octubre 17, 2025

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La mejor pega de mi vida

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La cosa partió como un jueves cualquiera, weón. Me llegó una orden de trabajo a la pega, un refrigerador que no enfriaba en una casa por el barrio alto. Nada del otro mundo, pensé. Llegué con mis herramientas, toqué el timbre y me abrió una señora como de 60 años, pero bien arreglada, con un buzo de seda que se le marcaban las tetas y un short corto que me mostró unas piernas que pa’ ser de su edad, estaban filete. Se presentó como Doña Elena.

Mientras yo revisaba el refri en la cocina, la doña no se despegaba de mí. Me preguntaba weás, me ofrecía jugo, y en un momento se me acercó tanto que sentí sus tetas apretárseme contra la espalda. “Ay, Jaime, qué hombre más trabajador,” me dijo, con una voz que ya se notaba que andaba con la calentura a mil. Weón, yo soy hetero, pero cuando una mina así, aunque sea vieja, se te insinúa tan descarada, a uno se le para el pico al tiro.

No me pude aguantar. La agarré de la cintura y la empotré contra la mesa de la cocina. “Doña Elena, parece que usted tiene más calor que el refri,” le dije, y le metí la lengua hasta la garganta. La vieja gimió y se agarró de mi cuello. En dos patadas me bajó el cierre del pantalón y me sacó la pichula, que ya estaba palpitando y dura como un poste. “Qué verga más rica tienes, mi niño,” me susurró, y se arrodilló a chupármela ahí mismo, en el piso de la cocina. Weón, la doña chupaba con una experiencia que se notaba que había mamado más pichulas que yo sopaipillas en mi vida.

Después de esa mamada que casi me hace venirme, la llevé a su pieza. La puse en cuatro y se la metí por detrás. La doña gritaba como loca, pidiéndome más duro, y yo le daba con toda mi fuerza, agarrándola de sus tetas flácidas pero todavía grandes. Estábamos en plena cogida, con los gemidos de ella llenando la pieza, cuando de repente escuché la puerta abrirse. “Mamá, ya llegué,” dijo una voz de hombre.

Weón, me querí morir. Me congelé con la pichula todavía adentro de la doña. Entró a la pieza un cabro joven, como de 25 años, y nos pilló en pleno acto. Pero en vez de enojarse, el muy sacoweá se quedó mirando con los ojos brillando. “No sabía que tenías visita, mamá,” dijo, con una sonrisa que no era normal.

Y ahí, weón, pasó lo más weno. El cabro se acercó a la cama y se sacó la pichula. Y weón, no era cualquier pichula, era gruesa y bien cuidada. “¿Me puedo unir?” preguntó, y la doña, en vez de taparse, asintió con la cabeza. “Sí, mi amor, ven.”

Weón, en ese momento no supe si reír o llorar, pero la pichula me dijo que siguiera. El cabro se puso detrás de mí y me empezó a sobar las nalgas. “Qué rico culo tienes, tío,” me dijo, y weón, aunque soy hetero, el morbo me pudo. Me puse en cuatro al lado de la doña y el cabro, sin decir ni una weá, me metió la pichula por el culo. Weón, duele la primera vez, pero después se siente weno, no voy a mentirte.

Ahí estábamos los tres, formando una cadena: el cabro dándome por atrás a mí, y yo dándole por atrás a la doña. Los gemidos eran una locura, weón. La doña gritaba, yo gemía con la pichula del cabro adentro mío, y el cabro jadeaba como un perro. Fue la cogida más rara pero más rica de mi vida. Terminamos los tres viniéndonos casi al mismo tiempo, en un desastre de leche y sudor.

Después, la doña nos hizo sandwiches y nos dio plata extra por el “servicio especial”. El cabro, que se llama Andrés, me pidió mi número. “Por si se descompone otra cosa en la casa,” dijo, con una sonrisa que dejaba claro que no era el refri lo que quería que le arreglara.

Weón, esa pega fue la mejor de mi vida. No solo me pagaron por arreglar el refri, sino que me dieron comida, plata extra y una cogida en trio que nunca voy a olvidar. Ahora cada vez que suena el teléfono, espero que sea Doña Elena o Andrés pidiendo otro “servicio técnico”. La weá más rara y más wena al mismo tiempo, weón.

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