Por

Anónimo

marzo 10, 2016

3385 Vistas

marzo 10, 2016

3385 Vistas

La experiencia de Cindy

0
(0)

La experiencia de Cindy

 

Esto que voy a contar comenzó hace cuatro años. Entonces descubrí un mundo nuevo, pero también he asumido y aceptado desde el principio que un día pudiera terminar; fue una etapa de mi vida que ha culminado y durante la cual he descubierto mi sexualidad, mi despertar como mujer y también he descubierto la sexualidad masculina, de la que desconocía casi todo, las exploramos juntos y debo decir que durante ese tiempo fui inmensamente feliz.

Yo vivo con mis padres, soy hija única, aunque mi primo Carlos es como un hermano; vive con nosotros desde que yo tenía dos años y él nueve; sus padres murieron en accidente y mi madre, hermana de la suya, y mi padre lo acogieron como a un hijo. Carlos se fue a Madrid hace año y medio, un hermano de su padre con el que tenía a medias una empresa abrió una delegación en Madrid y Carlos la dirige. Desde hace dos meses vive con su novia.

Todo empezó cuando yo acababa de cumplir dieciocho años; mi cuerpo estaba totalmente formado, 1,75 de estatura y, sinceramente, creo que tengo un cuerpo y una cara agraciados. Mi única obsesión eran los pechos, se me antojaban algo pequeños, sobre todo al compararlos con los de algunas de mis amigas. Debo decir que Carlos tiene un tipazo y es muy guapo, a mis amigas se les cae la baba y suspiran por él; yo también lo encuentro apuesto y en alguna ocasión he tenido fantasías o sueños donde él estaba presente, aunque nunca consideré que entre los dos podiera haber algo más que el cariño de hermanos.

Era sábado y estábamos en casa Carlos y yo solos, pues mis padres se fueron a Salamanca (nosotros vivimos en Valladolid) el viernes por la tarde a visitar a la hermana menor de mi padre que había tenido un hijo unos días antes y pasarían allí todo el fin de semana. Acostumbrada a madrugar, ese día me levanté también temprano; convencida de que Carlos dormía como un tronco, me fui al cuarto de baño, con la intención de darme una ducha y después abordar un trabajo de clase que tenía pendiente. Me quité las bragas y antes de quitar el diminuto camisón me bajé los tirantes y me entretuve contemplando los pechos en el espejo; era algo que hacía con frecuencia, me los miraba con la esperanza de que hubiesen crecido un poco desde la última vez; ese día además había cogido una revista “Interviú” de las que mi primo solía comprar y trataba de hacer comparaciones entre el tamaño y la forma de mis pechos con los que exhibían las chicas de la revista. Estaba en esas contemplaciones y en un momento dado me volví, porque me pareció escuchar un leve ruido: nada más volver la cabeza me quedé de piedra, la puerta estaba entreabierta y pude ver que unos ojos ansiosos me espiaban a través de la pequeña abertura; se me escapó un grito y como en un acto reflejo me cubrí los pechos con ambas manos; la acción fue tan rápida que no asocié a Carlos con aquellos ojos desmesuradamente abiertos y no sé muy bien qué se me pasó por la cabeza.

–¡Eh! Soy yo, tranquila, dijo él.

Acto seguido avanzó hacia mí y me abrazó por detrás, cruzando sus brazos a la altura de mi cintura y con la cabeza pegada a la mía por encima del hombro.

–Me has dado un susto de muerte, le dije.

–¡Tranquila!, repitió. Es que iba a entrar, pero te vi tan enfrascada que me fui al otro servicio. Ahora comprobaba si aún seguías contemplando tu hermoso cuerpo –presionó un poco más y comenzó a restregar su cara contra la mía –. Ni que hubieras visto un fantasma.

–Has debido pasar de puntillas, porque no oí nada y me pilló por sorpresa verte ahí plantado. Soy una tonta, estoy obsesionada con que mis pechos son demasiado pequeños y a veces me paro a observarlos, sólo para comprobar que non han crecido ni un milímetro desde la última vez que los miré.

–A mí me parece que los tienes preciosos y del tamaño reglamentario.

