Fantasías con mi vecina madura
Buenas, soy un chico joven al que le gusta experimentar con su cuerpo y disfrutar al máximo. Todo comenzó cuando descubrí que desde mi ventana, con la luz tenue de mi habitación, podía ver directamente al dormitorio de mi vecina. Poco a poco fui conociendo sus rutinas, sus horarios, cuándo se cambiaba de ropa después del trabajo o cuándo se ponía el pijama antes de dormir. Esas vistas se convirtieron en mi secreto más íntimo, el combustible de mis fantasías más recurrentes.
Un día, mientras me masturbaba frente al espejo de mi cuarto, de repente vi en su ventana que ella estaba mirando directamente hacia la mía. Me quedé paralizado, en shock, con la verga en la mano y el corazón a mil. Pero en lugar de parar, me di cuenta de que me empezó a subir una adrenalina y una excitación que eran nuevas para mí, una mezcla de vergüenza y morbo que me electrizaba. Seguí tocándome, pero ahora imaginando que mi vecina podía verme, que sus ojos estaban fijos en mi cuerpo, en mis movimientos, en lo que estaba haciendo. Fue tan intenso que acabé más rápido que nunca, con la imagen de su mirada quemada en mi retina.
Durante los siguientes días, fui a hacer lo mismo con la esperanza de que ella se diese cuenta y me volviera a mirar. Mi sorpresa fue que ella estaba ya en la ventana, esperando, como si supiera que yo aparecería. Yo, sin pensármelo dos veces, hice como que no la veía. Empecé a tocarme lentamente, desabrochándome el pantalón con movimientos exagerados, sacando mi verga ya medio dura y comenzando a acariciarla. Del otro lado, ella hacía movimientos raros, se mordía el labio, y luego, con una sonrisa pícara, bajó los pantalones cortos de su pijama y comenzó a tocarse por encima de la ropa interior. Podía ver cómo sus dedos presionaban su entrepierna, cómo se arqueaba levemente. No pude más y exploté, corriéndome en mi propia mano mientras la veía a ella continuar, con los ojos cerrados y sumida en su placer.
Pasaron unos días sin verla, sin saber si aún seguía en ese piso. Me desilusioné bastante, pensé que quizás había ido demasiado lejos. Como de costumbre, subí a la terraza a fumar weed, ya que ahí estoy tranquilo y no molesto a nadie. Y ahí estaba ella, mi vecina madura, tendiendo la ropa. Cuando nos vimos, los dos nos quedamos en blanco, sin movernos, como petrificados. Hice como si nada y me encendí el porro. Ella se acercó y comenzamos a conversar de lo típico: el tiempo, el clima. Me pidió fumar y ahí estuvimos, compartiendo el cigarrillo, pero yo más caliente que una piedra volcánica, sintiendo cómo me sudaban las manos.
Fue entonces cuando ella, mirándome fijamente, me confesó que se podía ver entre nuestras ventanas. Yo me hice el sorprendido, pero ella se rio y me dijo que no me hiciese el tonto, que le gustaba verme hacer «esas cosas». Me dijo su edad: me sacaba 25 años, y eso me excitó aún más. Al hablar del tema, confesamos que podíamos vernos y ella, acercándose tanto que podía sentir su aliento, me dijo: «¿Y si en vez de hacerlo ventana a ventana probamos frente a frente? Masturbarnos uno enfrente del otro». Solo imaginar eso me dio una excitación brutal.
Sin esperar mi respuesta, comenzó a quitarse la ropa allí mismo, en la terraza, bajo el cielo abierto. Yo, tembloroso, me quité la mía. Nos sentamos en unas sillas de plástico, frente a frente, y comenzamos a tocarnos, mirándonos a los ojos sin vergüenza. Ver sus pechos maduros, sus manos recorriendo su cuerpo, fue demasiado. No pude más, necesitaba pasar mi lengua por ese mojado tesoro que guardaba entre las piernas. Sin pensarlo, me arrodillé frente a ella, besándole los muslos internos, sintiendo el temblor de su piel. Separó sus piernas y me hundí en su sexo, comiéndola con una hambre que no sabía que tenía. Ella gimió, agarrándome del pelo, mientras yo exploraba cada pliegue con mi lengua. Luego, fue ella quien se arrodilló para devorarme a mí, chupándome la verga con una experiencia que me volvió loco. Fue increíble, un sueño hecho realidad.
A la hora de cogernos, ella tomó las riendas. Me llevó a su departamento y me empujó sobre la cama. Montó sobre mí con una confianza que me dejó sin aliento, moviéndose arriba y abajo con una cadencia que me hacía ver las estrellas. Después, me puso a cuatro patas y me penetró con un consolador que sacó de su mesita, mientras con la mano me masturbaba a mí. Fue una noche de experimentación salvaje. A día de hoy seguimos viéndonos en la terraza y en su cama, disfrutando como nunca, explorando nuestros cuerpos y nuestros deseos más ocultos.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.