Por
Anónimo
La empapo, me empapa… y siempre hay quien termina viendo todo
Ella es pura piel blanca, con ese culo redondo, firme y pesado que rebota cuando la azoto. La cintura se le hunde como si su cuerpo hubiera sido hecho solo para ser agarrado mientras se la meto. Sus tetas medianas llenan mis manos y esos pezones… duros como piedra, calientes como mi lengua. Siempre parados, siempre listos.
Entre las piernas tiene una panocha que es un vicio: jugosa, abierta, con un landing strip velludo que guía directo al infierno más rico. Y no hay forma de cogerla sin que chorree como una fuente rota. Se viene como si su cuerpo colapsara, y cuando empieza a mojar, no para. No es squirt… es maldita inundación. Por eso ya ni gastamos en sábanas normales. La impermeable es nuestra alfombra roja.
Anoche fue en el patio. Parada contra la pared, con las piernas abiertas y las manos bien plantadas. Yo detrás, enterrándola hasta donde mi verga gruesa y cabezona me lo permite. Se abría más cada que la clavaba, sus gemidos rebotaban por las paredes del edificio. Tenía los vellos de las axilas empapados de sudor, el culo rojo de tanto azote y la panochita chorreando hasta el piso.
Y sí… sabemos que los balcones no estaban tan vacíos. Que alguna luz se encendió justo cuando empezamos. Que tal vez alguien se tocó viendo cómo la hacía venirse una y otra vez.
Y eso… nos prende. Mucho. Tan solo mira más de cerca. Ya sabes dónde buscar.


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