–¿Y cuál es el tamaño reglamentario?, pregunté tontamente. Para entonces ya comenzaba a sentir una presión extraña y sumamente agradable sobre mi trasero, experimentaba una sensación de gozo y deseaba que aquel hechizo se prolongase indefinidamente.

–El tamaño de reglamento es que un pecho llene la mano, no hace falta más.

Situó la mano derecha semiabierta delante de mi cara y luego la mantuvo a la altura de mis pechos, casi rozando las mías que seguían aún intentando ocultarlos.

–Si apartas tu mano podemos comprobar si alcanzan o no el tamaño reglamentario.

Inconscientemente dejé caer mi mano, y su lugar fue inmediatamente ocupado por la suya. El contacto me hizo estremecer ligeramente y él lo notó. La presión sobre mi trasero aumentó, sentí que los pezones se me ponían duros, la sensación de gozo me recorría ya todo el cuerpo y pronto noté que se me humedecía la entrepierna.

–Creo que son los pechos más hermosos que he visto nunca, susurraba Carlos en mi oído.

Con mucha delicadeza fue subiendo su otra mano para desplazar la mía, que mantenía aún sobre el pecho izquierdo, hasta ocupar su lugar. Luego comenzó a chuparme el lóbulo de la oreja y a pellizcarme suavemente los pezones, como en un delicioso juego en el que yo estaba a punto de perder el sentido, tal era el placer que recorría todo mi cuerpo. En algún momento de lucidez quizá me paré a considerar si lo que hacíamos estaba bien, pero la siguiente caricia volvía a embotar mis sentidos y ya sólo deseaba que aquello continuase, que fuese a más, hasta satisfacer por completo el ardiente deseo que me embargaba. En un momento dado Carlos se bajó el calzoncillo; mi camisón, que era sumamente corto, estaba ahora recogido alrededor de la cintura. Su pene, que yo sentía como un hierro candente, se restregaba contra la parte posterior de mis muslos; él estaba semiencorvado, me besaba en el cuello, susurraba en mi oído palabras que apenas entendía, continuaba manoseando mis pechos deliciosamente con una sola mano y fue bajando la otra hasta alcanzar el vello púbico; comenzó a recorrerlo en círculo, rodeándolo. Yo sólo deseaba sentir el contacto de sus dedos en mi sexo, que para entonces era ya una fuente de placenteros humores, pero él parecía resistirse a entrar, prolongando mi deseo. Estaba al límite, ya no podía más; me incliné hacia delante para provocar que su pene se acercara a los labios ansiosos de mi rajita, pero él presionó un poco para mantenerme en posición erguida al tiempo que sus dedos, suaves y expertos, se decidían por fin a iniciar la exploración.

–Estás empapada, mi amor, susurró. Tu cuerpo es un mar de deleites, decía mientras su dedo corazón parecía dibujar círculos en el interior de mi vulva y con el índice y el pulgar me masajeaba el clítoris. Aquello fue la locura, se me escapó un grito que rebotó en todas las paredes, el orgasmo fue tan intenso que sentía que se me vaciaba el cuerpo, como si el inmenso placer saliera por todos mis poros; nunca había sentido nada que se le pareciese en mis prácticas solitarias.

Carlos me abrazó fuerte para impedir que me cayera, las piernas apenas me mantenían en pie, y continuó besándome en el cuello, en la oreja, sin dejar de acariciar mis pechos; su pene continuaba presionando en mis muslos y rozando el esfínter de vez en cuando; me sentía desfallecer y me incliné para apoyarme en el borde de la bañera (ahora no me lo impidió), separé ligeramente las piernas y ello permitió que la punta del pene se situase en el epicentro de mis anhelos.

–Tranquila, no voy a hacerte daño, susrraba.

Comenzó a restregar la punta del pene por mi rajita, a recorrerla arriba y abajo, introducía un poco, lo sacaba y repetía, luego comenzó a jugar con el clítoris y yo tuve otro orgasmo bestial. Estaba descubriendo que las caricias en los pezones y en el clítoris me volvían loca.

–Te gusta, mi amor, decía él muy bajito. Estoy a punto de correrme, pero quiero aguantar un poco más.

