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El Baño de la Tentación
Hacía semanas que no abría este blog. Lo dejé aquí, en un rincón digital, con la última confesión aún caliente y la promesa de que volvería cuando tuviera algo que mereciera la pena contar. La verdad es que la vida con Fer se había vuelto… rutinaria. Después de los tríos, las miradas ajenas y la sumisión pactada, todo parecía haber encontrado un punto muerto. Hasta hoy.
Es Dani. Un compañero de trabajo. De esos con los que compartes cafés, quejas de la jefa y poco más. Es atractivo, en ese modo desgarbado y tranquilo de quien no es consciente de lo que tiene. Hoy, después del trabajo, teníamos que revisar unos papeles de un proyecto urgente que se le habían quedado en casa. Fer estaba de viaje. El piso vacío. Dije que sí sin pensarlo dos veces.
Su casa olía a hombre solo. A limpio, pero sin esos detalles femeninos a los que estoy acostumbrada. Un sofá grande, una consola, dos botellas de cerveza vacías en la mesita. Nada de cojines, ni velas. Me dio casi vergüenza pisar, como si estuviera entrando en un territorio que no me correspondía. Él fue amable, educado. Sacó una carpeta del salón y me la tendió. «Son estos, Laura. No te preocupes, no te entretengo más».
Iba a dar media vuelta, a salir pitando de allí con el rubor en las mejillas, cuando noté una necesidad urgente de orinar. El café de la tarde, los nervios, no lo sé. Se lo dije, con una voz que esperaba que sonara normal. «Claro, el baño es al fondo a la derecha», dijo, señalando un pasillo.
Caminé hasta allí. La puerta del baño estaba entreabierta. La empujé suavemente, con la mente ya en el alivio que sentiría, y entonces lo vi. No lo había oído. No había escuchado sus pasos, ni el ruido de la puerta. Él estaba de espaldas a mí, frente al inodoro, con las piernas ligeramente abiertas. Y en su mano, colgando con un peso obsceno, estaba su polla.
No era una polla normal. Era enorme. Gruesa, palmeada, con unas venas azuladas que recorrían todo el largo y un glande oscuro y grueso que parecía una seta gigante. La tenía semi-erecta, y aun así era impresionante. El chorro amarillo salía con fuerza, golpeando el agua del váter con un sonido que de repente se volvió ensordecedor. Yo me quedé paralizada, con la mano aún en el pomo de la puerta, tragándome un grito. Mis ojos no podían despegarse de aquella imagen. De la tensión de su puño alrededor de la base, del temblor de su musculo, del simple y brutal tamaño de aquel miembro.
Él debió de notar mi presencia, o el cambio de luz, porque giró la cabeza ligeramente. Nuestras miradas se encontraron en el espejo. Sus ojos se abrieron como platos, pero no dijo nada. No se movió. Siguió orinando, como si mi presencia fuera una parte más, una extraña extensión de ese acto íntimo. Yo debería haber cerrado la puerta. Disculparme. Salir corriendo. Pero mis pies estaban clavados en el suelo. Y un calor húmedo y familiar empezó a extenderse entre mis piernas, empapando mis bragas de una manera que no sentía desde hacía tiempo.
El sonido del chorro cesó. Él se sacudió, un movimiento lento y deliberado que hizo que aquella masa de carne se balanceara de un lado a otro, pesada, húmeda todavía. Entonces se volvió completamente hacia mí. No se avergonzó. No se cubrió. Solo se quedó allí, plantado, con su polla colgando como un arma recién usada, desafiante. Su mirada era intensa, preguntándome algo que yo no me atrevía a formular.
Y entonces, sin una palabra, sin un pensamiento coherente, me arrodillé.
El suelo del baño estaba frío contra mis rodillas. El olor a su orina fresca, amoniacal y salvaje, me llegó a la nariz y, en lugar de repugnarme, me embriagó. Era primitivo. Real. Algo que Fer, con todos sus juegos elaborados, nunca me había dado. Extendí una mano temblorosa y agarré su polla. Estaba caliente. Incrediblemente caliente y suave, como terciopelo sobre acero. La sensación de su peso en mi mano me dejó sin aliento.
