Lucia Cucci

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octubre 31, 2025

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El mejor polvo de mi vida

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Caminaba por la calle Honduras, el sol de la tarde bañando las fachadas de Palermo con esa luz dorada que tanto amo. Iba distraída, pensando en las pendientes de la oficina, cuando lo vi. Sentado en los escalones de una librería, con los hombros caídos y la mirada perdida en el pavimento. Tomás. Mi vecino de toda la vida, el chico con quien jugaba a la escondida en el patio de atrás cuando teníamos ocho años.

Me acerqué con cuidado, mis tacones haciendo un clic suave contra la vereda. «Tommi?», dije, usando el apodo de la infancia. Él alzó la vista rápidamente, secándose una lágrima furtiva con el dorso de la mano. Sus ojos, normalmente llenos de luz, estaban enrojecidos y opacos.

«Luli… Hola», murmuró, tratando de componer una sonrisa que no llegó a sus ojos. La vergüenza era palpable en su postura, en cómo evitaba mi mirada. «Perdón, es que…»

No le permití terminar. Cerré la distancia entre nosotros y lo envolví en un abrazo firme. Sentí su cuerpo tensionarse al principio, luego ceder por completo, hundiendo su rostro en mi cuello. Su respiración era entrecortada, y podía sentir la humedad de sus lágrimas a través de la seda de mi blusa. «Shhh, ya está», susurré cerca de su oído. «Vení, te invito a un café.»

Lo llevé a un lugar discreto que conozco, con mesitas en el fondo donde la penumbra ofrece cierto anonimato. Pedimos dos cortados y durante los primeros minutos, el silencio solo se interrumpía con el tintineo de las cucharas. Hasta que empezó a hablar.

«Son ocho años, Luli. Ocho años de mi vida», comenzó, con la voz quebrada. «Esta mañana me dijo que ya no sentía lo mismo. Que necesitaba ‘encontrarse a sí misma’. Se va a vivir a España la semana que viene.»

Mientras relataba los detalles de la ruptura, yo no podía dejar de observarlo. El chico flacucho del recuerdo había dado paso a un hombre. Sus manos, grandes y con venas marcadas, jugueteaban nerviosas con la taza. Tenía la mandíbula fuerte, cubierta por una barba de varios días que le daba un aire de abandono que, debo admitir, me resultaba intrigante. Sus labios, finos y bien delineados, se movían con una tristeza que despertaba en mí algo más que lástima.

Hablamos durante horas. De la vida, de sus planes truncados, de mis proyectos. Y con cada palabra, cada confidencia, sentía una humedad familiar entre mis piernas. Mi cuerpo respondía a su vulnerabilidad de una manera que no podía controlar. Cuando el lugar empezó a vaciarse, tomé una decisión.

«Tommi, vení a casa», le dije, pagando la cuenta antes de que pudiera protestar. «No podés estar solo esta noche.»

En el taxi, el silencio era denso, cargado. Yo miraba el perfil de él recortado contra la ventana, la forma en que su mano grande y masculina reposaba sobre su muslo, y sentía cómo mi interior se contraía de anticipación.

Una vez dentro de mi departamento, la atmósfera cambió. La intimidad de mis cuatro paredes, la luz tenue de mis lámparas, todo contribuía a la tensión que había estado construyéndose desde el café. Le serví un whisky, un single malt que reservo para ocasiones especiales. Nuestros dedos se rozaron al pasar el vaso, y una chispa eléctrica recorrió mi brazo.

«Luli, no sé cómo agradecerte…», empezó a decir, pero lo interrumpí.

«No hace falta que digas nada.» Me acerqué a él, que estaba de pie junto al sillón, y le quité el vaso de la mano para dejarlo en la mesa. «Esta noche no vas a pensar en ella.»

Y entonces lo besé.

Fue un beso lento al principio, una exploración. Sus labios estaban fríos por el whisky, pero se calentaron rápidamente bajo los míos. Sentí su sorpresa, un leve titubeo, y luego una rendición total. Sus manos encontraron mi cintura, tirando de mí hacia él hasta que nuestros cuerpos se alinearon. Podía sentir la dureza de su musculatura a través de la ropa, el latido acelerado de su corazón contra mi pecho.

Fue entonces cuando algo cambió. La dinámica de poder se invirtió por completo.

Dejó de ser el vecino triste y quebrado para convertirse en un hombre que tomaba lo que quería. Su boca se volvió exigente, devoradora. Sus manos se deslizaron de mi cintura a mis nalgas, apretándolas con una fuerza que me hizo gemir en su boca. Me giró y me empujó contra la pared, el impacto sacudiéndome. Su cuerpo me inmovilizó, y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente pequeña, vulnerable.

«¿Esto es lo que querés, Luli?», susurró contra mi piel, mientras sus labios recorrían mi cuello, mordisqueando, marcando. Sus manos ya no pedían permiso; tomaban. Me desabrochó la blusa con dedos expertos, los botones volando por los aires. Cuando su boca encontró mis pechos a través del encaje de mi sostén, un grito se me escapó. La humedad entre mis piernas era ahora un torrente, empapando mi bombacha.