Se mantuvo quieto un instante. Yo deseaba que se corriera allí mismo, en la embocadura de mi coño, o que me metiera el pene hasta el fondo aunque me desgarrara y se corriera en mis entrañas. Continuó con aquellos juegos de mete-saca, saca-mete, cada vez un poco más; al llegar al himen notó la natural resistencia y se detuvo otro instante, luego reinició los movimientos, pero sin entrar más, y poco a poco aceleró el ritmo. Mis orgasmos eran ya continuados. Entre jadeos le decía: sigue, sigue, quiero sentirlo todo, y en aquel instante se salió y yo sentí como los chorros de esperma se estrellaban contra mi ano y mis nalgas y resbalaban lentamente muslos abajo. Aquella sensación fue indescriptible, la suya fue una corrida descomunal y la mía fue mayor aún, el orgasmo más placentero que jamás había soñado.

–Por poco me corro dentro, dijo Carlos entre jadeos.

–No me hubiera importado, dije yo. Tenía casi la seguriadad de que no estaba en periodo fértil.

–En ese caso podemos repetir, dijo él mientras tiraba del camisón dejándome completamente desnuda.

Lo cierto es que no sentí ningún pudor. Nos miramos en silencio, como si sobraran todas las explicaciones.

–Vamos a ducharnos, dijo.

Abrió el agua, reguló la temperatura y luego tiró de mi mano para que entrase con él. Me mojó y luego me enjabonó lentamente y con suma delicadeza; comenzó por el cuello con ligeros masajes, bajó hasta los pechos, donde se entretuvo un rato que yo deseé que no acabara nunca, los recorría arriba y abajo, jugueteaba con los pezones enrojecidos y duros, abultados. Fue bajando lentamente, me enjabonó el vello púbico y continuó bajando por los muslos hasta los pies, a los que aplicó ligeros masajes antes de comenzar a subir. Las deliciosas caricias en los muslos me gustaban, pero mi deseo era que aquellos dedos llegaran cuanto antes a la entrepierna. Carlos pareció leer mi pensamiento, sus dedos comenzaron a jugar con los labios externos, a introducirse un poquito; yo deseaba más, estaba a punto de correrme de nuevo y él no avanzaba, al contrario, se incorporó un poco y otra vez comenzó a jugar con mis pezones, aquello me encantaba, aunque ansiaba sentir ya la plenitud de otro orgasmo. Se agachó sin dejar de acariciarme y comenzó a recorrer mis muslos con la lengua; aquellos lameteos me fascinaban. Apoyé una mano en la mampara y la otra contra la pared, estaba a punto de desfallecer; su lengua continuaba serpenteando cada vez más cerca de mi coño; creí que no podía resistirlo por más tiempo, abrí las piernas cuanto pude y pronto sentí como su lengua de fuego se introducía en mi vagina, explorando las profundidades, lameteando el clítoris y chupándolo, llevándome al séptimo cielo; el orgasmo fue inminente, descomunal; estuve a punto de caer y Carlos me sujetó por las caderas.

–Salgamos, dijo al tiempo de incorporarse.

Tomó la toalla, se secó él primero y luego me secó a mí. Me tomó de la mano y me guió hasta mi habitación. Yo estaba como atontada, como si el placer que había sentido y el que presentía que aún me iba a hacer sentir me impidiera pensar en otra cosa. Nos quedamos de pie un rato, él frente a mí, mirándome fijamente a los ojos y sin pronunciar una palabra, ¿qué necesidad había de decir nada ni de hurgar en los rincones de nuestras conciencias?

–Eres preciosa, dijo al cabo y lentamente fue acercando su boca a la mía.

