
Por
Anónimo
Tuve q comprar el contenido de mi novia
El aroma del café siempre me trae ese recuerdo amargo. Ella lo preparaba con ese cuidado meticuloso, unos meses atrás, justo antes de encerrarse en el estudio con él. Mi amigo. El que tiene la espalda ancha, los abdominales marcados y, en sus palabras, «un pito tan grande que duele solo de mirarlo». Somos una pareja abierta, sí. O eso me repito para no volverme loco.
Pero hay reglas. Reglas estúpidas. Ella podía grabarse con él, podía gemir para la cámara mientras ese monstruo se la empotraba, podía venir a casa con las piernas temblando y su semen aún escurriéndole. Pero yo no podía verlo. «Te va a hacer mal», decía, con esa voz dulce que ahora suena a mentira. Como si mi mente no fuera capaz de imaginar cosas mil veces peores.
La necesidad se volvió un hueso atorado en la garganta. Tenía que verlo. Tenía que ver cómo se la cogía. ¿Era masoquismo? Quizá. Pero necesitaba saber hasta dónde llegaba la entrega que a mí me negaba. Así que le robé el celular a mi amigo una noche que estaba borracho. Su dedo desbloqueó la pantalla sin resistencia.
En la tienda de contenido, su perfil era una puerta al infierno. Y la compra fue un clic. Un clic que sentí en las entrañas. Ella vio el nombre del comprador al instante. Mi nombre. La confrontación fue inevitable. «¿Fuiste tú?» Su voz no era dulce ahora. Era hielo.
Fingí demencia. Balbuceé sobre hackers, sobre errores del sistema, una sarta de mentiras tan transparentes como el vidrio. Ella no parpadeó. No me creyó una sola palabra. Su risa fue cortante, un sonido seco y despiadado. «¿En serio pensaste que no me daría cuenta?»
Ahora el silencio en nuestra casa es más denso que el humo del café quemado. Su enojo no es un grito; es un muro. Y yo estoy aquí, al otro lado, preguntándome si valió la pena. Ver cómo se la follaba con una rabia que a mí nunca me dirigió. Ver ese pito enorme enterrándose en ella, y los ojos de ella, que me miran a mí ahora con desprecio.
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