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octubre 12, 2025

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Mi hermana infiel

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Weón, la weá que me pasó es tan heavy que todavía no lo puedo creer. Tengo 19 años y vivo con mi hermana mayor, Camila, y su pololo, Ignacio. Ellos tienen como 30 años, cachai? La cosa es que yo siempre he cachado que mi hermana es buena, onda, tiene un poto que llama la atención y unas tetas que no pasan piola, pero es mi hermana, así que na que hacer. Pero el otro día, weón, la weá se puso brigida.

Fue un viernes por la tarde. Ignacio, mi cuñado, había salido a la feria con unos amigos, así que la casa estaba sola, solo yo y mi hermana. Yo estaba en mi pieza, echado en la cama viendo videos en el celular, cuando escucho que mi hermana habla por teléfono.

No le pongo atención al principio, pero caché que hablaba super bajito, casi susurrando, y se reía con una risa como coqueta, weón. Me dio curiosidad, así que me paré y abrí la puerta un cacho, solo para escuchar mejor. Estaba en el living, y decía weás como «sí, papi, yo también te extraño» y «cuando puedas, vení, que la casa está sola». Weón, en ese momento se me heló la sangre. ¿A qué chucha se refería?

Colgó y al rato, como media hora después, escucho que tocan el timbre. Me asomé por la ventana de mi pieza y vi un auto estacionado afuera, uno que no conocía. Un tipo alto, moreno, con pinta de gallo, se bajó y entró a la casa. Mi hermana abrió la puerta y weón, apenas entró, se tiraron a besos ahí mismo, en la entrada. Fue un beso con lengua, apurado, como de dos personas que se mueren por cachar. Yo me quedé pegado en la puerta de mi pieza, con el corazón a mil, no podía creer lo que estaba viendo. Mi hermana, la que siempre se hace la señora respetable, traicionando a Ignacio, que es un weón buena onda, la verdad.

Se fueron pa´ la pieza de ella y cerraron la puerta. Weón, en ese momento supe que la weá se pondría peor. Salí de mi pieza con cuidado, en puntillas, y me acerqué a su puerta. No estaba totalmente cerrada, había un espacio chico, y por ahí me puse a espiar. Y weón, lo que vi me dejó la escoba. Mi hermana estaba ya en pelotas, weón, con sus tetas grandes y firmes al aire, y ese poto que siempre ha sido su orgullo, bien redondo.

El tipo, que debe tener como 35 años, también estaba en pelota, y la tenía pa´ fuera, weón, una weá grande y gruesa, bien parada. Mi hermana se arrodilló frente a él y se la empezó a chupar. Weón, la chupaba con una hambre que nunca le había visto, metiéndosela toda a la boca, haciéndole sonidos que a mí me pusieron la piel de galla. El tipo gemía y le agarraba la cabeza, empujándosela más adentro. «Sí, mi amor, así, chúpame toda la pinga,» le decía, y mi hermana no paraba, solo hacía «glug glug» como si estuviera muriendo de sed.

Después, el tipo la tiró sobre la cama y se puso detrás de ella, en cuatro. Le abrió las nalgas y le empezó a meter la lengua en el hoyo, weón, así de claro. Mi hermana gritaba y gemía, diciendo «sí, papi, láme el culo, me encanta». Weón, a mí se me paró al tiro, no podía evitarlo. Ver a mi hermana, la que me crió en parte, gritando como puta mientras un weón le comía el culo, era demasiado. Después, el tipo se puso encima y se la metió. Weón, el ruido que hacía cuando entraba era húmedo y fuerte, y mi hermana gritaba cada vez que él se la embestía.

«Dame más duro, mi amor, rompeme el chocho,» le decía, y el tipo no se contenía, le daba con toda su fuerza, agarrándola de las caderas y chocando contra su poto. La cama golpeaba contra la pared y los gemidos de los dos llenaban la pieza. Yo, weón, no pude más y me saqué la pichula y empecé a jalármela ahí mismo, espiando por la puerta. Era como una película porno, pero con mi hermana de protagonista.

En un momento, el tipo la puso boca arriba y le subió las piernas sobre los hombros. Ahí se la metió aún más profundo, y mi hermana casi se desmaya del gusto. «Ahí, ahí, por el chiquito,» suplicó, y el tipo, sin sacársela, le metió un dedo en el ano. Weón, ella se vino en ese instante, gritando y temblando, y el tipo no paró, siguió dándole duro hasta que él también se vino, con un gruñido largo, y weón, le echó toda la leche adentro. Se quedaron jadeando, sudados, pegados. Después de un rato, el tipo se vistió rápido y se fue, no sin antes darle otro beso largo en la boca. Mi hermana se quedó tirada en la cama, con las piernas abiertas y su chocho todo mojado y lleno de leche.

Cuando se fue el tipo, yo me metí rápido a mi pieza antes de que ella me viera. Me quedé ahí, sentado en la cama, con la pichula todavía en la mano y la cabeza dando vueltas. Weón, no sabía si sentirme culpable por haberla espiado o excitado por lo que vi. Al rato, la escuché ducharse. Cuando salió, pasó por fuera de mi pieza y me dijo «Hola, Vico, ¿estás bien?» con una voz tan normal, como si no hubiera pasado nada. Weón, es una actriz de primera.

Ahora, cada vez que la veo, no puedo evitar imaginármela en cuatro, gimiendo y pidiendo más. Y weón, lo peor es que Ignacio no cacha nada, llega de la feria y le da un beso en la mejilla, y ella le sonríe como si fuera la esposa más fiel del mundo. Weón, no sé qué hacer. ¿Le digo? ¿Me quedo callado? Y la weá más rara es que a veces, cuando estoy solo, me pajeo pensando en lo que vi. Sé que está mal, weón, pero no puedo evitarlo. Mi hermana es una infiel, pero la verdad, weón, está tan rica que a veces entiendo por qué los weones se arriesgan por un polvo así.

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