Me estrechó con sus fuertes brazos y nuestras bocas se unieron. Antes me había besado con un compañero de clase, pero aquellos besos nada tenían que ver con la sensación que ahora estaba experimentando. Carlos jugaba a mordisquearme los labios, abarcarlos con los suyos; la punta de su lengua rozaba la punta de la mía y poco a poco la fue introduciendo en mi boca como queriendo explorar cada rincón; sus manos recorrían incansablemente la parte posterior de mis muslos, mojaba un dedo en las humedades de mi entrepierna y luego me masajeaba el esfínter, introduciéndolo sólo un poquito. Mi cuerpo era un río de fuego y mis sentidos eran incapaces de asimilar tantas sensaciones: la lengua de Carlos llegaba a todos los rincones de mi boca, su dedo en el esfínter, el pene presionando contra mi anhelante sexo, que ansiaba engullirlo por completo, y mis pezones erectos rozando los suyos y la piel de su pecho. Sentí que las piernas me flojeaban y musité:

–Deja que me siente, voy a caerme.

–Yo te sujeto, mi amor, dijo él.

Me sujetó por la parte superior de los brazos y me ayudó a sentarme en el borde de la cama. Al tiempo de hacerlo su boca se pegó como una lapa a mi seno izquierdo, lo recorrió, se pasó al derecho, encerraba el pezón entre sus labios y con la punta de la lengua me hacía ver las estrellas. Presionó ligeramente en mis hombros para que me tumbara en la cama; él se situó entre mis piernas, estaba agachado o arrodillado, pasó los brazos por debajo de mis muslos y me arrastró justo hasta el borde, luego tomó un cojín y me lo colocó bajo las nalgas, con lo que mi sexo quedaba ahora algo levantado, completamente a su merced. Comenzó a besarme los muslos a la altura de las rodillas, saboreando cada poro y fue subiendo lentamente, pasando de un muslo al otro. Era delicioso sentir el contacto de sus labios en mi piel y su lengua correteando incansable, electrizándome la sangre. Yo levantaba la ingle en un intento de que llegase cuanto antes a la entrepierna; mi deseo se hizo esperar poco.

–¿Te gusta, mi amor?, preguntó después de mordisquear los labios exteriores.

–No puedo más, alcancé a decir.

–Voy a comer y a beber en este pozo de las delicias hasta llenarme la boca, hasta saciarme de ti, dijo él.

Seguidamente su lengua se hundió lameteando las paredes de mi sexo en derredor y sus labios se pegaron como lapas; me chupaba el clítoris y volvía a meter la lengua cuan larga era; yo presionaba en su cabeza con ambas manos, intentando en vano que llegase más al fondo. Comencé a descomponerme, era incapaz de ahogar los gritos desesperados que ascendían por mi garganta, aunque lo intentaba, porque tenía la sensación de que eran audibles desde los otros pisos. Carlos jadeaba, se detenía un instante, pienso que para poder respirar a fondo, pero yo apenas se lo permitía, mis ingles comenzaban entonces a moverse mientras presionaba en su cabeza, el éxtasis me envolvía, me impelía, estaba a punto de perder el sentido y no podía detenerme. Ciertamente tenía la sensación de que la boca de Carlos se estaba llenando con los jugos de mi orgasmo. El éxtasis abarcaba todo mi cuerpo y no podía controlar las emociones; llegó un momento en que se superponían los deseos, una parte de mí ansiaba más, sumergirse en aquel mar de placer que parecía no tener fondo, y otra parte de mi ser deseaba detenerse en ese punto, como si ya no fuera capaz de asimilar o de soportar el río de sensaciones que me recorría el cuerpo.

–No puedo más, acerté a decir. Si no paras voy a perder el sentido.

Carlos refrenó el ritmo, luego sacó la lengua y estuvo un rato besándome los muslos y los alrededores del vello púbico; después ascendió lentamente, besando cada centímetro de mi piel hasta los pechos, el cuello y al fin un dulce beso en los labios; a continuación me miró a los ojos sonriendo y se acostó a mi lado, abrazándome. De pronto se incorporó y me miró de nuevo a los ojos; yo sonreía como embobada. A continuación tomó mis manos y tiró para que me incorporase; accedí un tanto contrariada, porque nada me parecía más delicioso que permanecer allí tumbada sintiendo el contacto de su cuerpo.

