El colombiano que quiso quedarse en mi cama
Hace tres meses conocí a Carlos, un colombiano que vino de turista a La Habana. Lo conocí en el Malecón, estaba tomando fotos y se le acercaron unos jineteros, y yo que estaba por ahí, lo rescaté.
Carlos era alto, moreno, con unos ojos que te miraban hasta el alma y unas manos que se veían fuertes. Me invitó a tomar un mojito y ahí empezó todo. Mientras tomábamos, yo ya le estaba echando el ojo a su paquete, que se le marcaba bien rico en el pantalón. Le dije directamente: «Oye colombiano, ¿tú sabes lo que es una cubana de verdad en la cama?». Él se rió y me dijo que no, pero que le encantaría aprender.
Lo llevé a mi apartamento en Centro Habana, un lugar sencillo pero con una cama grande que es donde hago mis mejores trabajos. En cuanto entramos, lo empujé contra la puerta y le di un beso que lo dejó sin aire. Le bajé el cierre del pantalón y cuando vi su verga, casi me arrodillo ahí mismo. Era larga y gruesa, con un glande bien formado y unas venas que se le marcaban impresionantes.
Pero yo no me la comí de una. No, mi amor. Yo sé cómo tratar a un hombre. Primero lo desnudé lentamente, besando cada parte de su cuerpo mientras le susurraba cosas al oído. «Hoy vas a saber lo que es una mujer de verdad», le dije mientras le mordisqueaba el cuello. Lo llevé a la cama y empecé por sus pies, lamiéndole los dedos uno por uno, subiendo por sus pantorrillas, sus muslos, hasta llegar a esa verga que palpitaba de deseo.
Cuando por fin me la metí en la boca, lo hice con clase. Primero la cabecita, lamiéndola como un helado, saboreando el líquido que ya le salía. Después me la tragué toda, hasta sentirla en mi garganta, y empecé a mover la cabeza rápido y luego lento, jugando con sus huevos con una mano mientras con la otra me tocaba yo misma. Él gemía como un loco, diciendo cosas en español entrecortado que me excitaban más.
Después lo puse a él a chuparme. Yo sé lo que tengo, mi vida. Tengo un culo que todavía está firme y alto, unas tetas que no se han caído y una concha depilada que siempre está lista. Me monté en su cara y le guié, enseñándole cómo me gusta que me coman. «Más lengua, papi, ahí mismo», le decía mientras me movía sobre su boca. Cuando me vine, fue un temblor que me recorrió todo el cuerpo.
Pero lo mejor venía después. Me puse en cuatro, mostrándole mi mejor atributo. «Mira este culo, colombiano», le dije, abriéndome las nalgas para que viera mi hoyo perfectamente cuidado. «Esto te va a recordar Cuba cada vez que te pajees». Cuando me la metió por detrás, grité de placer. La tenía tan grande que me llenaba completamente. Empecé a mover las caderas al ritmo de la salsa que sonaba en el apartamento de al lado, contrayendo los músculos de mi vagina para apretarlo más.
Cambiamos de posiciones toda la noche. En un momento me puse encima y cabalgué su verga como si fuera un caballo, moviendo las caderas en círculos mientras me agarraba las tetas y me mordía los labios. Después lo puse contra la pared y me la metí yo, subiéndome en sus brazos y envolviéndolo con mis piernas. Cada movimiento mío era calculado, cada gemido era sincero, cada caricia tenía intención.
Cuando le pedí que me diera por el culo, él casi se viene ahí mismo. Pero yo soy profesional, mi amor. Lo preparé con mi boca primero, lamiéndoselo hasta que estuvo relajado, y luego con mis dedos, lubricándolo con mi propia saliva. Cuando por fin me la metió, los dos gritamos. Era una sensación increíble, sentir esa verga enorme en mi recto mientras yo me masturbaba.
Esa noche nos vinimos tres veces cada uno. La última fue conmigo encima, revolcándome en su leche mientras él me besaba y me decía que se quería quedar en Cuba para siempre. «Daniela, eres la mujer más increíble que he conocido», me dijo, y en ese momento supe que lo tenía comiendo de mi mano.
Al día siguiente, Carlos quiso llevarme a desayunar y empezó a hablar de buscar trabajo en La Habana, de alquilar un apartamento juntos, de presentarme a su familia. Pero yo, mi vida, soy realista. Le dije que lo nuestro había sido una noche maravillosa, pero que cada uno tenía su camino. Él insistió, me llamó por semanas, hasta me mandó dinero una vez, pero yo ya estaba con otro turista, esta vez un italiano.
Así soy yo, mi vida. Doy una noche inolvidable, pero no me ataño. Carlos se fue de Cuba con el corazón roto, pero con el recuerdo de esta cubana que le enseñó lo que es el sexo de verdad. Y yo me quedé con la satisfacción de haber hecho que un hombre quisiera dejar su vida por una noche en mi cama. Así es el poder de una mujer cubana que sabe lo que hace.


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