sutilmente, buscando siempre darme más placer. Me puso las piernas sobre sus hombros y esa posición fue la más profunda de todas. Grité, sintiendo que me llegaba al alma.
«¿Quieres venirte otra vez?», me preguntó, jadeando. «Sí, por favor», supliqué. Aceleró el ritmo, sus caderas chocando contra las mías con una fuerza controlada. Una mano bajó entre nuestros cuerpos y sus dedos encontraron mi clítoris, masajeándolo en círculos rápidos. Fue la combinación perfecta. Un segundo orgasmo, aún más intenso que el primero, me estremeció. Grité su nombre, y eso fue lo que él necesitaba. Con unos embates finales, profundos, gruñó y su cuerpo se tensó sobre el mío. Sentí cómo su pene palpitaba dentro de mí.
Se desplomó a mi lado, jadeando, y me atrajo contra su pecho. Su corazón latía fuerte contra mi oído. Nos quedamos así en silencio, acurrucados. No hubo awkward silence, solo una complicidad tranquila.
Esa fue la primera vez. Ahora salimos desde hace tres meses. Mis papás no saben su edad, creen que tiene 25. A veces me siento mal por la mentira, pero sé que no lo entenderían. Con Alejandro, he aprendido más sobre la vida, sobre el sexo, sobre mí misma, que en todos mis años de adolescencia. Él me trata como a una mujer, no como a una nena. Me escucha, me valora. El sexo es siempre así, increíble, porque él se preocupa por mi placer tanto como por el suyo.
Sé que la diferencia de edad es grande. Sé que quizás esto no dure para siempre. Pero por ahora, es perfecto. Y sí, los hombres mayores son definitivamente mi debilidad. Y no, no estoy loca. Solo sé lo que quiero.


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