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Anónimo

septiembre 22, 2025

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Mientras mi novio dormía

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Esta historia es de cuando tenía 20 años, una edad en la que el fuego me corría por las venas y la necesidad de sentirme deseada era casi una adicción. Para esa época, ya era muy caliente; cualquier hombre que oliera a testosterona, que tuviera una mirada firme o unas manos que prometieran saber qué hacer con una mujer, me excitaba. Bueno, no cualquiera, pero sí la mayoría. Ya me había acostado con varios chicos de la universidad, con un par de vecinos atrevidos, pero aún quería más parejas, más experiencias, más de esa sensación de ser usada y deseada con una intensidad que me dejara sin aliento.

Mi padre tenía un amigo que se llamaba Manuel. Manuel era un hombre de unos 45 años, fuerte, varonil, con ese tipo de presencia que llena una habitación. Usaba bigote, bien recortado, que le daba un aire entre paternal y peligroso. Sus brazos, marcados bajo la camisa, delataban a alguien que no le huía al trabajo físico. Su esposa, Regina, era una mujer muy guapa que se cuidaba mucho, siempre impecable, pero con una mirada que a veces parecía ausente, como si hubiera aceptado algo. Un día, mi padre los invitó a casa a comer. Para no sentirme sola entre gente adulta con sus pláticas de política y trabajos que a mí me aburrían soberanamente, invité a mi novio, Vladimir.

Ese día, después de darle mil vueltas al armario, me vestí con una minifalda negra, de esas que vuelan con cualquier movimiento y que, si me agachaba un poco, dejaban ver más de lo debido. Me puse una blusita blanca de algodón, tan pegada que se me marcaban hasta los pezones, que andaban particularmente duros de solo pensar en la noche, y unas botas negras hasta la rodilla. Así estuve ayudando a mi mamá con los preparativos de la comida, sintiendo cómo la tela de la falda rozaba mis muslos desnudos, porque no me puse nada debajo. Era un riesgo, pero la idea me electrizaba. Cuando se acercaba la hora de que llegaran los invitados, me vi al espejo del baño y noté que me veía francamente sexy, como una puta de anuncio, que cualquiera que me viera pensaría que estoy pidiendo sexo a gritos. Dudé un instante entre quedarme así o cambiarme por algo más discreto, pero el morbo pudo más. Quería que Vladimir me cogiera con esa ropa puesta, que sintiera la desesperación que yo cargaba. Así que decidí quedarme así.

Llegó Vladimir, un chico bueno, guapo, pero quizás un poco inocente para lo que yo necesitaba en ese momento. Se lo presenté a todos y, cuando estuvimos solos un momento en el pasillo, me dijo con los ojos vidriosos: «Te ves buenísima, Bianka». Le respondí mordiéndome el labio: «Pues es para que me cojas hasta que nos cansemos, hasta que no pueda más». Me agarró el culo con fuerza, apretando ambas nalgas a través de la delgada tela de la falda, y me besó con una lengua ansiosa. Yo ya sentía la humedad empapando mis labios, necesitaba verga ya. Pero en ese momento, mi mamá nos buscó y nos pidió que fuéramos con los demás a la sala.

En la fiesta, todo estaba muy animado. Noté rápidamente que Manuel se cayó muy bien con Vladimir. Demasiado bien. No paraba de servirle copa tras copa de whisky, y Vladimir, como un bobo, las aceptaba todas con una sonrisa. No entendía bien por qué Manuel quería emborrachar a mi novio, pero en el fondo, una parte de mí empezaba a sospechar y a excitarse con la posibilidad. La mirada de Manuel no se despegaba de mí; cada vez que me movía para servir la comida o recoger un plato, sentía sus ojos azules recorriendo mi cuerpo, deteniéndose en la curva de mi culo, en el escote de mi blusa. Me miraba como si ya me estuviera desnudando con la mente.

Ya bien entrada la noche, todos estaban súper borrachos. Mi papá, farfullando, le pidió a Manuel y a Regina que se quedaran a dormir en la casa, en el cuarto de visitas, para que no manejaran en ese estado. Aunque, para ser honesta, me di cuenta de que Manuel casi no había tomado nada, solo sorbos cortos. Vladimir, completamente ido, se desplomaría en el sofá de la sala. Eran como las 11 de la noche cuando nos fuimos formalmente a dormir.