Él emitió un gruñido ronco, casi un quejido. Sus dedos se enredaron en mi pelo, no con fuerza, sino con posesión. Me guió. Yo no necesitaba más. Incliné la cabeza y, sin preámbulos, me llevé la punta a la boca. El glande, aún húmedo, sabía salado, a piel, a hombre. A algo ligeramente amargo que reconocí como los últimos vestigios de su orina. Y en lugar de apartarme, me excitó más. Mi lengua salió y lamí la rendija, limpiando, saboreando ese rastro íntimo. Él gimió, y sus caderas se empujaron ligeramente hacia delante.
Abrí la boca todo lo que pude, que no era suficiente. Era demasiado gruesa. Mis labios se estiraban hasta doler, pero no me importaba. La sensación de tener aquella masa palpitante dentro de mi boca, de sentir las venas contra mi lengua, era abrumadora. Empecé a chupar, a mover la cabeza adelante y atrás, intentando cabalgarla. Mis manos se aferraban a sus muslos, a sus nalgas, a cualquier parte de él que pudiera tocar para no caerme. Él jadeaba, maldiciendo entre dientes. «Joder, Laura… Tu boca…».
Sus gruñidos se volvieron más urgentes. Sus dedos se cerraron con más fuerza en mi pelo, guiando el ritmo, empujándome más hacia abajo. Sentía la punta golpeando el fondo de mi garganta, provocándome arcadas, y las lágrimas asomaban en mis ojos. Pero no me detenía. Quería más. Quería todo. Tragué saliva, relajando la garganta, y conseguí que entrara un centímetro más. El sonido de mis esfuerzos, de sus gemidos, del roce húmedo de mis labios contra su piel, llenaba el pequeño baño.
Empecé a masturbarlo con una mano mientras con la boca trabajaba el glande, chupándolo como si fuera un caramelo, lamiendo el frenillo con la punta de la lengua. Él se puso tenso, sus muslos temblaron. «Me voy a correr…», anunció con voz ronca, quebrada. En lugar de alejarme, me acerqué más. Apreté los dedos alrededor de su base y aceleré el movimiento de mi boca.
Su orgasmo fue violento. Un gemido largo y gutural que salió de lo más hondo de su pecho. La primera eyaculación me golpeó la parte posterior de la garganta, espesa, salada, con un sabor intenso a semen que me pilló por sorpresa. Tragué instintivamente, sin pensar. La segunda y la tercera racha llenaron mi boca, calientes y abundantes. Siguieron saliendo, manchando mi lengua, mis labios, mi barbilla. Yo seguía chupando, bebiéndome cada última gota, limpiándolo con mi lengua hasta que su polla dejó de palpitar y se volvió sensible bajo mis labios.
Cuando al fin me separé, jadeando, con las lágrimas secas en las mejillas y la cara embarrada, me miré en el espejo. Era una imagen obscena. Una desconocida con los labios hinchados y brillantes, los ojos vidriosos y el rastro blanco de su semen en la comisura de los labios. Él se arregló la ropa sin decir palabra. Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro y satisfacción.
Me levanté con las piernas temblorosas. Nos miramos un instante eterno en el silencio cargado del baño. Recogí la carpeta del suelo, donde la había dejado caer, y salí de su casa sin volver la vista atrás.
Ahora estoy aquí, en mi salón vacío, con el sabor de otro hombre aún en mi boca y el peso de lo que he hecho aplastándome el pecho. Fer vuelve mañana. Y yo no sé qué cara ponerle. No sé si lo que siento es culpa, miedo o una excitación tan profunda y retorcida que me aterra. Porque esa polla, ese sabor, ese acto tan visceral y sucio… ha despertado algo en mí. Y no estoy segura de poder volver a encerrarlo.


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