septiembre 29, 2025

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Mi amigo me hizo adicto a las mujeres gordas

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Mano, te voy a contar cómo fue que mi amigo me convirtió en un adicto a las gorditas. La cosa empezó en la prepa. Mi carnal, le decíamos «el Alemán» porque estaba bien parecido, alto, con ojos claros – un vato que podía agarrarse a casi cualquier morra. Y ahí estaba él, con una novia que se llamaba Fátima, una chava gorda, chaparrita, super morena y que, siendo honesto, no era nada bonita de la cara. Todos nos preguntábamos qué pedo con eso, pero nunca le dije nada, cada quien sus gustos, ¿no?

Un día, me habla por Instagram y me dice que quiere contarme algo, pero en modo privado, pa’ que los mensajes se borraran. Pensé que me iba a confesar una infidelidad o algo así. Pero no. El vato me suelta que Fátima le había propuesto un trío, dos vatos y ella, y que a él le prendía mucho la idea. La neta no me sorprendió, en la prepa el wey era bien fan del NTR y de ese tipo de fantasías. El problema era uno y bien gordo: su novia no me gustaba para nada. Se lo dije directo, le dije que no. Me dijo que no había pedo, que buscaría a otro.

Pasaron como dos semanas y me volvió a insistir. Esta vez me dijo: «Mira, bro, ella solo te la va a mamar. Si no te late, paramos ahí y ya no hacemos nada más.» La verdad, fue más por pena que por ganas, pero al final acepté.

Quedamos en su casa. Llegué y la atmósfera estaba tensa, pero Fátima, la muy loca, suelta de golpe: «Oigan, si quedo embarazada, los dos serán papás.» Obvio era un pedo, nos íbamos a cuidar, pero me sacó una risa nerviosa. Nos metimos al cuarto y la cosa se puso real. Ahí estaba yo, parado frente a ellos dos, y me bajé el pantalón y los boxers. Mi verga estaba semi-dura, más por los nervios que por otra cosa. Fátima, que estaba sentada en la cama, se acercó y sin decir nada, abrió la boca y se tragó la cabeza.

Los primeros tres segundos fueron incómodísimos, sintiendo la mirada de mi amigo clavada en mí. Pero, mano… la boca de esa chava era cosa de otro mundo. El calor, la forma en que movía la lengua alrededor del glande, cómo jugaba con mis huevos con una mano… En menos de lo que canta un gallo, mi verga estaba dura como un martillo y a mí se me había olvidado por completo que él estaba ahí. De la nada, sin pensarlo, le di una nalgada en ese culo grande y carnoso que tenía. Fue un acto de puro instinto, de puro morbo. Ella gimió con mi verga en la boca y me miró con unos ojos que pedían más.

Volteé a ver al Alemán, y el vato solo me sonrió con una mirada de «¿Ves? Te lo dije». En ese momento, algo hizo click en mi cerebro. Dejé de ver a Fátima como «la novia gorda de mi amigo» y empecé a verla como un puto banquete. Mi amigo, viendo la calentura en mis ojos, me dijo: «Tú eres el invitado, bro. Puedes hacer lo que quieras con ella.»

Esa frase fue como prenderle un cerillo a la gasolina. Me abalancé sobre Fátima y empecé a quitarle la ropa. Primero le bajé esos jeans ajustados que llevaba puestos. Se le marcaba la panocha de una manera… no sé, era gruesa, carnosa, y se veía increíble. Al bajarle los jeans y los calzones, vi su chocha por primera vez. No estaba rasurada, tenía un bush negro y espeso que a cualquier otra morra me hubiera echado pa’trás, pero en ella… mano, me prendió una chispa que no sabía que tenía. Luego le quité la camisa y por último el brasier. Cuando se soltaron esas tetas… fuck, man. Eran enormes, pesadas, con unas areolas oscuras y grandes, y colgaban de una manera que me volvió loco. Eran tetas de verdad, no esas cosas operadas y perfectas.

La tiré sobre la cama y sin pensarlo dos veces, me puse entre sus piernas y empecé a mamarle toda esa panocha. Sabía a sudor y a mujer, un sabor fuerte y primal que se me quedó grabado. Ella gritaba y retorcía las manos en mi pelo. Después, me monté encima de ella y le metí mi verga de un solo golpe. Estaba tan apretada, man, era una sensación que nunca había sentido. Esa chocha con tanto labio y tanto pelo me hacía sentir cada centímetro de fricción. Empecé a darle bien duro, agarrándola de esas caderas anchas, escuchando cómo sus nalgas chocaban contra mis muslos. Mi amigo se acercó y empezó a besarla, pero yo, en mi puta calentura, casi no lo dejaba tocarla. Era como si ella fuera solo mía en ese momento.

Cambiamos de posición y la puse en cuatro. Desde atrás, la vista era aún mejor. Su espalda ancha, ese culo enorme y redondo, y entre sus piernas, su panocha peluda y mojada esperando mi verga. Se la volví a meter y ella gimió como una maldita posesa. Le agarraba esas tetas grandes y pesadas y las apretaba con fuerza mientras le daba desde atrás. Mi amigo se sentó frente a ella para que ella se mamara su verga, y verla ahogarse con la verga de él mientras yo se la seguía metiendo por detrás fue el espectáculo más cabrón y excitante de mi vida.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, cambiando de posiciones, sudando, gimiendo. Terminé viniéndome en su espalda, chorros y chorros de leche que le corrían por la piel. Los tres quedamos tirados en la cama, jadeando, destruidos. Después de eso, lo hicimos dos veces más. Cada vez, yo era más posesivo con ella, más mañoso. Me encantaba cada rollo de su cuerpo, cada curva suave, la forma en que su piel se sentía bajo mis manos. Se suponía que habría una cuarta vez, pero ellos terminaron y eso me jodió mucho, porque en serio la esperaba con ganas.

Hace poco la agregué en Facebook, pero no le he escrito. No quiero faltarle al respeto a mi carnal, aunque sé que a él probablemente no le importaría. Pero esa experiencia, mano… me cambió. Después de Fátima, muchas de mis parejas sexuales han sido gorditas o chavas curvys. Se me despertó un fetiche que no sabía que tenía. Ahora, cuando veo a una mujer con cuerpazo grueso, con tetas grandes y naturales y unas nalgas que no caben en las manos, se me para al instante. Fue mi amigo, el Alemán, el que, sin saberlo, me mostró el camino hacia el verdadero paraíso. Y no, no me arrepiento de nada.

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