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octubre 15, 2025

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Con mi padre y sus normas

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Weón, esto es tan heavy que a veces no puedo creerlo yo misma. Tengo 20 años, soy Bárbara, chilena como las weás, y lo que voy a contar me tiene la cabeza dando vueltas. Todo partió cuando cumplí 18. Tengo una gemela, Antonia, y siempre fuimos super parecidas, así que para diferenciarme, le pedí a mi papá permiso para tatuarme el brazo. Después de rogarle caleta, al final me dijo que sí. Estaba feliz, weón. Fui y me tatué una flor grande con espinas en el antebrazo derecho.

Pero la weá se torció como una semana después. Mi papá llegó curao de una salida con sus amigos. Mi mamá hace rato que no está, se fue cuando teníamos como 10 años, así que en la casa somos solo nosotros tres: mi papá, mi hermana y yo. Esa noche, Antonia ya estaba durmiendo. Yo estaba en el living viendo una serie, y él llegó tambaleándose, oliendo a puro trago. Se sentó a mi lado en el sofá y me agarró el brazo tatuado. «Quedó filete, mi Barbarita,» dijo, con esa voz pastosa de borracho. Yo le dije gracias, tratando de no hacerle mucho caso. Pero él no soltaba mi brazo. Su mano empezó a subir, pasó por mi hombro y me tocó el cuello. Me puse nerviosa. «Papá, qué haces,» dije, tratando de alejarme. Pero él me agarró más fuerte.

«Te acordái cuando te dije que sí al tatuaje,» susurró, acercando su cara a la mía. Yo podía oler el whisky en su aliento. «Nadie te iba a dar permiso, solo yo. Y ahora tení que agradecerme, mi niña.» No me gustó nada, weón. Sentí un peso en la guata. «¿Y cómo te lo agradezco?» pregunté, aunque ya me lo imaginaba. Él no dijo nada. Solo se bajó el cierre del pantalón y sacó su pichula. Era más grande de lo que me imaginaba, gruesa y con las venas marcadas, ya medio parada. «Abri la boca, Barbarita,» ordenó, y no era un tono cariñoso. Era firme, como cuando me retaba de chica. Yo, no sé por qué, weón, me congelé. Tenía miedo. Y al final, cerré los ojos y se la metí a la boca. Sabía a sal y a sudor, y a él. Él gimió y me agarró de la nuca, empujando mi cabeza hacia adelante y hacia atrás. Yo sentía que me ahogaba, las lágrimas me corrían por la cara, pero él no paraba. Hasta que se vino, un chorro caliente y espeso que me llenó la garganta y me hizo tragar casi a la fuerza. Cuando terminó, se arregló y se fue a su pieza como si nada. Yo me quedé ahí, tirada en el sofá, sintiéndome sucia y confundida.

Pensé que sería solo esa vez, weón. Pero no. Al otro día, él actuó como si nada hubiera pasado, y yo también. Pero algo se había roto. Una semana después, fue él quien vino a mi pieza de noche. Esta vez no estaba curao. Entró, cerró la puerta y se sentó en mi cama. «Barbarita,» dijo, «lo del otro día no tiene que ser algo malo. Podemos tener nuestro secreto.» Y yo, weón, no sé qué me pasó. En vez de echarlo, me acerqué y lo besé. Fue como si un interruptor se hubiera prendido en mi cabeza. Desde ahí, no hemos parado.

Ahora, a los 20, no puedo dejar de coger con mi propio papá. Lo hacemos en cualquier parte de la casa cuando Antonia no está. En su cama, en el baño, en la cocina contra el refrigerador. Su pichula me llena toda, y aunque sé que está mal, el morbo es demasiado fuerte. Él me dice cosas al oído mientras me la mete: «Esta conchita es mía, mi niña. Solo mía.» Y a mí me excita. Me gusta sentir que soy sucia para él, su pequeña puta secreta.

Pero la weá no para ahí, weón. Ahora empecé a mirar a sus amigos. El Rodrigo, el Patricio, el Gonzalo. Hombres de su edad, como de 45 para arriba. Cuando vienen a la casa a ver partidos o a tomar, yo me pongo mis shorts más cortos y un top sin sostén. Me siento cerca de ellos, les sirvo más trago, y me inclino para que vean mis tetas. Ellos me miran, y se nota la calentura en sus ojos. Mi papá a veces se da cuenta y me mira con una sonrisa rara, como si le gustara. Una vez, el Rodrigo me agarró el culo cuando pasé por su lado para ir al baño. Yo me quedé quieta, y él me apretó fuerte antes de soltarme. Le conté a mi papá después, y él solo se rió y dijo: «Al Rodrigo siempre le gustaron las cabras chicas».

Ahora, no puedo dejar de fantasear con que sea uno de ellos el que me coga. O los tres juntos. Me imagino que mi papá me presta a sus amigos como un juguete. Que el Rodrigo, que es el más grandote, me pone en cuatro y me da por detrás, mientras el Patricio me mete su pichula en la boca y mi papá mira, tocándose. Weón, solo pensarlo me moja toda. A veces, cuando estoy sola, me masturbo en el living, en el mismo sillón donde mi papá me obligó a chupársela por primera vez, pero ahora imaginando que son sus amigos los que me están usando.

Sé que esto no es normal. Debe ser súper enfermo. Pero no puedo parar. La adrenalina de hacer algo tan prohibido, de ser la hija puta de mi papá y ahora la fantasía caliente de sus amigos, me tiene enganchada. Es como un vicio. Y lo peor es que parte de mí espera con ansias la próxima vez que vengan a la casa, para ver cuánto más puedo provocarlos. Para ver si alguno se atreve a dar el siguiente paso. Weón, ¿estaré mal de la cabeza? Solo quería contarlo en algún lado, porque este secreto a veces me ahoga.

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