El encanto de la pija corta
Che, la gente siempre piensa q a los gays nos vuelven locos las pijas grandes, pero no es así. A mi me encantan las cortas, las q no te destrozan por dentro pero te llenan igual. Y esta historia con el chino venezolano lo demuestra.
Resulta q estaba con un pana en Maturín, en Monagas, necesitábamos carne para una parrilla. Fuimos a los chinos de ese chino, un supermercado de esos q atienden los dueños. El carnicero no había ido ese día, y quien nos atendió en la zona de carnes fue este pibe. Un chino venezolano, no muy alto, flaquito pero con unos brazos marcados de tanto cargar peso. Se llamaba Li.
Desde el principio hubo química. Mientras nos cortaba la entraña, nos mirabamos un segundo de más. El sonreía tímido y yo le tiraba unos comentarios. Mi pana ni se dio cuenta, boludeando con el teléfono. Li era callado, pero cuando hablaba tenía una voz suave, con ese acento medio raro, mezcla de venezolano y no se qué. Me volvió loco.
Le pregunté si siempre atendía ahí, dijo q no, q era amigo del dueño y lo ayudaba a veces. Le dije q tenía buena mano para cortar la carne. El se rió y se le marcaron unos hoyitos en las mejillas. Un bombón.
Cuando pagamos, le pasé un papel con mi número. «Por si algún día no tenés carne q cortar y te aburrís», le dije. El lo guardó rápido, como con miedo, pero asintió.
Pasaron tres días. Yo ya me había olvidado un poco, la verdad. Hasta q me llega un mensaje de un número desconocido. «Hola, soy Li, el del supermercado. ¿Querés tomar algo hoy?». Casi se me cae el teléfono. Le contesté q sí, obvio. Quedamos en el TP Café, a las 9 de la noche.
Llegué primero, me senté afuera. El calor de Maturín en la noche es pesado, pero lindo. Llegó puntual, con una remera negra y un jean ajustado. Se veía nervioso. Pedimos unas cervezas y empezamos a hablar. Me contó q había llegado de China hace cinco años, q su familia estaba allá y el se había quedado acá por trabajo. Yo le conté mis cosas, q soy skater, q me gusta la joda pero también la tranquilidad.
La conversación fluía, nos reíamos. En un momento, me tocó la mano sobre la mesa, como sin querer. Fue una chispa. Sus dedos eran delgados, fuertes. Me miró y supe q la noche no iba a terminar en el café.
«¿Querés ir a mi casa?», le pregunté. El asintió, sin dudar. Vivía en Los Guaritos, en un apartamento chiquito pero lindo. En el taxi, no dijimos nada, pero sus piernas rozaban las mías. Yo ya sentía el calorcito en el cuerpo.
Cuando llegamos, entramos y cerré la puerta. Apenas lo hice, lo empujé contra la pared y lo besé. Fue un beso con hambre, de esos q te quitan el aire. El respondió igual, con las manos en mi cintura, apretando. Sus labios eran suaves, chiquitos. Olía a jabón limpio y algo dulce.
Lo llevé al dormitorio, despegando nuestras bocas solo para sacarnos la ropa. El se quitó la remera y tenía un torso liso, sin un pelo, la piel muy blanca. Yo le bajé el jean y los calzoncillos de una, y ahí la vi. Su pija.
Era chiquita, che. De verdad, no más de 8 cm. Pero perfecta. Gruesita para su tamaño, derechita, con la cabeza bien formada y rosadita. Sin un pelo, completamente lisita, como él. A mi se me salió una sonrisa. «Qué linda», le dije. El se puso colorado, trató de cubrirse. «Es pequeña», murmuró, avergonzado.
Le agarré las manos y se las quité de ahí. «A mi me gustan así», le dije, y era la verdad. Las pijas grandes a veces dan miedo, te rompen, te hacen doler. Esta era como hecha para mi.
Me arrodillé y me la puse en la boca. El gimió, apoyando las manos en mi cabeza. Era tan chiquita q me la podía tragar entera sin problema. La chupé bien, con ganas, sintiendo como le latía en mi lengua. El no paraba de gemir, diciendo cosas en chino y en español mezclados. «Dios, así, por favor».
Después de un rato, lo tumbé en la cama. Le puse saliva en su pija y en mi hoyo, no teníamos lubricante a mano. El me miró, con ojos de nervios y excitación. «¿Estás seguro?», preguntó. «Segurísimo», le dije, y me puse encima, guiando su pija hacia mi entrada.
Cuando me la metió, fue… perfecto. No dolió. Solo una presión rica, un llenado justo. Como si su pija estuviera hecha para mi culo. El entró despacio, con cuidado, pero yo le dije q no se preocupara, q le diera. Empezó a moverse, y che, era increíble. Sentía cada centímetro, como me llenaba por dentro sin lastimarme. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con un sonido suave, húmedo.
El gemía, con los ojos cerrados, diciendo mi nombre. «Adriangel, tu culo… es tan bueno». Yo me movía encima, encontrando el ritmo, sintiendo como su pijita corta me rozaba justo donde tenía q rozar. No necesitaba ser larga, solo estar en el ángulo correcto. Y lo estaba.
Cambiamos de posición, lo puse a cuatro patas y me puse detrás. Desde ahí pude ver su espalda, sus nalgas apretadas, y mi culo tragándose su pija chiquita. Era una vista hermosa. Le agarraba las caderas y le daba fuerte, y el gimoteaba, enterrando la cara en la almohada.
«Me voy a venir», jadeó él, después de un rato. «Adentro», le pedí, y eso lo volvió loco. Con unos empujones finales, rápidos, sentí como su pija palpitaba dentro de mi y un chorro caliente llenaba mi interior. El grito, un grito agudo, y se desplomó en la cama.
Yo todavía estaba al palo, así q me puse a masturbarme mientras su pija todavía estaba dentro de mi. En menos de un minuto, me vine yo también, un chorro blanco q me salpicó el estómago y la cama. Fue un orgasmo brutal, de esos q te dejan temblando.
Nos quedamos abrazados, sin hablar, escuchando nuestros corazones calmarse. Su pija chiquita ya estaba blandita, saliendo de mi culo. El me acariciaba el pelo. «Nunca había sido tan… intenso», dijo al rato.
Yo sonreí. «Es porq no necesitás una pija grande. Solo saber usarla».
El se rió, un sonido lindo. «Vos la usaste más q yo».
Pasó la noche en mi casa. A la mañana, se fue temprano para el supermercado. Me mandó un mensaje después: «Fue la mejor noche de mi vida en Venezuela».
Y yo, che, yo me quedé con la sensación de haber encontrado algo lindo. Alguien q no presume de lo q tiene, pero q lo sabe usar mejor q muchos con pijas enormes. Ahora nos vemos seguido, siempre q puede se escapa y venimos a mi casa a repetir la película. Y cada vez es mejor. La pija corta es subestimada, te lo juro. Cuando sabes q hacer con ella, puede dar más placer q una de 20 cm. Y Li, con sus 8 cm, me tiene loco.


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