Por

Anónimo

agosto 29, 2025

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Escucho a mi madre

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Hola, les confieso algo que me tiene las noches al borde del morbo. En casa de mi mamá instalé una cámara de seguridad hace unos meses, con la excusa de que estaría más protegida cuando viajo por trabajo. La verdad es que ella no tiene ni idea de cómo funciona ni de que yo puedo acceder a la app desde mi teléfono en cualquier momento. Como ella solo va los fines de semana porque entre semana trabaja en otra ciudad, los sábados y domingos se convierte en mi entretenimiento personal.

Una noche, aburrido y curioso, abrí la aplicación solo para ver si todo estaba bien. Pero oh, sorpresa… en vez de silencio, escuché unos gemidos ahogados que poco a poco se volvieron gritos descontrolados. Era mi mamá, pero no la reconocía por la voz… sonaba como una puta en celo, suplicando que no pararan, que le dieran más duro.

Desde esa vez, me volví adicto. Cada fin de semana, espero con ansias que llegue la noche para conectar mis audífonos y escuchar todo. Su pareja, un tipo con una voz ronca que parece de lobo, la trata como a una perra en heat. Se oyen los golpes contra la cama, los jadeos y las nalgadas que le da mientras ella gime como si estuviera poseída.

Una vez, incluso, escuché algo que me dejó tieso… ella gritó: «¡Por ahí no! ¡Esa puerta no se usa!». Él le respondió con un gruñido: «Cállate y goza». Los quejidos de dolor inicial se transformaron en alarques de placer en segundos. Ella empezó a pedirle más, que no se la sacara, que la llenara por completo. El sonido de flesh contra flesh se volvió obsceno, húmedo, como si estuviera ahí mismo en el cuarto, viendo cómo le rompía el culo a mi propia madre.

Lo que más me excita es cómo ella pierde la compostura. Durante el día es una mujer seria, recatada, pero en esas noches se convierte en una adicta al sexo salvaje. He escuchado cómo le ruega que se corra dentro de ella, cómo insulta y llora de la intensidad.

A veces imagino su cara, sus piernas abiertas, sus uñas clavándose en la espalda de él… y no puedo evitar tocarme mientras escucho. Sé que está mal, pero la perversión es más fuerte. Cada gemido, cada golpe, cada orden que él le da me vuelve más cómplice de su secretos más íntimos. Y yo, desde la oscuridad de mi habitación, soy el espectador privilegiado de cómo mi madre se entrega como una auténtica zorra.

 

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