octubre 27, 2025

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El Viejo Verde de la Oficina

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Ay Dios mío, no sé por qué siempre termino en estas situaciones. Después del lío con el motorizado y lo del jardinero, juré que me iba a portar bien, de verdad. Pero soy una maluca sin remedio, qué le voy a hacer.

Resulta que en la empresa donde trabajo como recepcionista, el dueño es un señor como de cincuenta y pico, don Álvaro. Pero el que realmente manda en todo es su papá, don Hermes. Un señor de sesenta y nueve años, pelo blanco, siempre impecable con sus trajes caros, con esa mirada que a una la atraviesa y la deja sin calzones. Todas en la oficina le teníamos como un respeto, pero a mí me daba como cosa, no sé, algo en sus ojos me decía que detrás de ese señor serio había un viejo verde con ganas de darle a una.

El jueves pasado se fue la energía en toda la zona. Don Álvaro se fue temprano, casi todos se fueron, pero a mí me tocó quedarme a esperar un paquete importante que llegaba de último momento. Don Hermes también se quedó, diciendo que tenía papeles que revisar en su oficina. Nos quedamos solos en todo el piso, con la luz de emergencia que nos daba una claridad medio tenue, como de película de terror, o de porno, ya no sé.

Como a las siete, me tocó la puerta de recepción. Era él. «Nei, ¿podría traerme un café, por favor? El de la máquina.» Me pareció raro porque él siempre tiene su propia cafetera en la oficina, pero dije «claro, don Hermes» y fui a la cocineta a prepararlo. Cuando volví, me hizo señas para que entrara a su oficina.

«Pase, pase, hija.» Su voz era grave, con una autoridad que a mí me hizo temblar las piernas. Entré y dejé la taza en su escritorio, que era enorme, de madera oscura. Él estaba sentado, y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas. Yo ese día tenía un vestido ajustado, no muy corto, pero sí lo suficiente.

«Usted es una mujer muy… eficiente, Nei.» Me dijo, tomando un sorbo de café. Sus ojos no se despegaban de mí.

«Gracias, don Hermes.» Quise salir corriendo, pero mis pies no me obedecieron.

«Siéntese un momento.» Señaló la silla frente a él. Yo me senté, con las piernas apretadas, las manos sudadas. «He visto su hoja de vida. Usted… ha tenido algunos problemas con hombres en el trabajo.»

Se me heló la sangre. ¿Se habría enterado del motorizado? ¿O peor, del jardinero de mi papá? «No, don Hermes, yo…»

Él alzó una mano. «Tranquila. No estoy aquí para juzgarla.» Sonrió, y por primera vez vi una sonrisa que no era de abuelito. Era la sonrisa de un lobo. «Al contrario. Admiro a una mujer que sabe lo que quiere.»

No supe qué decir. Me quedé muda, viendo cómo se levantaba y caminaba hasta la puerta. La cerró con llave. El clic sonó como un disparo en el silencio. «Don Hermes…», traté de protestar, pero mi voz era un hilo.

«Calladita.» Se acercó por detrás de mí y puso sus manos en mis hombros. Eran manos grandes, con venas marcadas, pero suaves. «Usted es una chica muy… nerviosa. Se nota que necesita que alguien la controle.»

Sus dedos empezaron a masajear mis hombros y, maldita sea, se sentía bien. Yo, en lugar de gritar o empujarlo, cerré los ojos. Soy una estúpida, lo sé. «Don Hermes, por favor…», gemí, pero era un gemido de rendición.

«Shhh.» Una de sus manos bajó por mi espalda, lentamente, hasta llegar a la cintura. La otra se enredó en mi pelo, tirando suavemente para que inclinara la cabeza hacia atrás. Su aliento, que olía a café y a menta, me llegó a la cara. «Usted ha estado con chiquillos. Con empleaditos. ¿Nunca ha probado con un hombre de verdad?»

Antes de que pudiera responder, sus labios estaban sobre los míos. No fue un beso suave. Fue un beso con hambre, con experiencia, con esa lengua que no pedía permiso y se metía directo. Yo, que he besado a tantos patanes, nunca había sentido un beso así. Era dominante, sabía lo que hacía. Mis manos, por puro instinto, se agarraron de su camisa.

Cuando separó sus labios, jadeaba. «Señor…», susurré.

«Callate.» Su mano que estaba en mi cintura se deslizó por debajo de mis axilas y agarró uno de mis senos por encima del vestido. Lo apretó con fuerza, y un dolor mezclado con placer me hizo arquearme. «Tetas bonitas. Siempre me han gustado.»

Me levantó de la silla como si nada y me sentó en el borde de su escritorio, barriendo con el brazo unos papeles que cayeron al piso. Se puso entre mis piernas y sus manos subieron mi vestido. «Vamos a ver qué más tienes escondido.»

