La puta profesora y yo en el aula
Joder, no me lo podía creer. Estaba ahí, en el aula vacía, con el corazón a mil por hora. La señorita Elena, mi puta profesora de Historia, la que siempre llevaba esos vestidos ajustados que me volvían loco, estaba de rodillas delante de mí con mi polla en la boca. Yo, un tío de dieciséis años, con el cerebro frito de tanto porno, viviendo la fantasía de medio instituto.
La cosa empezó así: ese día me quedé en clase porque no había hecho la puta redacción sobre los Reyes Católicos. Todos salieron al recreo, el pasillo se quedó en silencio, y yo ahí, sudando tinta con el cuaderno en blanco. De repente, se abrió la puerta y era ella. Llevaba uno de esos vestidos verdes que se le pegaban a las tetas y a ese culo que siempre miraba cuando escribía en la pizarra.
«Roberto, ¿qué haces todavía aquí?» me preguntó, cerrando la puerta. Yo me puse nervioso, notando cómo se me calentaba la cara. «La redacción, señorita, no me salía», le dije. Ella se acercó, con ese olor a perfume caro y a mujer, y se sentó en la silla de al lado, no en su mesa. Empezó a explicarme algo del trabajo, pero yo no escuchaba una mierda. Solo podía mirarle la boca, esos labios pintados de rojo, e imaginármelos alrededor de mi verga.
Fue entonces cuando pasó. Hizo como que se le resbalaba la mano del pupitre y la dejó caer justo sobre mi paquete. Yo debía de tener una erección que casi me levanta del asiento, porque noté su mano plana sobre el bulto. Me quedé paralizado, mirándola. Ella no la quitó. En vez de eso, sonrió, una sonrisa pequeña y pícara, y empezó a apretar suavemente, a acariciarme a través del pantalón.
«Parece que estás muy concentrado, Roberto», me susurró. Yo no podía ni hablar, solo asentí como un idiota. Entonces, sin decir nada más, desabrochó mi botón y me bajó la cremallera. Metió la mano dentro del boxer y sacó mi polla, que ya estaba dura como una piedra y palpitando. Joder, su mano era suave y fresca, un contraste brutal con el calor que yo sentía. Empezó a masturbarme, con un movimiento lento pero firme, mirándome a los ojos todo el rato.
«¿Te gusta?» preguntó, y su voz era diferente, más ronca. «Sí… joder, sí, señorita», conseguí decir. Ella se levantó entonces, y ahí fue cuando flipé en colores. Se llevó las manos a la espalda y desabrochó el vestido, dejando que cayera al suelo. Luego el sujetador, mostrando unas tetas grandes, morenas, con unos pezones oscuros y erectos. Se quitó las bragas y se quedó ahí, delante de mí, completamente desnuda. «Dime, Roberto. ¿Te gusta lo que ves?»
No podía articular palabra. Solo asentí, con la boca abierta, tragándomela con los ojos. Mi polla goteaba ya en mi mano. Se acercó, me empujó la silla hacia atrás y se arrodilló. Cuando sus labios envolvieron la cabeza de mi verga, creo que gemí. No era como en el porno, era mejor. Su boca estaba caliente, húmeda, y su lengua no paraba de moverse por debajo, lamiendo ese punto justo que me volvía loco. La miraba, con sus ojos cerrados y sus tetas balanceándose, y no podía creer que la señorita Elena, la que nos examinaba de la Revolución Francesa, me la estuviera chupando así.
Se la metía entera, hasta la base, y se atragantaba un poco, pero no paraba. Agarraba mis piernas con sus manos y subía y bajaba la cabeza, haciendo un ruido húmedo y obsceno que resonaba en el aula vacía. Yo le agarraba el pelo, no muy fuerte, y seguía el ritmo con mis caderas. «Señorita… yo… que me voy a correr…», gemí, sintiendo la presión en los huevos. Ella se sacó la polla de la boca, dejándola brillante y llena de babas.
«En el suelo, ahora», ordenó, y su tono era el de cuando mandaba callar en clase, pero ahora me excitaba el triple. Me tiré al suelo de linóleo, frío contra mi espalda. Ella se montó encima de mí, a horcajadas, y guió mi polla hacia su coño. Estaba empapado, lo noté al instante. Cuando me enterró, fue como meterla en un sitio increíblemente caliente y estrecho. Gritó, un grito ahogado, y empezó a moverse arriba y abajo, con las tetas rebotando delante de mi cara.
Yo le agarraba las caderas, hundiendo los dedos en su carne, y la empujaba desde abajo. El sonido de nuestros cuerpos chocando era brutal. Pero entonces, el puto cerebro que tengo, acordándome de todos los vídeos que había visto, le dije: «Señorita… ¿podemos probar por detrás?». Ella, jadeando, asintió. «Pero rápido, Roberto, que el recreo se acaba».
Nos cambiamos de posición. Ella se puso a cuatro patas, con ese culo magnífico en el aire, y yo me arrodillé detrás. Volví a metérsela, esta vez por detrás, y el espectáculo era aún mejor. Ver cómo mi polla entraba y salía de su coño, cómo se le abrían los labios cada vez que se la sacaba… era una locura. Empecé a follármela más fuerte, más rápido, agarrándola de las caderas para clavar cada embestida.
«Jodeeeer, Roberto, así…», gemía ella, con la cara contra el suelo. Yo ya no aguantaba. «Señorita, me voy a correr, no puedo más», dije, con la voz quebrada. Ella giró la cabeza. «Hazlo dentro, no pasa nada, estoy tomando la pastilla. Pero date prisa, cabrón». Esas palabras, que ella me llamara cabrón, fueron el acabose. Empecé a darle embestidas cortas y rapidísimas, profundas, sintiendo cómo se me agarraba por dentro. «¡Ahí va! ¡Me corro!», grité, y exploté, vaciándome dentro de ella en chorros largos y calientes, con espasmos que casi me hacen caer encima.
Me quedé apoyado sobre ella, jadeando, con mi polla todavía palpitando dentro de su coño. Fuera, se oía el ruido de la gente volviendo del recreo. Fue un momento de pánico. Nos separamos de un salto. Ella, con agilidad, agarró su ropa y se vistió en segundos. Yo me subí los pantalones, todavía mareado, con la polla pegajosa y sensible dentro del boxer.
Justo cuando yo me abrochaba el pantalón, ella se acercó, se agachó y, con su boca, me limpió la punta, chupándose mi propio semen mezclado con sus jugos. Luego, mirándome con esos ojos de zorra, me dijo: «Ahora tú, lámbeme. Quiero que me dejes limpia». Yo, que estaba en modo animal todavía, no me lo pensé dos veces. La empujé contra un pupitre, le abrí las piernas y enterré la cara en su coño, lamiendo y chupando toda nuestra mezcla, sintiendo su sabor salado y único, mientras ella gemía y se agarraba a mi pelo.
De repente, la campana sonó, fuerte, justo al lado de la puerta. Fue un susto de muerte. Ella se arregló rápido, se pasó una mano por el pelo y, con una sonrisa, me dijo: «Esta noche, a las ocho. Mi marido no está. Te mando la dirección por el grupo de clase, con una excusa de trabajo». Abrió la puerta y salió como si nada.
Yo me quedé ahí, en medio del aula, oliendo a sexo y a ella, con el sabor de su coño en la boca y la polla aún latiéndome. Los primeros compañeros empezaron a entrar, riendo y empujándose. Nadie sabía que su querida profesora acababa de follarse a uno de ellos en el suelo. Esa noche, y muchas más después, volví a repetir. Y joder, qué buenas fueron esas clases particulares.


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