Me senté al borde de la cama mientras Carlos permanecía agachado delante de mí, entre mis piernas, y mirándome con una dulzura inmensa. Me besó las manos, luego los muslos y comenzó a incorporarse con parsimonia, con los ojos clavados en los míos. Se detuvo cuando su miembro erecto estaba frente a mis pechos; bajé la vista y lo contemplé un momento, me pareció enorme; lo tenía allí, al alcance de la mano en toda su erección, anhelante, viendo como le salía una especie de baba, pero no sé por qué no me atrevía a cogerlo, en aquel instante pensé que estaba siendo muy egoísta.

Lo cogió él con la mano derecha y lo mantuvo de tal forma que la punta quedaba justo encima de mi pezón izquierdo, podía sentir sus palpitaciones, creo que mis pezones se endurecieron como piedras. De pronto una gota de aquel líquido casi transparente se derramó sobre mi pezón; fue como recibir un latigazo en la sangre, y sin darme tiempo a que me recuperara de la impresión comenzó a restregar la punta, primero contorneando el seno y luego el pezón, deslizándose con extremada suavidad; así estuvo un rato, pasando de un pezón al otro, la sensación era tan placentera que oía mis propios jadeos resonando en las paredes. Cerré los ojos y concentré mis sentidos en la punta de aquel capullo que estaba inundando mi cuerpo de sensaciones nuevas. De repente se interrumpieron las deliciosas caricias; abrí los ojos y pude observar a unos diez centímetros de mi cara el miembro palpitante que como una fuente perezosa continuaba babeando aquel líquido que me tenía fascinada. Una gota estaba a punto de desprenderse y situé mi mano debajo, luego la deslicé hacia atrás suavemente y a Carlos le salió un profundo suspiro.

–¿Te vas a correr?, pregunté inocentemente.

–Estoy a punto, mi amor, no tendrás que esforzarte para hacerme correr.

–¿Y qué hago?, pregunté de nuevo, no sabía si él aprobaría lo que se me estaba pasando por la mente.

–Es todo tuyo, puedes hacer lo que quieras, con la mano, con la boca, con…

Creo que adivinó mis preferencias, porque poco a poco fue aproximándolo a mis labios. Me embargaba una emoción desconocida, una mezcla de ansiedad y temor no sabía de qué. Tímidamente acerque los labios y pronto sentí la humedad pegajosa extendiéndose por ellos; Carlos presionó levemente para que entrara un poco, lo cual me obligó a abrir los labios que abrazaron el glande mientras con la punta de la lengua percibía un extraño sabor que me iba gustando más a medida que inundaba el paladar. Carlos comenzó a jadear; levanté la vista y vi su cara descompuesta; yo me descompuse también, el comprobar que le estaba proporcionando placer espoleó mi lívido hasta límites insospechados; comencé a chupar con frenesí mientras la lengua circunvalaba el glande; Carlos ayudaba con leves movimientos, sosteniendo con una mano mi cabeza mientras con la otra me acariciaba los pechos.

-Voy a correrme, dijo al poco rato.

Me aparté para decirle que yo estaba a punto de correrme también y que no importaba, que podía hacerlo en mi boca, pero cuando le miré cambié de opinión instintivamente y le dije: córrete dentro de mí. Quizá pasó por mi mente el recuerdo de los chorretones contra el ano y las nalgas y quería sentirlos en mi interior.

Me miró un instante con cara de felicidad y luego presionó en mis hombros para acostarme y me ayudó a colocarme en el centro de la cama, en el sentido alargado. Se puso a caballo sobre mí y me paseó por la tripa aquel falo llameante que me encendía la sangre; se arrastró hacia atrás, se colocó entre mis piernas y al instante sentí la punta rozando mi sexo; lo recibí con un estremecimiento placentero y comencé a jadear anhelante. Carlos no se detuvo en preámbulos, la lubricación era abundante y aquella cosa entraba con suma facilidad. Comenzó con movimientos lentos adelante y atrás, en círculo, luego entraba un poco, yo levantaba las ingles pidiendo más, sentía un placer intenso, me estaba corriendo de nuevo, mi sexo era una fuente, nunca había pensado que sería capaz de sentir tantos orgasmos seguidos. Llegó al himen y pareció dudar, retrocedió un poco, pero yo me colgué de su cintura y casi le obligué a que me penetrara hasta el fondo. Sentí como un pinchazo seguido de un ligero escozor, aunque el placer que estaba sintiendo lo disimulaba completamente.