Yo estaba temblando, pero mojada, no me podía creer que a los treinta años me fuera a coger a un señor de sesenta y nueve en su oficina. Él bajó mi tanga, una negra que me había puesto sin ninguna razón especial, y la tiró al piso. Sus dedos, esos dedos viejos pero expertos, me tocaron ahí. «Ay, Dios…», grité cuando sus dedos encontraron mi clítoris. No era un roce torpe, era preciso, sabía exactamente dónde y cómo presionar.

«Eso, grita.» Sus dedos se movían en círculos, rápidos, firmes. «Usted es una cualquiera, ¿verdad, Nei? Una zorra que se coge al primero que se le atraviesa.»

Sus palabras, en vez de ofenderme, me excitaban más. «Sí…», gemí, avergonzada pero sincera.

Metió dos dedos dentro de mí, y aunque no era joven, su mano era grande y llenaba. Movía los dedos con una habilidad que ningún chico de veinte años había tenido. Yo me retorcía sobre el escritorio, agarrada a los bordes de la madera, gimiendo como una loca. «Así, así… don Hermes, por favor…»

«Por favor, qué?» preguntó, sin dejar de follarme con los dedos.

«Por favor, no pare.»

Se rio, un sonido ronco. «No pienso parar.» Sacó sus dedos, brillantes con mis fluidos, y se los llevó a la boca. «Deliciosa.» Luego, con esas mismas manos, desabrochó su cinturón y bajó el cierre. Yo esperaba ver algo marchito, algo de abuelito. Pero no. No era enorme, pero estaba gruesa, dura, con las venas muy marcadas, lista. Un señor de sesenta y nueve con una verga que le haría honor a muchos jóvenes.

«Qué…», no pude terminar.

«¿No te lo esperabas, eh?» Se acercó, frotando la punta en mi entrada. «A mi edad, uno aprende a usar lo que tiene. Y yo tengo mucho por enseñarte.»

Y sin más, me la metió. No fue suave. Fue una embestida única, profunda, que me llenó por completo. Grité, no de dolor, sino de sorpresa. Estaba increíblemente apretada para él, y él lo sabía. «Dios, qué conchita tan rica.» Empezó a moverse, lento al principio, cada movimiento calculado. Sus manos agarraron mis caderas, clavándose en mi carne, marcándome. Yo no podía hacer nada más que dejarme llevar, con las piernas enredadas en su cintura, gimiendo contra su hombro.

El sonido de nuestros cuerpos, el crujido del escritorio, sus jadeos roncos… era todo tan surrealista. Él me follaba con una energía que no tenía ni el motorizado. Cambió de posición, me puso de pie y me dobló sobre el escritorio, agarrándome de la nuca con una mano. «Ahora vas a sentir cómo coge un hombre.» Y empezó a darme desde atrás, cada embestida más fuerte, más rápida. Yo gritaba, con la cara aplastada contra la madera fría del escritorio, viendo cómo sus anillos de oro golpeaban contra mis nalgas con cada movimiento.

«¿Te gusta que te coja un viejo, Nei? ¿Te gusta que el papá de tu jefe te reviente el coño?» Me insultaba, y cada palabra era como gasolina en mi fuego.

«Sí, papi, sí! Cógeme, por favor!» Ya no me importaba nada. Solo quería más.

Después de un rato que se me hizo eterno, me puso de rodillas en la alfombra, frente a su silla. Se sentó y yo, sin que me lo pidiera, me tragué su verga entera. Sabía a su piel, a su sudor, a poder. Él gemía, con las manos en mi cabeza, guiándome. «Esa boquita también sirve, ve.»

Cuando sintió que estaba cerca, me levantó y me sentó de nuevo sobre su verga, esta vez en la silla giratoria. Me agarró de las nalgas y yo cabalgué sobre él, sintiendo cómo me llenaba, mirando su cara de viejo pervertido que disfrutaba cada segundo. «Me voy a venir, hija de puta,» gruñó.

«Adentro, papi, por favor, adentro.» Ya no me importaban las consecuencias.

Con un gemido que salió de lo más profundo de su pecho, vació todo dentro de mí. Sentí sus chorros calientes, sus espasmos, y eso me hizo venir a mí también, un orgasmo que me dejó temblando y sin aire sobre él.

Nos quedamos así un buen rato, jadeando, sudados. Él todavía dentro de mí. Cuando por fin se salió, un hilo blanco y espeso me corrió por el muslo. Yo me derrumbé en la alfombra, hecha un desastre.

Él se limpió con un pañuelo, se vistió y se sentó de nuevo en su silla, como si nada. «Puede irse, Nei. Y no se preocupe, su trabajo está seguro. Mientras sepa portarse.»

Me vestí a toda prisa, con las piernas temblorosas, y salí de ahí sin mirar atrás. En el transporte, todo el mundo iba normal, y yo ahí, con el olor a sexo y a viejo pegado a la piel, con su semen todavía goteándome. Soy la peor, lo sé. Pero, Dios, qué rico había estado. Y lo peor es que sé que cuando vuelva el lunes, voy a pasar por su oficina y le voy a pedir «café» otra vez. Porque soy una maluca sin remedio, y los hombres equivocados son mi perdición.

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