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Anónimo

octubre 26, 2025

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El fetiche de mi tío

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O sea, la situación con mi tío ya estaba como súper fuera de control, pero nada que ver con lo que pasó ayer. Tipo, él ya me pagaba por mis pantaletas sudadas del gym y por las bragas que uso en la uni, pero aparentemente eso ya no era suficiente para el señor. Necesitaba subir de nivel, o sea, ¿qué sigue? ¿Mis calcetines? ¿Mis toallas higiénicas? Por favor, que asco, pero a la vez… no sé, me da como un morbo rarísimo.

Resulta que ayer llegué de la universidad como a las seis de la tarde. Había tenido práctica en el preclínico toda la tarde, o sea, cuatro horas seguidas parada, agachándome, con la bata puesta que a veces parece un horno. Llegué a la casa sudada, con el pelo grasoso y lo único que quería era meterme a la ducha y tirarme en la cama a ver TikTok. Pero cuando entro, mi tío está en la sala, sentado en el sofá como si nada, viendo televisión. Me saludó super normal, pero yo noté esa mirada, esa que ya conozco, que me recorre de arriba a abajo como si fuera un pedazo de carne.

Fui a mi cuarto, me quité los zapatos y estaba a punto de agarrar mi pijama cuando tocaron la puerta. Era él. «Yessika, ¿podemos hablar un segundo?», dijo con una voz super seria, pero se le notaba el nerviosismo. Yo ya sabía que esto no iba a ser para preguntarme cómo me fue en el examen de Farmacología.

«¿Qué pasa, tío?», dije, tratando de sonar lo más normal posible, como si no supiera exactamente lo que quería.

Él cerró la puerta detrás de él y se quedó parado ahí, jugando con sus llaves. «Mira, nena… esto es un poco… incómodo.» Hizo una pausa y respiró hondo. «El asunto de tu ropa interior… ya sabes… es bueno, es… delicioso. Pero…» Tragó saliva y sus ojos se clavaron en mis jeans, específicamente en mi trasero. «Necesito algo más. Algo más… intenso.»

Yo me quedé helada, pero por dentro sentía un cosquilleo que me recorría todo el cuerpo. «¿Más intenso cómo?», pregunté, aunque ya me lo imaginaba.

«Quiero olerte… ahí.» Señaló con la cabeza hacia mi trasero. «Directo. Recién llegada. Sin que te hayas bañado. Quiero… quiero enterrar mi nariz ahí y oler tu esencia pura.»

Ay, por Dios. Se lo dije a mi amiga Valeria y dijo que era super asqueroso y que debía denunciarlo, pero ella no entiende. Es mi tío, es mayor, es… prohibido. Y a mí lo prohibido me prende de una manera que no tengo palabras. Además, Miguel, mi novio, es un santo que ni siquiera me ha tocado debajo de la blusa, entonces necesito por dónde sacar toda esta calentura.

«¿Y qué me das a cambio?», le solté, con una actitud que ni yo me creía. «Porque olerme el culo no está en el contrato anterior, tío.»

Sus ojos se abrieron como platos. Claramente no esperaba que yo regateara. «Te… te pago el triple. Por sesión. Y…» Bajó la voz a un susurro. «Y puedo… puedo pagarte extra si… si hay sudor. O si… bueno, si el olor es muy fuerte.»

Mi mente hacía cálculos. El triple. Eso era un dineral. Podría comprarme esos zapatos de tacón que vi en Zara y todavía me sobraría para la salida del fin de semana. Pero lo más importante era la sensación, la perversión de la situación. Que mi propio tío, el hermano de mi mamá, estuviera dispuesto a pagar tanto solo por oler mi culo sudado.

«De acuerdo,» dije, tratando de mantener la compostura. «Pero hay reglas. No me tocas. Ni con un dedo. Ni con el pelo. Solo… oler. Y yo decido cuándo para.»

Él asintió tan rápido que casi se le sale el cuello del lugar. «¡Sí! ¡Lo que tú digas! ¡Sí!»

«Bueno, pues ahora mismo estoy perfecta,» dije, dándome la vuelta y apoyando las manos en mi cama, inclinándome un poco hacia adelante para presentarle mi trasero, todavía enfundado en mis jeans ajustados. «Vengo de la uni, caminé como seis cuadras bajo el sol y estuve cuatro horas en el preclínico. Así que… aprovecha.»

