Por
Anónimo
Me dedearon en un Starbucks abajo de la mesa
Ay parce, les voy a contar una vaina que me pasó hace poquitos días que me tiene todavía con el culo ardido de la excitación. Resulta que este man, un ex colega del trabajo que yo no veía hace como tres años, de la nada me escribe por WhatsApp. Yo ni me acordaba del tipo, la verdad, pero me salió con un «hola belleza, tanto tiempo» y yo así de… bueno, a ver qué quiere este.
La cosa es que el muy hijueputa me invitó a tomar unos tragos, pero ese día yo estaba hasta el cuello de trabajo, editando unos videos y con la cabeza a punto de explotar. Le dije que no, que no podía, pero el man es terco que no joda. A la semana me vuelve a escribir, esta vez con la propuesta de unas tapas y un vino. Y bueno, yo dije «¿por qué no? Total, una salida no le hace daño a nadie».
Quedamos en un bar por la Zona Rosa, un sitio medio nice con luces bajitas y una música que te invitaba a pegar los cuerpos. Llegué con un jean ajustado y un top que me dejaba la espalda al aire, pa que el man no fuera a pensar que me había arreglado pa él. Pero cuando lo vi… ay no, hijueputa, el muy marica se había puesto bueno. Siempre fue guapo, pero con esos tres años de más se le notaba que andaba en el gym. Unos brazotes que se le marcaban bajo la camisa y una mirada que ya no era la del muchacho tímido de la oficina.
Empezamos a hablar de la vida, de lo que habíamos hecho en ese tiempo, y la conversación se fue poniendo cada vez más caliente. Él me contaba que se había dedicado a viajar, que había estado con varias mujeres pero nada serio, y yo le tiraba unas indirectas, diciéndole que yo tampoco me había aburrido, que la vida de soltera tiene sus ventajas. Se me quedaba mirando los labios cuando le hablaba y yo, sin querer, me pasaba la lengua por ellos, jugando.
La cosa se puso tan intensa que en un momento, sin planearlo, nos estábamos comiendo la boca como si no hubiera un mañana. Fue un beso de esos que te quitan el aire, con lengua y mordiscos, con las manos en la nuca, jodiendo en plena mesa del bar. Yo sentía el sabor del vino en su boca y el olor de su colonia, una vaina rica que me mareaba. Me tenía agarrada de la cintura y yo le apretaba los muslos con mis piernas bajo la mesa. Parce, yo ahí ya sentía la panty mojada, pero nos tuvimos que controlar porque éramos dos adultos, no dos adolescentes calientes. O eso pensaba yo.
Al día siguiente, el muy sinvergüenza me escribió temprano. «¿Qué haces?» Y yo, boba, le contesté. Dijo que tenía que hacer unos trabajos en el laptop, pero que no aguantaba la biblioteca, que si lo acompañaba a un Starbucks a tomar un frappé. Yo, inocente, dije que sí. Me puse una falda corta, de esas que se te suben cuando te sientas, y un topsito sin brasier, porque hacía un calor del carajo en la ciudad.
Llegamos al Starbucks y él ya estaba ahí, con su computador y una sonrisa que decía «hoy te como». Nos sentamos en una mesa en una esquina, medio escondidos. Él se puso a teclear, yo me puse a tomar mi frappé de vainilla, pero los pies no paraban de tocarse bajo la mesa. Fue una vaina tan sutil al principio, la punta de sus zapatos rozando mis tobillos, que yo ni lo notaba. Hasta que empezó a subir.
De pronto, sentí su mano en mi rodilla. Un toque suave, como preguntando permiso. Yo no me moví, solo lo miré por encima de mi vaso y sonreí. Esa fue la señal. Su mano empezó a subir por mi muslo, lenta, despacio, como si estuviera explorando un territorio nuevo. Parce, yo sentía cómo los pelitos de la pierna se me erizaban con su contacto. Él seguía tecleando como si nada, con la mirada fija en la pantalla, pero su respiración se le estaba poniendo más pesada.
Y entonces, sin que yo me lo esperara, su mano ya no estaba en el muslo. De un movimiento rápido y diestro, me metió la mano bajo la falda y me agarró toda la conchita por encima de la braguita. Yo casi suelto el grito, pero me mordí el labio. Él no se detuvo.
Él, el muy atrevido, no se conformó con eso. Metió los dedos bajo la elástico de mi tanga y me tocó directo, sin protección. Sentí sus dedos fríos contra mis labios calientes y me estremecí entera. Empezó a masajearme el clítoris con una presión que me volvía loca, con movimientos cortos y rápidos que me tenían al borde. Yo apretaba las piernas, tratando de contener el temblor, pero él con la otra mano me las abría suavemente.
Y ahí estaba yo, en medio del Starbucks, con un tipo que parecía un ejecutivo serio trabajando en su laptop, mientras por debajo de la mesa me dedeaba como si fuera su puta personal. Él se inclinó hacia mí y me susurró al oído: «Te gusta, ¿cierto? Te gusta que te toquen aquí, donde todos pueden vernos». Yo solo pude asentir, sin voz, con la cara colorada y la respiración entrecortada.
Sus dedos se movían más rápido, entrando y saliendo de mí, haciendo ese ruidito húmedo que solo yo podía escuchar. Yo ya no aguantaba, empecé a mover las caderas al ritmo de su mano, siguiéndole el compás. La gente pasaba, los batidores de la barra sonaban, la música seguía sonando, y yo ahí, a punto de reventar. Hasta que no pude más. Me vino un corrientazo por todo el cuerpo, un orgasmo que me sacudió desde las puntas de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Tuve que morderme el brazo para no gritar, con las lágrimas en los ojos de lo intenso que fue.
Él sacó sus dedos, lentos, y se los llevó a la boca, limpiándoselos con una sonrisa que me dejó claro que eso no se iba a quedar ahí. «Esta noche te voy a dar hasta que no puedas caminar», me dijo, antes de volver a teclear en su laptop como si nada hubiera pasado.
Yo me quedé ahí, temblando, con las piernas todavía abiertas y la falda arrugada, mirando a mi alrededor para ver si alguien se había dado cuenta. Pero no, el mundo seguía igual. Solo yo sabía que en esa mesa, en ese Starbucks cualquiera de la CDMX, me habían hecho venirme como una perra en celo. Y lo peor es que no podía esperar a que llegara la noche.


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