Pero yo no podía dormir. La calentura me hervía en la sangre. Como a la una de la madrugada, cuando la casa estaba en un silencio absoluto, salí de mi cuarto descalza y fui a buscar a Vladimir. Me urgía una cogida brutal, que me dejara marcada. Cuando llegué a la sala, estaba profundamente dormido, roncando suavemente. Por más que lo sacudí, que le susurré al oído, que le besé el cuello, jamás logré despertarlo. La frustración me invadió. Le quité la cobija que tenía y, con rabia y lujuria, le besé la verga por encima del pantalón del piyama. Estaba blanda, inútil. «Qué lastima, pendejo», le susurré, «hoy me siento tan puta y tú aquí, hecho un tronco».

Fue entonces cuando una mano fuerte agarró mi cabello por detrás, tirando de él con una fuerza que me hizo arquear la espalda y dejar escapar un grito ahogado. Voltee la cabeza y ahí estaba Manuel, con solo un pantalón de pijama, su torso velludo iluminado por la tenue luz de la luna que entraba por la ventana. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de lujuria y diversión. «Pues si quieres, nena, puedes ser mi puta esta noche», dijo con una voz ronca, un susurro cargado de intenciones.

El susto inicial se transformó al instante en un deseo visceral. «Me encantaría», le respondí, sin poder disimular el temblor en mi voz, «necesito una verga que me parta en dos, ahora mismo».

Sin soltarme del pelo, me levantó del suelo como si fuera una pluma. Era increíblemente fuerte. Me cargó en brazos, con mi espalda apoyada en su brazo, y caminó silenciosamente hacia mi habitación. Una vez dentro, cerró la puerta con el pie y me tiró sobre la cama. «Ese era tu plan, ¿verdad?», le dije mientras me acomodaba, sintiendo cómo la excitación me nublaba la razón. «Emborrachar a mi novio y después cogerte a su puta».

«Claro que sí», admitió sin vergüenza, desabrochándose el pantalón. «Te veías tan puta toda la tarde, con esa falda de zorra, que no hice más que pensar en cómo iba a encamarte. En cómo te iba a sonar este culo cuando te diera de nalgadas».

«Pues aquí me tienes», reté, y en un acto de pura provocación, me abrí de piernas frente a él y, con ambas manos, me separé los labios de la vagina, mostrándole mi chocha completamente empapada, brillando bajo la luz de mi velador. «¿Ves? Te estaba esperando».

Él me vio y se rió, una risa baja y confidente. «Tranquila, niña. Hay tiempo para todo». Se hincó frente a la cama y, sin más preámbulos, enterró su cara entre mis piernas. Su lengua no fue tierna ni exploratoria; fue un asalto directo y experto. Metía toda su lengua en mi vagina, saboreándome por dentro, para luego concentrarse en mi clítoris, chupándolo y mordisqueándolo con una precisión que me hizo gritar y ahogar el sonido en mi almohada. Yo, mientras, me agarraba las tetas a través de la blusa, pellizcándome los pezones duros como piedras, imaginando que era su boca la que las mordía. «¡Así, sí, qué rico! ¡Qué placer me estás dando, Manuel!», gemía, perdida en la sensación.

Me hizo tener un orgasmo fuerte y largo, un tsunami que sacudió todo mi cuerpo. Contraje las piernas alrededor de su cabeza, y sentí cómo una oleada de mis jugos inundaba su boca. Él no se apartó; siguió chupando, bebiéndose todo hasta que dejé de temblar. Jadeaba, tratando de recobrar el aliento, la conciencia regresando a trompicones. Cuando abrí los ojos, él estaba de pie junto a la cama, con su verga ya fuera de los pantalones, gruesa, venosa y palpitante, en su mano derecha. No era enorme, pero se veía sólida, poderosa, la verga de un hombre que sabía lo que hacía.

«Ahora, mámamela. Quiero sentir esa boquita de puta alrededor mío».

«Sí, papá, te voy a mamar esa rica verga hasta que te duela», le dije, arrastrándome hacia el borde de la cama. Él se acercó y me la metió en la boca de un golpe, sin delicadeza. La empujaba y sacaba a una velocidad brutal, golpeando mi garganta, haciéndome lagrimear. Agarré sus nalgas con mis manos, apretándolas, sintiendo los músculos contraerse con cada embestida. Así estuve un rato, ahogándome con su pene, hasta que la tomé con mi mano y me dediqué a chupar solo la cabeza, jugando con el frenillo con la punta de mi lengua, masajeando sus huevos con la otra mano. No aguantó mucho. En menos de cinco minutos, gruñó y un chorro caliente y espeso de semen llenó mi boca. Tragué todo lo que pude, sin dejar de mirarlo a los ojos, y aún con sus mecos en la boca, le dije con voz ronca: «Qué rica sabe tu leche, papi. La leche del hombre maduro es deliciosa, llena de energía».

