octubre 2, 2025

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Maldigo el día que empecé a cogerme a mi madrastra

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Maldigo el día que empecé a coger con mi madrastra. Maldigo cada jadeo, cada gemido, cada maldita vez que la sentí estremecerse bajo mi cuerpo. Porque ahora, esta guerra perversa ha escalado a un nivel que ni en mis pesadillas más enfermizas pude imaginar.

Hace una semana, Viviane anunció que sus sobrinos – dos imbéciles de diecinueve y veintitrés años – se quedarían con nosotros. “Es solo mientras mi hermana se instala en la ciudad”, dijo con esa sonrisa de víbora que ahora reconozco demasiado bien. Mi padre, el eterno cornudo, asintió desde detrás de su periódico antes de salir a otro de sus viajes de “trabajo”.

La primera noche lo sospeché. La segunda, lo supe. Y para la tercera, estaba condenado a este infierno.

Anoche fue la gota que colmó el vaso. Eran casi las dos de la madrugada y el sonido me despertó. No eran gemidos discretos, no. Eran alaridos. Gritos guturales de esa zorra que retumbaban en toda la casa. Salí de mi habitación, con la verga ya dura e indignada contra el pantalón del pijama, y seguí el sonido hasta su suite.

La puerta, por supuesto, estaba entreabierta. Un invitación perversa. Una prueba más en su juego retorcido.

Y allí estaba el espectáculo. Viviane, de rodillas en medio de la cama king size, completamente desnuda y brillando de sudor bajo la tenue luz de la lámpara. El mayor, el de veintitrés, se la follaba por delante, agarrándola del cuello para clavar cada embestida. El más joven, el de diecinueve, estaba detrás de ella, metiéndole su verga en el culo con una fuerza animal.

“¡Sí, así, dámelo todo, sobrinos!” gritaba Viviane, con la boca torcida por un placer que nunca mostró conmigo. “¡Enséñenle a su tía lo que son los hombres de verdad!”

La cama crujía con violencia, un ritmo sincopado de carne contra carne. Yo me apoyé en el marco de la puerta, escondido en las sombras, con la mano ya dentro de mi pijama, jalándome la verga con una rabia que me nublaba la vista. No podía apartar la mirada. La veía cómo se dejaba lamer los pechos por el mayor, cómo empujaba sus nalgas contra las caderas del más joven, cómo se corría en un espasmo violento que hizo gritar a ambos primos.

“¡Ahora, en la boca, los dos!” ordenó ella, y los dos chicos, jadeantes, le llenaron la cara y la boca de semen blanco y espeso. Ella se lo tragó con una sonrisa de triunfo, limpiándose el exceso con el dorso de la mano.

Fue entonces cuando sus ojos, brillantes y vacíos, se encontraron con los míos en la penumbra. No se sorprendió. Solo sostuvo mi mirada mientras lamía sus dedos manchados. Un desafío. Un recordatorio de que yo era solo otro juguete en su colección.

Volví a mi habitación con el orgullo hecho trizas y el cuerpo temblando. Me corrí en mis sábanas maldiciendo su nombre, maldiciendo el día que la toqué, maldiciendo esta adicción que ella misma cultivó.

Hoy, el silencio en la casa es ensordecedor. Los sobrinos duermen como bestias satisfechas en la habitación de invitados. Y Viviane está en la cocina, preparando el desayuno como si nada, con un vestido de seda que apenas le cubra el culo.

“Buenos días, hijito,” dice, pasando junto a mí. Su mano roza mi entrepierna, sintiendo la erección matutina que no puedo controlar. “¿Dormiste bien?”

Su aliento huele a sexo y a victoria. Yo no respondo. Solo aprieto el puño alrededor del cuchillo de untar mantequilla.

Ella sonríe, satisfecha. Sabe que ha ganado esta batalla. Sabe que, aunque la maldiga, aunque la odie con cada fibra de mi ser, esta noche volveré a escuchar sus gritos. Y mi verga, traidora, volverá a ponerse dura como una piedra.

No hay salida de esta guerra. Solo queda el placer amargo de la derrota y el fuego lento de un deseo que me consumirá por dentro. Maldita sea. Maldita sea ella. Maldito sea yo.

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