Por
Anónimo
Un vistazo inesperado
Uno de mis alumnos me pidió ayuda para imprimir una tarea de otra mareria. Como buen profesor, accedí sin problemas. Le pedí que me enviara los archivos a la computadora, y mientras esperaba la transferencia, eché un vistazo rápido para asegurarme de que me estaba enviando los documentos correctos.
Fue entonces cuando lo ví.
Entre imágenes de apuntes y documentos, apareció una foto que no tenía nada que ver con la tarea, eran varias fotos de unos senos muy hermosos, grandes, redondos. Mi reacción inicial fue de sorpresa. Miré de reojo a mi alumno, quien parecía completamente ajeno a mi descubrimiento.
Traté de hacerme el desentendido, pero la duda me carcomía. ¿Cómo había llegado esa foto ahí? Y entonces, como si nada, mi alumno comentó casualmente: “Ah, es que este celular no es mío, es de una amiga, me lo prestó porque me quedé sin batería.”
Mi estómago se hizo un nudo. El nombre de su amiga me sonaba familiar. Demasiado.
No tardé en confirmar mis sospechas: era una de mis alumnas. De pronto, todo en el aula adquirió un matiz diferente. La veía entrar con su actitud de siempre, sonriente y relajada, sin imaginar que yo había visto algo tan personal suyo. Intenté mantenerme profesional, concentrarme en mi trabajo, pero mi mente traicionera se empeñaba en traerme de vuelta aquel recuerdo involuntario.
Cada interacción con ella se ha vuelto un reto. Escuchar su voz, verla escribir, incluso corregirle algún detalle en clase, todo venía acompañado de una imagen que no pedí pero que se instaló sin permiso en mi memoria.
No sé si algún día podré verla con los mismos ojos de antes, pero de algo estoy seguro: hay cosas que es mejor no descubrir por accidente.


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