Ashley

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octubre 30, 2025

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El orgasmo en el asiento trasero

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Ese día tenía un viaje familiar a Ica, una mierda total. Cinco horas en el carro con mi mamá y mi hermana menor, escuchando su reggaetón de mierda y sus chismes aburridos.

Iba en el asiento de atrás, con un vestidito corto y una tanga que me quedaba un poco suelta. Mi hermana manejaba y mi mamá iba al lado, las dos hablando como cotorras. Yo me limitaba a mirar por la ventana, aburrida como una ostra, pensando en que preferiría estar con cualquiera de mis amantes antes que ahí.

Paramos en una estación de servicio a la hora y media de camino. «Vamos a tomar un café, Bianka», dijo mi mamá. «No, ustedes vayan, yo me quedo», les dije, sin ganas de moverme. Se bajaron y se fueron hacia la tienda. El carro quedó en silencio, solo con el ruido del aire acondicionado.

Y ahí fue cuando lo noté. El chorro de aire frío del climatizador daba justo entre mis piernas. Yo con el vestidito corto, sin medias, y la tanga suelta. El aire me daba directo en la vagina, una sensación rara, como un dedo invisible acariciándome. Me ajusté en el asiento, separando un poco las piernas, y sentí cómo la corriente de aire me rozaba los labios. Una puntada de calor me recorrió el cuerpo.

No pude evitarlo. Saqué mi teléfono y me puse a tomar fotos. Levanté el vestido y me enfoqué ahí abajo, en mi concha, con la tanga negra que se veía medio corrida. El aire seguía soplando, y cada ráfaga me daba un escalofrío. Me tomé varias fotos, algunas de cerca, donde se me veían los labios hinchados a través de la tela. Ya estaba mojándome, lo sentía.

Empecé a tocarme suavecito, por encima de la tanga. Con la yema de los dedos me frotaba el clítoris, que ya estaba duro como una piedrita. Los gemidos se me escapaban bajito, mirando hacia la tienda por si volvían. Pero no, seguían ahí, en su mundo. Yo en el mío, cada vez más caliente, con el sonido del aire y el roce de mis dedos.

En eso, las vi salir. Me arreglé rápido el vestido y me senté bien, como si nada. Subieron al carro, mi hermana con su café de mierda y mi mamá con un sandwich. «¿Todo bien, hija?», me preguntó mi mamá. «Sí, todo bien», le dije, pero por dentro hervía. El calor entre mis piernas no se iba, al contrario, se había puesto más intenso.

Seguimos el viaje y yo ya no podía pensar en otra cosa. Necesitaba más. Me puse los audífonos y busqué un video porno en el teléfono, uno bueno, de esos donde la mina grita como una loca mientras le dan duro por el culo. Bajé el volumen para que no se escuchara, pero los gemidos en mis oídos me excitaban todavía más.

Con el teléfono en una mano, con la otra empecé a tocarme de nuevo, esta vez más decidida. Me aparté la tanga a un lado, metiendo los dedos directamente en mi concha, que ya estaba chorreando. Sentía mis jugos escurriéndome por los muslos, calientes, espesos. Me metí dos dedos, después tres, moviéndolos adentro, sintiendo cómo me abría. Con el pulgar me masajeaba el clítoris, rápido, circular, como me gusta a mí.

Mi respiración se aceleraba. Trataba de disimular, de mirar por la ventana como si estuviera viendo el paisaje, pero por dentro era un volcán. Mi hermana manejaba y mi mamá hablaba por teléfono, ninguna se daba cuenta de que su Bianka, en el asiento de atrás, se estaba masturbando como una zorra.

En el video, la actriz gritaba que se venía, y yo sentía que lo mío también se acercaba. Era una presión en el bajo vientre, un cosquilleo que se me extendía por todo el cuerpo. Apreté las piernas, mis dedos se movían más rápido, más húmedos. El sonido del roce era bajito, pero para mí sonaba como un trueno.

Cerré los ojos y me imaginé que no estaba en el carro con mi familia. Me imaginé que estaba en un motel, con un desconocido, uno de esos tipos que te miran como si fueras un pedazo de carne y te follan sin piedad. O con mi amiga Valeria, con su lengua experta que me hace venirme en segundos. Cualquier cosa era mejor que la realidad.

El orgasmo me agarró por sorpresa. Fue un temblor violento que me sacudió desde los pies hasta la cabeza. Tuve que morderme el labio para no gritar. Mis dedos se empaparon, sentí cómo mi concha se contraía una y otra vez, apretando mis dedos, expulsando más jugo. Jadeaba, sudaba, temblaba. Duró como un minuto, ese éxtasis, antes de que me desplomara contra el asiento, exhausta, con la tanga empapada y los dedos pegajosos.

Abrí los ojos. Mi hermana seguía manejando, mi mamá seguía hablando. Nadie se había dado cuenta. Me limpié con un pañuelo que tenía en la cartera, tratando de recomponerme. El video había terminado. Saqué los audífonos y el silencio familiar me golpeó de nuevo.

«¿Tienes calor, hija?», preguntó mi mamá, volviéndose a mirarme. «Te ves sonrojada.»

«Sí, un poco», mentí, arreglándome el vestido. «Será el sol.»

Ella asintió y siguió con su conversación. Yo me recosté en el asiento, con una sonrisa tonta en la cara. Cinco horas de viaje y al menos una de ellas había valido la pena. Mi hermana puso otra canción de mierda y yo cerré los ojos, saboreando el recuerdo de mi orgasmo clandestino. La próxima vez, me llevo un vibrador. O mejor, invito a alguien más al viaje. Total, mi novio ni se entera de lo que hago, y menos mi familia. Esta Bianka no se aburre, ni aunque esté en medio de la carretera con su madre al lado.

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