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octubre 15, 2025

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Secreto culposo a mi edad

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Ay, Dios mĆ­o, confesarlo es como quitarme un peso de encima, pero a la vez me da esa vergüenza dulce que te pone la piel chinita. Esto no es algo de ahora, no. Viene de hace tiempo, de esas ideas que te llegan a la cabeza y no te sueltan, como un zumbido constante en lo mĆ”s profundo del vientre. La idea de hacerlo a escondidas, donde haya gente cerca, donde el peligro de que nos vean sea real… eso a mĆ­ me prende de una manera que ni les cuento.

No soy ninguna jovencita, ya he vivido bastante, pero este gusto culposo se ha vuelto mĆ”s fuerte con los aƱos. Es como si, despuĆ©s de tantos aƱos de ser Ā«seƱora respetableĀ», algo dentro de mĆ­ se rebelara y quisiera ser la puta que siempre llevĆ© escondida. Y no estoy sola en esto. Ɖl, mi hombre, tambiĆ©n quiere. Es un fuego que nos quema a los dos por igual.

La primera vez que lo intentamos con la puerta abierta fue aquĆ­ mismo, en mi casa. Era un domingo por la tarde. Los vecinos estaban en el parque, justo enfrente de mi ventanal del living. Ɖl me empezó a besar en el sofĆ”, con esa calma que le sale cuando sabe que vamos a hacer una locura. Yo ya estaba mojada solo de pensarlo. Ā«Dejemos la puerta abierta,Ā» me susurró en el oĆ­do, mordisqueĆ”ndome el lóbulo. Ā«Que entre el aire.Ā» Pero los dos sabĆ­amos que no era por el aire. Era por la posibilidad, por ese pellizco de miedo y emoción.

AsentĆ­, sin poder hablar. Ɖl se levantó y dejó la puerta principal abierta de par en par. Desde el sofĆ”, se veĆ­a perfectamente el parque, con la gente paseando, los niƱos jugando. Cualquiera que mirara hacia acĆ” con un poco de atención podĆ­a vernos. Ɖl volvió a donde yo estaba y, sin preĆ”mbulos, me bajó el short y las bragas de un tirón. Me puso boca abajo sobre los cojines, con mi culo al aire, apuntando directo a la entrada. SentĆ­ el viento de la calle en mis nalgas y un escalofrĆ­o me recorrió todo el cuerpo. Ɖl se arrodilló detrĆ”s de mĆ­ y me abrió con sus manos. Ā«Mira, Norma,Ā» dijo, con la voz ronca, Ā«mira a toda esa gente que no sabe que te voy a meter mi verga hasta el fondo.Ā»

Yo gemĆ­, enterrando la cara en un cojĆ­n para ahogar el sonido, pero mis ojos estaban abiertos, mirando fijamente la puerta. Vi a la seƱora PĆ©rez regar sus matas en el balcón de enfrente. Vi a un grupo de jóvenes pasar en bicicleta. Y todo el tiempo, sentĆ­a la punta de su verga, grande y dura, rozando mi entrada. Estaba empapada, deseando que me la metiera, deseando que alguien, en algĆŗn lugar, volteara y nos viera en pleno acto. Ɖl no se apresuró. Jugueteó conmigo, frotando la cabeza de su miembro contra mi clĆ­toris, haciĆ©ndome enloquecer. «¿Quieres que te den, puta? ĀæAquĆ­, donde todos pueden verte?Ā» Jadeaba, incapaz de formar palabras. Finalmente, me la enterró de una vez, llenĆ”ndome por completo. Un grito se me escapó, y Ć©l me tapó la boca con una mano mientras con la otra me agarraba de la cadera, clavĆ”ndosela cada vez mĆ”s hondo.

Los golpes de sus caderas contra mis nalgas eran rĆ”pidos y fuertes, y el sonido hĆŗmedo de nuestros cuerpos se mezclaba con los ruidos de la calle. Yo estaba fuera de mĆ­, con el miedo y la excitación fundiĆ©ndose en una sola sensación abrasadora. En un momento, un seƱor mayor se detuvo frente a la reja, como si estuviera buscando una dirección. Nos miró. Estoy segura de que nos miró. Sus ojos se posaron en nosotros por una fracción de segundo eterna antes de que Ć©l siguiera su camino, sacudiendo la cabeza. Esa mirada, ese instante de haber sido vista, me hizo estallar. Un orgasmo violento me sacudió, haciendo que me estremeciera y gritara contra su mano. Ɖl, al sentir cómo me apretaba alrededor de su verga, se vino tambiĆ©n, con un gruƱido profundo, llenĆ”ndome de su calor.

Nos quedamos jadeando, pegados, mientras la brisa de la calle nos enfriaba la piel sudorosa. La puerta seguƭa abierta, y el mundo seguƭa su curso, ajeno a nuestro pequeƱo, delicioso escƔndalo.

Pero no solo es con él. A veces, la necesidad es tan fuerte que me agarra sola. Me masturbo sabiendo que puedo ser vista. Tengo un ventanal grande en mi dormitorio que da a un callejón que, aunque no es muy transitado, siempre hay alguien. Anoche, no pude dormir. La luna estaba llena y entraba por la ventana. Me quité la camiseta de dormir y me acerqué al vidrio, completamente desnuda. Apoyé las manos en el frío cristal y me miré en el reflejo, pero mi vista iba mÔs allÔ, hacia la oscuridad del callejón. Empecé a tocarme, despacio al principio, con las yemas de los dedos recorriendo mis pezones duros, luego bajando por mi vientre hasta mi sexo, que ya latía con fuerza.

Me abrí de piernas, apoyando una rodilla en el borde de la cama que estÔ junto a la ventana, ofreciéndome a la noche. Con una mano me acariciaba un seno y con la otra me metía dos dedos, imaginando que era la mirada de un desconocido la que me excitaba. Cerré los ojos y me imaginé a un hombre ahí afuera, en la sombra, observÔndome, jalÔndose la verga mientras me veía perderme en mi propio placer. Gemí mÔs fuerte, sin importarme el ruido. QuizÔs el vecino de al lado, ese joven soltero que siempre llega tarde, estaba escuchando. QuizÔs en ese momento estaba en su cuarto, mirando por su propia ventana, viendo cómo esta mujer madura se daba placer contra el vidrio. Esa idea, esa posibilidad anónima, me llevó al borde. Me froté el clítoris con furia, mirando fijamente la oscuridad, desafiando a quien estuviera allí, y me corrí con un temblor que me dobló las rodillas, gimiendo un nombre que no era el de mi hombre.

Es mi vicio secreto, mi gusto culposo. La emoción prohibida de exhibirme, de sentir que, por un momento, dejo de ser la Norma correcta y me convierto en un animal de puro deseo, con la puerta abierta de par en par para quien quiera asomarse. Y mientras mÔs cerca estÔ la gente, mÔs lo quiero. Es como un fuego que no se apaga, y no, no pienso apagarlo.

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