Él se acercó, y podía escuchar su respiración volverse pesada, agitada. Se arrodilló detrás de mí, en el piso de mi cuarto. Yo miraba hacia adelante, hacia la pared, sintiendo una mezcla de asco, excitación y un poder absoluto. Él era un hombre de casi cincuenta años, arrodillado ante su sobrina de veintiuno, a punto de olerle el culo como un perro.

Sus manos se elevaron, y por un segundo pensé que iba a tocarme, pero solo se quedaron flotando en el aire, temblando. Después, acercó su cara. Primero, apoyó su frente en la tela de mis jeans, justo en el centro de mis nalgas. Respiró hondo. Un gemido leve salió de su garganta. «Dios mío, Yessika…», murmuró contra la tela. «Huele a… a juventud. A calor.»

Luego, movió la cabeza, frotando su nariz y su boca contra la costura de mis jeans, justo en el surco. Yo sentía el calor de su aliento a través de la tela, y no voy a mentir, se me estaba mojando la tanga. Era tan humillante para él y tan excitante para mí. «Más,» le ordené. «Quítame el cierre, pero sin tocarme la piel.»

Sus dedos, torpes y temblorosos, se acercaron al cierre de mis jeans. Con mucho cuidado, lo bajó. El sonido del metal sonó como un trueno en el silencio de la habitación. Luego, abrió el botón. Mis jeans se abrieron, revelando la tela negra de mi tanga. Él gimió otra vez, más fuerte esta vez. «La tanga… la tanga negra…», balbuceó.

«Acércate más,» le dije, mi voz un poco ronca. «A la tela. Quiero que huelas todo.»

Él obedeció instantáneamente. Apretó su cara contra la tela negra de mi tanga, que estaba pegada a mi piel a causa del sudor. Su nariz se enterró en el surco de mis nalgas, y empezó a olfatear como un animal, inhalando profundamente, una y otra vez. Sus gemidos eran continuos ahora, un sonido gutural y desesperado. «Es increíble…», jadeaba. «Huele a… a mujer. A tu sudor… es ácido, dulce… es tuyo. Todo tuyo.»

Yo cerraba los ojos, sintiendo cómo su respiración caliente penetraba la tela y llegaba a mi piel. Podía sentir la humedad de su baba humedeciendo un poco la tela de mi tanga. Era asqueroso, pero mi corazón latía a mil por hora y sentía un pulso acelerado entre mis piernas. Él seguía ahí, con la cara hundida en mi culo, olfateando sin parar, murmurando cosas incomprensibles, cosas sobre mi olor, sobre lo rico que estaba, sobre lo que daría por poder hacer más.

Después de lo que parecieron diez minutos, pero que seguro fueron dos o tres, empecé a sentirme un poco mareada. «Ya,» dije, enderezándome un poco. «Es suficiente.»

Él se separó de un salto, como si le hubieran dado una descarga. Su cara estaba roja, congestionada, y tenía los ojos vidriosos. Su respiración era un caos. Se quedó mirando mi trasero, ahora medio al descubierto por los jeans abiertos y la tanga, como si fuera la octava maravilla del mundo.

«Fue…», tragó saliva, intentando recomponerse. «Fue la mejor experiencia de mi vida, Yessika. Tu… tu aroma es… es adictivo.»

Yo me di la vuelta, arreglando mi ropa con calma, sintiendo una superioridad absoluta. «Bien. Entonces ya sabes. El precio es el triple. Y la próxima vez, si quieres el olor más… concentrado, puedo hacer ejercicio antes. O no bañarme en la mañana.»

La expresión en su cara fue de puro éxtasis. Asintió, sin poder articular palabra, y salió casi tropezando de mi cuarto, llevándose consigo el olor de mi culo en su nariz por el resto del día.

Y yo me quedé ahí, tambaleándome un poco, con las piernas temblorosas y mi tanga empapada. Miguel me escribió para preguntarme si quería salir a cenar, y le dije que no, que estaba cansada. La verdad es que necesitaba quedarme sola, con la puerta cerrada, y tocarme pensando en la cara de sumisión total de mi tío, en sus gemidos, en el sonido de su nariz olfateando mi tanga sudada. Es súper fucked up, lo sé, pero es mi secreto más caliente. Y esto, o sea, esto apenas está comenzando.

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