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octubre 14, 2025

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Me gusta que me traten como puta

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La verdad es que me da vergüenza admitirlo, pero necesito sacarlo de alguna parte. Soy Lucy, tengo 30 años, y sé que no soy bonita. Soy gordita, con rollitos por todos lados, y mi cara… bueno, es una cara normal, nada especial. Solo he tenido un novio en toda mi vida, Miguel, y fue en la preparatoria. Duré con él cuatro años, y el sexo era… bueno, normal. Dulce, cariñoso, predecible.

Pero desde que terminamos, hace ya ocho años, no he estado con nadie más. No es que no quiera, es que los hombres no se me acercan. O si lo hacen, es para ser «amigos». Y yo, por fuera, sonrío y actúo como la chica recatada que todos creen que soy. Pero por dentro… por dentro es otra cosa.

Tengo unos deseos que me avergüenzan. Fantaseo con que un hombre me use, me trate como su puta, me hable feo mientras me coge. Pienso en eso cuando estoy sola en mi cuarto, con las luces apagadas. Me toco imaginando que alguien me grita «puta gorda» o «perra» mientras me agarra de los rollitos del estómago y me mete sus dedos. ¿Es normal? No lo sé. Pero a mí me excita tanto que a veces creo que voy a estallar.

Todo empezó con un sueño. Soñé que estaba en un callejón oscuro, y un hombre alto, con las manos ásperas, me empujaba contra la pared. No podía ver su cara, pero sentía su aliento caliente en mi nuca. «Quietecita, gordita,» me susurraba, y sus manos me levantaban la falda. Yo intentaba protestar, pero en el sueño no me salía la voz. Solo un gemido.

Él me bajaba los calzones con un tirón y me tocaba ahí, con desprecio, como si yo fuera un pedazo de carne. «Tan mojada estás, puta,» decía, y yo, en lugar de odiarlo, me excitaba más. En el sueño, me daba la vuelta y me obligaba a arrodillarme. «Ábreme la boca, cerda,» ordenaba, y yo, temblando, lo hacía. Él se sacaba una verga enorme y me la metía hasta la garganta. Yo me ahogaba, las lágrimas me corrían por la cara, pero no me detenía. Me agarraba del pelo y movía mi cabeza hacia adelante y hacia atrás, usando mi boca como si fuera un juguete. «Así, gorda, así me gusta, traga toda mi leche,» gruñía, y yo sentía un líquido caliente y espeso llenándome la boca.

Me desperté jadeando, con las sábanas empapadas y mi mano ya entre mis piernas, frotando mi clítoris hinchado. Me corrí en segundos, con un gemido ahogado que espero que mis papás no hayan escuchado.

Desde ese día, no puedo dejar de pensar en eso. En la oficina, mientras archivo papeles, me imagino que mi jefe, el señor Rojas, un tipo serio de traje, me llama a su oficina. Cierra la puerta con llave y me dice: «Lucy, sé que eres una zorra necesitada. Arrodíllate». Y yo, en lugar de indignarme, me arrodillo y le desabrocho el cinturón.

En mi fantasía, él no me besa. Solo me usa. Me agarra la cara y me mete la verga, golpeando el fondo de mi garganta. Me escupe en la cara y me dice que soy su gorda asquerosa. Y lo peor es que en esa fantasía, yo gimo de placer y le pido más.

Ayer, en el metro, pasó algo que me turbó. Iba de pie, apretada entre la gente, cuando sentí que un hombre se me pegaba por detrás. Era alto, podía sentir su entrepierna contra mis nalgas. Al principio pensé que era el movimiento del tren, pero luego lo sentí: algo duro me estaba rozando. Él se acercó más y susurró cerca de mi oído, tan bajo que casi no lo escuché: «Qué rico culo tienes, gordita». Me quedé paralizada. No era un piropo bonito.

Era grosero, asqueroso. Pero en lugar de alejarme, me quedé quieta. Incluso, Dios me perdone, me recargué un poco más contra él. Él lo notó. Puso una mano en mi cadera, no con cariño, sino con posesión, y siguió moviéndose contra mí. La gente a nuestro alrededor no se daba cuenta. Yo cerré los ojos y dejé que pasara. Sentía su verga dura a través de la ropa, presionando mis nalgas, y yo estaba tan mojada que se me estaba pegando la tanga.

Él bajó la mano y me pellizcó un rollito de la cintura. «Putita,» murmuró otra vez. En ese momento, el tren se detuvo en mi estación y la gente empezó a bajar. Él se separó de mí de golpe y se perdió entre la multitud sin mirarme atrás. Yo me bajé con las piernas temblando y me encerré en el baño de la estación. Me apoyé contra la puerta y me metí la mano en los pantalones. Estaba empapada. Me masturbé rápidamente, pensando en su voz, en sus palabras, en el desprecio en su tono, y me vine con un temblor violento que me hizo morder mi propio brazo para no gritar.

Llegué a casa sintiéndome sucia y confundida. ¿Por qué me excitaba eso? ¿Por qué soñar con que me tratan como a una basura me hace sentir tan viva? Miguel jamás me habló así. Me decía «mi amor», «mi vida». Sus caricias eran suaves, sus besos dulces. Y yo lo quería, de verdad. Pero lo que siento ahora… esto es diferente. Es oscuro, es vergonzoso, pero es tan intenso.

Anoche, probé algo. Mientras me masturbaba en la ducha, me miré al espejo empañado. Me vi los rollitos, mis tetas grandes y caídas, mis muslos gruesos. Y en vez de sentir asco, me dije en voz baja, imitando la voz del hombre del sueño: «Eres una cerda. Una puta gorda y necesitada». Fue como un interruptor. Un calor me recorrió todo el cuerpo y un orgasmo más fuerte que cualquier otro que haya tenido me dejó sin aire, agarrándome del lavamanos para no caerme.

No sé qué significa esto. No sé si está mal o si es solo una fantasía como cualquier otra. Tal vez sea porque, al ser «fea» y «gordita» para los estándares de todos, en mi cabeza, el único tipo de deseo que merezco es este, uno violento y despreciativo.

O tal vez solo tengo un lado puta que está cansado de estar escondido. Lo que sí sé es que anhelo que llegue el día, si es que llega, en que un hombre me vea no con dulzura, sino con lujuria cruda, que me empuje contra la cama, me jale del pelo y me use como su juguete personal, susurrándome al oído todas las cosas feas que tanto necesito oír.

Mientras tanto, seguiré siendo la Lucy recatada de siempre… pero por dentro, arderé en silencio por un hombre que quiera tratarme como su puta.

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