«¿Y qué piensas, eh?», dijo él, jadeando ligeramente, «¿qué piensas de estar aquí, hincada a mis pies, con mi semen en el estómago y tu novio, el bonito Vladimir, ahí abajo, durmiendo como un angelito?».

«Pienso que soy una puta», confesé, y era la verdad más pura que había sentido en semanas. «Pero una puta afortunada, porque jamás le va a faltar una buena verga que se la coja cuando lo necesite».

«Siempre supe que eras una caliente, desde que eras una adolescente y me mirabas con esos ojitos de curiosidad», dijo, acariciándome la mejilla con el dorso de los dedos.

«Es que nací para ser cogida, Manuel. Es lo único que se me da bien».

«Pues ponte en cuatro, en la cama. Te la voy a dejar ir toda en esa vagina húmeda. Quiero sentir cómo me aprietas».

Le obedecí de inmediato. Me puse a cuatro patas, con el culo bien alto, presentándomelo. Sentí cómo la punta de su verga, todavía húmeda de mi boca y su semen, buscaba mi entrada. Se abrió paso lentamente, llenándome por completo. Era una verga de un tamaño perfecto, unos 17 cm, pero gruesa, que estiraba cada centímetro de mi interior. Cuando estuvo totalmente dentro, me detuve. «Espera, no te muevas», le pedí, estirando el brazo para agarrar mi celular de la mesita de noche. «Quiero tomar una foto. Quiero un recuerdo de cómo me cogió el amigo de mi papá este día».

Encendí la cámara y, con dificultad, nos tomé una foto: mi cara de placer mirando hacia atrás, su cuerpo sudoroso detrás de mí, su verga metida en mi culo. La imagen era lo más morboso y excitante que había visto. «Ahora sí, Manuel, cógeme. Soy tu puta y quiero toda tu verga», le supliqué, guardando el teléfono.

Empezó a moverse, entrando y saliendo de mí con embestidas profundas y regulares. Sentía su verga venosa rozar ese punto dentro de mí que me volvía loca. Pensaba en la locura de la situación: ahí estaba, en cuatro, siendo cogida como una perra por un amigo de mi padre, un hombre mayor, mientras mi novio, joven y atlético, roncaba a pocos metros de distancia, completamente ajeno. Sonreí, una sonrisa torcida y llena de morbo, cuando pensé que él se lo estaba perdiendo todo y que Manuel, el zorro viejo, lo estaba aprovechando al máximo.

Yo movía mis caderas de atrás hacia adelante, marcándole el ritmo que me gustaba, el ritmo que me hacía llegar al borde. Manuel lo entendió al instante. En un momento dado, me dio una nalgada fuerte, seca, que resonó en la habitación y dejó una marca roja en mi piel. «¡Ay, qué rico!», grité, sin importarme el ruido.

«Eres una puta, Bianka, y así es como se trata a las putas», dijo, dándome otra nalgada, aún más fuerte.

«¡Sí, me gusta ser una puta! ¡Me encanta que los hombres me den su verga cuando yo quiero!», gemía, cada vez más cerca del clímax.

Siguió nalgueándome, y la mezcla de dolor y placer me hizo estallar en un orgasmo aún más intenso que el primero. Mi vagina se contrajo violentamente alrededor de su verga, apretándola como un puño, y eso fue lo que él necesitaba. Con un gruñido que parecía salir de lo más profundo de su vientre, empezó a eyacular dentro de mí, llenándome con chorros de semen caliente. Sentí cómo mi interior se inundaba, y fue entonces cuando, en un rapto de lucidez, el pánico me golpeó.

«Oye, espera… yo no estoy tomando nada, no uso nada para no quedar embarazada», dije, con la voz quebrada por el placer y el miedo.

Su respuesta fue fría y rápida. Me dio una cachetada en el culo, no juguetona, sino despectiva. «Eres una puta, Bianka. Las putas asumen las consecuencias». Y sin más, se sacó su verga, todavía goteando, se subió el pantalón de pijama y salió de mi habitación tan silenciosamente como había entrado, dejándome ahí, tirada en la cama, con las piernas temblando, el culo ardiente y mi interior lleno de su semen.

Pasaron los días en una agonía de espera. Tuve mi periodo normal, no me había embarazado. El alivio fue inmenso, pero la rabia por cómo se había portado al final, por esa cachetada y esas palabras, no se me quitaba. Aunque el polvo hubiera sido increíble, aunque me había hecho sentir viva como hacía tiempo no lo sentía, decidí que no volvería a acostarme con él. El viejo zorro tenía mañas, y una de ellas era no saber tratar a una puta después de usado sus servicios.

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