Por
Anónimo
Ardiente sesión de Yoga
El sol de las cinco entraba por los ventanales del estudio, dorando su piel mientras ella se arqueaba en Adho Mukha Svanasana. Su respiración era un mantra que resonaba entre las paredes pintadas de azul añil, pero yo no podía recitar ningún om con esa visión: el ajustado leggin negro se le convertía en segunda piel, delineando cada curva de ese trasero que desafiaba las leyes de la gravedad y mi paciencia de maestro.
«Mariana, corrige tu postura», murmuré acercándome, fingiendo interés profesional mientras mis dedos trazaban el aire a centímetros de sus caderas. «El peso debe distribuirse entre palmas y talones».
Ella alzó la mirada entre sus piernas abiertas, esos ojos color miel brillando con complicidad. «¿Así, profesor?», preguntó mientras empujaba el coxis hacia el techo, haciendo que el tejido de su top se estirara hasta revelar la sombra de sus pezones duros.
El sudor me corría por la espalda bajo la camiseta de lino. No era el calor de la tarde.
Los últimos alumnos salieron murmurando namastés, dejándonos solos en ese santuario de bambú y velas aromáticas. Ella se quedó tendida sobre su mat, fingiendo estirar los isquiotibiales mientras yo cerraba con llave la puerta principal. El clic del pestillo sonó como el primer verso de un poema prohibido.
«Quedaste tensa en la última vinyasa», mentí, arrodillándome detrás de ella. Mis manos encontraron sus pantorrillas, ascendiendo con excusa terapéutica. «Debo liberar tus fascias».
Su gemido al presionar sus músculos fue la confesión que necesitaba. Mis dedos subieron más allá de lo profesional, encontrando el calor oculto entre sus muslos. «Aquí guardas todo el estrés», susurré mientras el tejido de su leggin se humedecía bajo mis círculos lentos.
Ella giró como felina, derribando el agua termal que siempre dejaba preparada. El líquido se esparció sobre el mat violeta, mezclándose con nuestro sudor cuando la empujé contra el piso. «Esto no está en el manual de yoga», jadeó, arqueándose para morder mi labio inferior.
«Es Tantra avanzado», gruñí, desgarrando su top con un movimiento que hizo volar perlas de turquesa. Sus pechos eran poemas de carne que mis versos no podían describir: morenos, pesados, coronados por pezones que sabían a sal y canela cuando los chupé con devoción.
El scrunchie que sujetaba su coleta se rompió bajo mis dedos, liberando una cascada de rizos negros que olían a jazmín y deseo. «Debo evaluar tu flexibilidad», anuncié, volteándola como hoja al viento hasta ponerla en Ustrasana modificada: rodillas separadas, manos atrapadas en mis rizos mientras mi boca descendía por su abdomen hasta encontrar el elástico de sus bragas.
El tejido se deshizo como pétalo al monzón, revelando su sexo depilado, hinchado, brillante como fruta monstruosa. «Profesor…», gimió cuando mi lengua trazó el primer mandala en su clítoris. Sus dedos se enterraron en mis hombros mientras deletreaba versos en su piel con la punta húmeda: «Tu cuerpo es un altar donde rezo con la boca llena».
El crujido de la puerta principal nos paralizó.
«¿Quedó alguien adentro?», preguntó la voz de la recepcionista desde el pasillo.
Mariana me miró con ojos desorbitados, pero mis dedos continuaron su danza dentro de ella, ahogando sus gemidos en un beso profundo. «Silencio, shakti», respiré contra sus labios mientras con el pie libre empujaba un rodillo de espuma contra la puerta. El mensaje fue claro: ocupado.
Cuando los pasos se alejaron, ella me montó con furia de Kali, enterrándome en su calor húmedo. «Enséñame el Kama Sutra, maestro», retó, clavándose hasta el pubis en mi erección que parecía esculpida en mármol.
El mat se adhirió a su espalda cuando la volteé, penetrándola en Dhanurasana: su columna arqueada, mis manos en sus tobillos, cada embestida más profunda que la anterior. Los espejos nos multiplicaban: él y yo, el profesor y la alumna, los amantes que ya no podían fingir indiferencia.
«Voy a…», comenzó a gritar, pero mi palma selló su boca cuando el orgasmo la sacudió, haciendo temblar los cuencos de cobre colgados en las paredes. Yo la seguí con un gruño, llenándola hasta que el semen se mezcló con sus jugos, escurriendo sobre el mat como ofrenda.
Al separarnos, la esterilla violeta tenía grabada la silueta húmeda de nuestros cuerpos. «Esto no puede volver a pasar», murmuró ella, vistiéndose con dedos temblorosos.
Pero cuando pasó junto a mí, dejó caer su braguita destrozada en mi bolsillo. El mensaje era claro: clase privada mañana, misma hora.


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