septiembre 22, 2025

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Espiando a mama

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Mi corazón latía con tanto fuerza que sentía que iba a salirse de mi pecho. Había subido las escaleras con un pretexto tonto, buscando un libro que sabía que no estaba allí, pero la verdadera razón era otra. El sonido del agua corriendo desde el baño de mis padres era un imán del que no podía escapar. La puerta no estaba del todo cerrada, un descuido que se convertiría en el principio de todo. Me acerqué con pies de plomo, conteniendo la respiración, y me aposté en el vano de la puerta, con la oscuridad del pasillo como mi única protección.

La vi de espaldas. El vapor llenaba la regadera, creando un aura a su alrededor. Su largo cabello, más negro que la noche, estaba completamente mojado y le llegaba hasta la mitad de la espalda, casi tocando unos glúteos redondos y firmes que se movían con suavidad mientras se enjabonaba. Mi vista se fijó en sus manos; con una esponja blanca, se las recorría toda, sin prisa, disfrutando del calor del agua. Pero entonces, bajó la mano. La vi deslizar la esponja lentamente por esa grieta profunda, limpiándose una y otra vez, con un movimiento que no parecía solo de higiene, sino casi de placer. Un estremecimiento me recorrió la espalda. Luego, giró la esponja hacia su entrepierna por delante, y durante unos segundos, sus dedos parecieron detenerse y hacer una leve presión circular justo en el lugar donde yo sabía que estaba su sexo. Me quedé paralizado, la sangre empezó a hervirme en las venas y noté cómo una erección instantánea e incontrolable empezaba a presionar contra mi pantalón.

Poco a poco, como en cámara lenta, se giró y quedó frente a mí. La esponja cayó y sus manos libres se elevaron para enjabonarse el pelo. Fue entonces cuando la vi completa, en todo su esplendor. Sus pechos eran exactamente como los había imaginado en mis fantasías más secretas: grandes, pesados, con una curva perfecta que terminaba en unos pezones oscuros, grandes y erectos, que parecían dos moras maduras listas para ser probadas. Mi mirada, hambrienta, descendió por su vientre hasta el triángulo negro que coronaba sus piernas. Una espesa mata de vello púbico, tan oscura como su cabello, cubría por completo su vulva, húmeda no solo por el agua, sino que brillaba con una humedad propia que me hizo tragar saliva. Podía ver, entre esos rizos oscuros, el contorno de sus labios mayores, hinchados y prometedores. De repente, con un movimiento sensual, apartó con la mano el cabello que le cubría el rostro. Sus ojos, esos ojos que siempre me habían calmado, se clavaron directamente en los míos. No hubo sorpresa, ni gritos. Solo una mirada intensa, profunda, que parecía durar una eternidad. Fue un segundo que contuvo un universo de mensajes que mi mente no podía descifrar.

El pánico me ganó. Bajé inmediatamente la mirada y salí corriendo escaleras abajo, sintiendo que el rostro me ardía. Me encerré en mi habitación, me tiré sobre la cama y me quedé esperando, con un miedo mezclado con una excitación que no se iba. Mi verga estaba dura como una roca y, sin poder evitarlo, me la saqué y empecé a jalármela con furia, imaginando sus pechos, su pelo, sus nalgas y ese monte de Venus tan tentador. Me vine rápidamente, con una explosión de placer culpable, justo cuando escuché sus pasos acercarse por el pasillo. Me limpié apresuradamente y me preparé para el regaño, para la mirada de decepción.

Rato después, me llamó. «¡Hijo, ven un momento!». Entré a su habitación temblando por dentro. La escena que encontré me dejó sin aliento. Estaba sentada en la mecedora, amamantando a mi hermana pequeña. La luz de la lámpara era tenue y cálida. «Pasa, pasa, siéntate», me dijo con una voz completamente normal, como si lo de hace media hora no hubiera pasado. Nos pusimos a charlar de la escuela, de mis amigos, como si nada. En eso, sacó a mi hermana de un pecho y, con toda la naturalidad del mundo, lo dejó al descubierto antes de que la bebé se prendiera del otro. Su pezón, húmedo y oscuro, estaba ahí, a metros de mí, y ella ni siquiera se cubrió. Hablaba y reía, y yo no podía dejar de mirar de reojo. Eso se repitió cada vez que amamantaba, especialmente cuando mi padre no estaba. Empezó a ser una rutina: ella, dándome el espectáculo más morboso y excitante sin decir una palabra, y yo, viéndola, con la verga dura, deseando que en cualquier momento me hiciera una seña, me invitara a tocar, a probar. Incluso, a veces, cuando jugaba en el piso de su cuarto, se recostaba en la cama y abría las piernas solo lo suficiente para que, desde mi ángulo, pudiera vislumbrar esa mata de pelo oscuro que escondía su concha, mientras me sonreía con una inocencia que sabía que era falsa. Era un juego peligroso, y yo era un participante más que dispuesto.

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