septiembre 22, 2025

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Folle la mujer de otro hombre mientras el nos veía y grababa

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La verdad es que me metí en esa aplicación de tríos y swingers más que nada por aburrimiento y morbo. Uno siempre se pregunta cómo será eso en la vida real, ¿no? Después de semanas de chatear con parejas que al final se echaban para atrás o con tipos solteros que solo querían impresionar, casi la borro. Hasta que apareció ellos.

Él, Javier, me escribió primero. Fue directo: eran una pareja en sus cuarentena, estable, y buscaban a un chico joven para «darle un regalo» a ella, Carolina. Me mandó una foto de los dos: ella era una mujer con curvas, unos ojos oscuros y una sonrisa que prometía travesura. Él, más serio, con una barba cuidada y una mirada que no delataba si estaba nervioso o excitado. Acepté quedar.

La cita fue en un hotel discreto. Cuando abrieron la puerta, la tensión sexual era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Carolina llevaba un vestido negro ceñido que le marcaba cada curva, y Javier, un traje informal. Nos sentamos a tomar una copa de vino y, tras unos minutos de conversación incómoda, Javier soltó la bomba: «Mira, Pablo, para qué nos vamos a engañar. A mi mujer le excita mucho la idea de un chico joven, y a mí me excita verla disfrutar. ¿Te importa si grabamos todo?»

Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Asentí, y ahí empezó el espectáculo. Javier sacó una cámara pequeña pero profesional y encendió un foco que no había notado. La habitación se transformó en un plató. Carolina se acercó a mí y, sin decir palabra, me besó. Fue un beso lento pero profundo, con hambre. Sus manos me recorrieron el pecho mientras yo le agarraba ese culo que tanto había admirado en la foto.

Javier, desde un rincón, daba instrucciones con una voz tranquila pero firme. «Quítale el vestido, cariño. Déjame verlo.» Ella obedeció, dejando al descubierto un cuerpo increíble: tetas grandes y naturales, caderas anchas y una cintura que invitaba a agarrarla. Me llevó a la cama y se puso de rodillas, desabrochándome el pantalón. Cuando me sacó la verga, que ya estaba dura como una roca, sus ojos se abrieron un poco. «Qué joven y qué dura está», susurró, y acto seguido se la metió entera en la boca.

La mamada era increíble, pero lo más excitante era ver a Javier grabando cada segundo, acercándose para capturar el sonido de ella ahogándose con mi verga, los gemidos que yo no podía contener. En un momento, él se acercó y le acarició el pelo a Carolina. «¿Te gusta la verga de tu alumno, profesora?» jugó él, y ella, sin soltarme, asintió con los ojos llenos de lujuria. Javier entonces se bajó los pantalones y le frotó su verga, más madura pero igualmente dura, en la cara de ella, que alternaba entre chuparme a mí y a él. Fue una imagen surrealista y ardiente: yo tirado en la cama, ella en el medio devorándonos, y él grabando y participando ocasionalmente.

Luego, Javier pidió el cambio. «Ponla a cuatro patas. Quiero grabarte entrándole por detrás.» Carolina se colocó, arqueando la espalda y presentándome un culo espectacular. Yo me puse detrás, guiando mi punta hacia su entrada, que ya estaba empapada. La penetré de un golpe, y ella gritó de placer. Javier se colocó a un lado, enfocando el punto donde nuestros cuerpos se unían. «Más fuerte,» le ordenó a mí, y yo obedecí, embistiéndola con una fuerza que no sabía que tenía, cada choque de mis caderas contra sus nalgas sonaba en la habitación. Él se masturbaba mientras grababa, y en un arranque, se acercó y le metió los dedos en la boca a Carolina, quien los chupaba ansiosamente.

Agotados, cambiamos a la posición del misionero. Quería ver su cara. Javier se puso a los pies de la cama, grabando de frente. Yo encajado entre sus piernas, mirándola a los ojos mientras se la metía profundamente, sintiendo cómo se contraía por dentro. «Me voy a correr,» gruñí, y Javier, con la cámara temblando un poco, dijo: «Dentro de ella. Quiero verlo.» Esas palabras fueron el detonante. Con un gemido ronco, exploté, llenándola por dentro mientras ella también gritaba, alcanzando su propio clímax y clavándome las uñas en la espalda.

Al terminar, los tres sudados y jadeantes, Javier apagó la cámara. Nos trajo toallas y agua. Fue extrañamente cordial. Al final, me mostró un fragmento del video en la pantalla de la cámara. La imagen era tan explícita y morbosa como me la imaginaba: yo, con el rostro contraído por el placer, poseyendo a su mujer mientras él narraba en off. «Esto nos va a dar mucho juego,» me dijo con una sonrisa cómplice. Salí del hotel sintiéndome usado, pero con una sonrisa de lobo. Fue una de las experiencias más calientes de mi vida.

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