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Anónimo

septiembre 17, 2025

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Me deje dominar en un trío 🥵

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Hace más o menos un año y medio, me metí en una experiencia que cambió por completo mi forma de ver el sexo. Fue un trío con una pareja mayor: él de 37, ella de 39, y yo con mis casi 24 años recién cumplidos. Todo comenzó de manera casual; nos conocimos en un bar de moda, ligamos como cualquier otra noche, intercambiamos números y, después de unos días de mensajes calientes, concretamos la cita. Quedamos en un hotel, algo discreto pero con clase, donde nadie nos molestaría.

Llegué nerviosa pero excitada, con esa adrenalina que solo da hacer algo prohibido. Ellos ya estaban allí, esperándome con una botella de vino y miradas que me desnudaban al instante. Empezamos con besos suaves, caricias que exploraban mi cuerpo, pero pronto las cosas subieron de nivel. Él, con una voz grave y autoritaria, me dijo: «Hoy no mandas tú, ¿entendido?». Asentí, sintiendo cómo el calor me recorría el vientre. Ella, por su parte, me desabrochó el sostén y se llevó mis pezones a la boca, chupándolos con una fuerza que me hizo gemir.

Fue entonces cuando me solicitaron que me dejara atar las manos. Sin dudarlo, acepté. Usaron una corbata de seda negra, suave pero firme, y amarraron mis muñecas a los barrotes de la cama. Ese fue el punto de no retorno. Inmovilizada, vulnerable, me convertí en su juguete. Él se colocó detrás de mí y me penetró por detrás, sin previo aviso, llenándome con una verga gruesa que parecía no tener fin. Mientras, ella se arrodilló frente a mí y me obligó a abrir la boca, metiéndome sus dedos para después reemplazarlos con su lengua y luego con su sexo, que sabía a sal y a perfume caro.

Me usaron por turnos, a veces simultáneamente. Él me follaba con una intensidad bestial, gritándome «puta» y «sumisa» entre gemidos, mientras ella me azotaba las nalgas con una mano firme, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente. En un momento, me dieron la vuelta y me obligaron a arrodillarme para chupárselos a los dos al mismo tiempo. Alternaba entre la verga dura de él y el clítoris hinchado de ella, ahogándome en sus fluidos, sintiendo cómo me dominaban por completo.

La sumisión me encendía como nunca antes. Que ellos decidieran cómo, cuándo y dónde tocarme, usarme para su placer, me hizo llegar al orgasmo una y otra vez, hasta quedar temblando y exhausta. Cuando por fin me desataron, mis muñecas estaban enrojecidas y mi cuerpo estaba cubierto de moretones y marcas de dientes. Me miraron con satisfacción y me dijeron: «Eres una buena chica». Esa noche, entendí que mi lugar era este: ser sumisa, ser deseada, ser usada.

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