La peruana del segundo piso
La cosa es que yo soy Julio, tengo 30 aƱos y vivo en este edificio de estrato 4 en MedellĆn. Hace como seis meses llegó esta vecina al apartamento de al lado, una peruana que se llama Rosa.
Y no voy a mentir, parce, la primera vez que la vi pensĆ©: «”Uy, no!Ā». La mujer no es bonita, tiene la cara llena de lunares, la nariz ancha y el pelo siempre grasoso. Pero lo que mĆ”s me impactó fue cuando la vi un dĆa sacando la basura en shorts. La muchacha tiene el culo peludo, Ā”peludo de verdad! Se le veĆan unos pelos negros y rizados asomĆ”ndose por los lados del short. Y ni hablar de los sobacos, que parecĆan dos arbustos.
Un dĆa me la encontrĆ© en el ascensor y me empezó a hablar. TenĆa una voz ronca, como de fumadora empedernida, pero algo en su manera de mirarme me calentó. Me invitó a tomar un tinto a su apartamento y yo, por no ser grosero, aceptĆ©. Total, estaba aburrido ese sĆ”bado por la tarde.
Una cosa llevó a la otra y terminamos besĆ”ndonos en su sofĆ”. Cuando me bajó el cierre del pantalón y me sacó la verga, me di cuenta de que esa mujer tenĆa una boca experta. Me la chupó con una hambre que no veĆa hace tiempo, metiĆ©ndosela hasta la garganta y haciĆ©ndome gemir como un marica. Ā«Quiero que me des duro, Julio,Ā» me dijo con esa voz rasposa, y yo, con la verga dura como un palo, no me pude resistir.
Cuando la llevé al cuarto y le bajé el pantalón, confirmé mis sospechas. La concha también era un bosque, peluda como si no se hubiera afeitado nunca. Pero ahà viene lo raro, parce: en vez de darle asco, me excitó. Era algo primitivo, como coger con una mujer de verdad, no con esas viejas plastificadas que solo se ven en Instagram.
La puse en cuatro y le metĆ la verga de una. El pelo de su culo me hacĆa cosquillas en los huevos, pero cuando empecĆ© a moverme, esa mujer se volvió loca. Gritaba como una posesa, me decĆa «”sĆ, papi, dame mĆ”s duro!Ā» en ese acento peruano que se me hace tan rico. Me agarraba las nalgas con fuerza, metiĆ©ndome las uƱas, y movĆa el culo al ritmo de mis embestidas.
Lo que mĆ”s me gusta es que no es ninguna muerta en la cama. Sabe gemir, sabe pedir lo que quiere, y cuando estĆ” por venirse, se pone a temblar toda. Una vez me mordió el hombro tan fuerte que me dejó marcado por dĆas, pero en ese momento solo me salió mĆ”s leche.
Después de coger, siempre me ofrece un seco de res o alguna comida peruana. Y aunque es fea y peluda, hay algo en esa mujer que me tiene enganchado. A veces pienso que es como esos restaurantes por ahà feos pero con la mejor comida del barrio. No es para presumir con los amigos, pero para echar un polvo sabroso, no hay mejor.
Ahora viene cada dos o tres dĆas a mi apartamento, siempre con esa misma pasión. Y yo, aunque al principio dudaba, ahora espero con ansias que toque la puerta. Porque con Rosa, la peruana fea y peluda del segundo piso, cada cogida es una maldita aventura.


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