agosto 29, 2025

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Le mamé el guebo al novio de mi mejor amiga

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Maricas, les juro que esta anécdota me tiene todavía con la pepa mojadita de solo recordarla. Mi mejor amiga, llamémosla Valentina, es una loquilla sin límites, y su novio, digamos que se llama Gabriel, es igual de atrevido que ella. Los dos siempre andan con esos retos calientes que me tienen de testigo y, a veces, de participante sin querer queriendo.

Ese día íbamos en el carro de camino a su casa, escuchando reggaetón a todo volumen, cuando de repente Valentina suelta: «Gabo, si aguantas sin parártela hasta llegar a la casa, te pago la cena del sábado en ese sitio caro que te gusta». Él se rió, con esa seguridad de macho que cree que lo controla todo, y dijo: «Hecho». Acto seguido, Valentina me mira por el retrovisor con esa sonrisa pícara que me delata y me dice: «Cris, pásate al asiento de adelante y haz lo que te dé la gana con él. ¡A ver si aguanta!».

No lo pensé dos veces, marica. Me desabroché el cinturón y me lancé al asiento del copiloto como una leona hambrienta. Gabriel se quedó mirándome con los ojos como platos, pero no dijo nada, solo sonrió como si supiera que iba a perder.

El ambiente en el carro estaba caliente, literalmente. Se sentía la tensión sexual como si fuera una neblina espesa. Me acerqué a él y empecé por desabrocharle el cinturón y bajarle el cierre del pantalón. Él olía a esa colonia barata pero rica que usan los hombres que sudan como machos, mezclado con ese aroma a hombre recién salido del trabajo, un poco a cemento y a esfuerzo.

Cuando le bajé el boxer, ¡maricaaaa! Ahí estaba ese guebo grandote, semi erecto, pero prometiendo mucho. Era grueso, con unas venas que se marcaban como caminos en un mapa, y la cabeza bien rosadita, como una fresa madura. Me lo tomé con las dos manos y noté que ya estaba palpitando. Sin pensarlo, me lo llevé a la boca.

Sabía a sal, a piel limpia pero con ese dejo masculino que te vuelve loca. Empecé lento, chupándole solo la punta, jugando con la lengua en ese hoyito que lo vuelve a ellos locos. Él gemía bajito, tratando de aguantar, pero sentía cómo se le ponía más duro con cada lengüetada. Le metí profundidad, tragándomelo hasta que me llegaba a la garganta, sintiendo cómo me ahogaba un poco, pero eso me excitaba más.

Mis manos no paraban: una le masajeaba los huevos, que tenía grandes y apretaditos, y la otra se me fue a mi propia pepita, que ya estaba empapada. Valentina no dejaba de reír, diciéndole: «¿Ves, mi amor? Cris te va a hacer perder».

Y así fue. En menos de cinco minutos, él ya estaba gimiendo como un poseso, agarrando mi cabeza y empujándome hacia su guebo. «Me vengo, Cris, me vengo», dijo, y yo no me aparté. Sentí cómo palpitaba y soltaba toda su leche en mi boca, calientita y espesa. Me lo tragué todo, como la buena mamadora que soy.

Gabriel perdió el reto, obvio, y Valentina pagó la cena, pero yo quedé peor que él: picada. Ahora no paro de pensar en ese guebo grandote y en cómo me lo quiero montar hasta que me llene toda…

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