Me llevó al dormitorio sin ceremony, su fuerza era abrumadora. En la cama, me desvistió con una urgencia animal, rompiendo la costura de mi falda en su prisa por llegar a mi piel. Cuando quedé completamente expuesta ante él, se detuvo un momento para mirarme. Sus ojos ya no tenían rastro de lágrimas; ardían con un fuego oscuro, posesivo.

«Vos no sabés las cosas que te quiero hacer», dijo, y su voz era una promesa baja y gutural.

Comenzó por mi cuello, besos que se convertían en succiones fuertes que sabía me dejarían morenos. Bajó hasta mis senos, pero no fue con la delicadeza que otros hombres habían usado. Tomó un pezón en su boca y chupó con una fuerza que rayaba en el dolor, mientras sus dedos pellizcaban y retorcían el otro. Yo me retorcía bajo él, completamente perdida, mis manos aferradas a las sábanas.

Su boca continuó su descenso. Separó mis piernas sin miramientos y enterró su rostro en mi sexo. No fue un sexo oral tierno o exploratorio. Fue una toma de posesión. Su lengua era un látigo sobre mi clítoris, plana y amplia, luego puntiaguda y precisa, penetrándome con una profundidad que me hacía arquear la espalda. Gemía, suplicaba, pero él no cedía. Me tenía al borde una, dos, tres veces, retirándose en el último segundo, prolongando la tortura hasta que creí que enloquecería.

Cuando finalmente me permitió venir, el orgasmo fue tan violento que mi visión se nubló. Grité, un sonido gutural que no reconocí como mío, mientras mi cuerpo se convulsionaba una y otra vez bajo su boca implacable.

Antes de que pudiera recuperarme, ya estaba sobre mí. Su pene, que hasta entonces solo había vislumbrado, era imponente. Grueso, largo, con una curvatura que prometía alcanzar lugares que ni sabía que existían. Lo guió a mi entrada, y sus ojos se clavaron en los míos.

«Esta concha es mía ahora», declaró, con una voz que no admitía discusión.

Y entonces me penetró.

No fue un empuje gradual. Fue una embestida única, profunda, que me llenó de una sola vez hasta el tope. El aire salió de mis pulmones en un jadeo. Estaba tan llena que cada centímetro de mi interior parecía estirarse para acomodarlo. Comenzó a moverse, y fue entonces cuando comprendí que todo lo que había experimentado antes era un juego de niños.

Su ritmo era brutal, metódico. Cada embestida estaba calculada para rozar ese punto exacto dentro de mí que me volvía loca. Sus caderas chocaban contra las mías con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Agarró mis manos y las inmovilizó por encima de mi cabeza, un gesto de dominio total que me hizo venir otra vez, intensamente, mi cuerpo estremeciéndose alrededor del suyo en ondas interminables de placer.

Cambiamos de posiciones, pero él siempre mantenía el control. Cuando me puso a cuatro patas, agarrándome de las caderas para penetrarme más profundamente, me miró por encima del hombro. «Nadie te va a coger como yo, Luli. ¿Entendés? Nadie.» Y yo, en mi éxtasis, solo podía asentir, balbuceando su nombre como una plegaria.

Me hizo venir dos veces más de esa manera, cada orgasmo más intenso que el anterior, hasta que me sentí reducida a un ser puramente sensitivo, una masa de nervios y sensaciones. Finalmente, cuando me dio la vuelta y se hundió en mí una vez más, su respiración se quebró.

«Me voy a venir», gruñó, y sus músculos se tensaron bajo mi tacto. «¿Dónde querés que sea?»

«Adentro», supliqué, sin pensarlo. «Por favor, Tommi, adentro.»

Fue el empujón final. Con un rugido que parecía salir de lo más profundo de su ser, se hundió hasta el fondo y se detuvo. Sentí la pulsación poderosa de su pene dentro de mí, la efusión caliente de su semen llenándome en chorros interminables. Fue tan intenso, tan visceral, que un último y cataclísmico orgasmo me sacudió, haciéndome gritar su nombre hasta quedar ronca.

Colapsó sobre mí, su peso un recordatorio reconfortante de lo que acababa de suceder. Nos quedamos así, jadeando, nuestros sudores mezclados, el olor a sexo llenando el aire. Cuando se separó, rodó a mi lado, y yo me acurruqué contra su costado, mi cabeza sobre su pecho, escuchando el ritmo furioso de su corazón que gradualmente se calmaba.

Miré su perfil en la penumbra, la barba oscura contra la almohada blanca, y una pregunta rondó mi mente, persistente e ineludible. ¿Cómo diablos pudo alguien dejar ir a este hombre? No era solo el sexo, aunque había sido, sin lugar a dudas, la experiencia más trascendental de mi vida. Era la intensidad, la entrega total, la forma en que había logrado, en cuestión de horas, volcar por completo mi percepción de él.

Tomás, mi vecino, el chico triste de la librería, resultó ser, sin ninguna duda, el mejor polvo del planeta. Y mientras sentía su brazo fuerte rodeándome, tirándome más cerca de él incluso en su sueño, supe que esta noche no había sido un regalo que yo le daba a él. Había sido al revés. Y la idea de que esto pudiera ser solo una noche de despecho me producía un pánico que no sentía desde la adolescencia.

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