–Córrete conmigo, grité.

Creo que ya no podía soportar por más tiempo el inmenso placer que me estaba proporcionando, me temblaba todo el cuerpo, estaba a punto de perder el conocimiento. Carlos no se hizo esperar, sentí las descargas calientes de su semen como lenguas de fuego a la vez que experimentaba un orgasmo tan placentero como jamás soñé que podría sentirse, un éxtasis total, aunque creo que sólo fui consciente al principio justo en el momento que Carlos se corría, después estaba como flotando en una nube.

Carlos se puso de lado, sin salirse y me abrazó fuertemente, llenándome de besos todo lo que alcanzaban sus labios. Aquella cosa que yo tenía dentro perdió tensión, pero apenas disminuía de tamaño. Vagamente pensé que no me importaría quedarme así para siempre.

Al fin deshicimos el abrazo.

–Tendremos que ducharnos y desayunar, ¿te parece?

Asentí sonriendo. Cuando nos levantamos había una pequeña mancha de sangre en la sábana.

–¿Te ha dolido?, me preguntó.

–Sólo sentí un ligero escozor que aún persiste, nada grave.

–Pasará pronto, dijo él al tiempo de darme un beso. Habrá que lavar la sábana.

A partir de ese día ya no pudimos separarnos, nos buscábamos para besarnos a escondidas en cualquier rincón, esperando que llegase el sábado, que era nuestro día. Mis padres solían salir a eso de las siete de la tarde con otros matrimonios, al cine, a pasear y luego a cenar; raras veces regresaban antes de medianoche, con lo cual disponíamos de varias horas para saciar nuestro apetito.

Algunas veces no podíamos esperar al sábado. Yo me levantaba y duchaba antes de hacerlo Carlos; normalmente cuando yo salía de la ducha él estaba desayunando; me sentaba a la mesa, frente a él y cuando me miraba con ojos suplicantes, encendidos de pasión, yo asentía moviendo la cabeza, sólo de mirarle se me humedecía la entrepierna. Apuraba el desayuno y se iba raudo a la ducha; yo me demoraba, dando tiempo a que terminara; entonces me acercaba a la puerta y gritaba “sal rápido, necesito peinarme”. “Puedes entrar”, decía él levantando la voz al cabo de unos segundos. Sabía perfectamente con lo que me iba a encontrar y a pesar de ello era presa de una gran emoción, un estremecimiento como si una descarga eléctrica me recorriera la espina dorsal. Carlos aguardaba desnudo con aquel mástil tensado, apuntando hacia mí; primero hacía un examen visual, recreándome en todo su cuerpo (Carlos tenía un cuerpo hermoso), aunque en cada parpadeo la vista se me iba al pene que parecía mirarme suplicante; lo asía con ambas manos y, mientras con una masajeaba el glande, con la otra acariciaba los testículos, al mismo tiempo que recorría su pecho con mis labios, aplicándome especialmente a las tetillas. Carlos comenzaba a jadear y el pene babeaba abundantemente; entonces me agachaba y lo introducía en la boca, chupándolo como si fuera de caramelo. Carlos se retorcía y luchaba para ahogar los placenteros quejidos. Mis labios avanzaban centímetro a centímetro hasta engullirlo por completo, la babilla me empapaba la lengua y el paladar se inundaba de aquel sabor tan característico que me gustaba más cuanto más lo saboreaba. Sabiendo que el tiempo apremiaba, Carlos me sujetaba la cabeza con ambas manos y comenzaba a moverse casi con desesperación, como si me follara la boca; yo me aplicaba también con la lengua y los labios, esperando el premio que no tardaba en llegar, sus corridas eran inmensas, se me llenaba la boca y tenía la sensación de que no iba a ser capaz de tragar todo aquel sabrosísimo líquido. Luego él se lavaba el pene sobre el lavabo, yo me arreglaba el pelo, me enjuagaba la boca y salía con las bragas mojadas y el cuerpo ardiendo, pero feliz por haberle hecho disfrutar y segura de que el sábado tendría mi recompensa.

Antes he dicho que había asumido y aceptado que lo nuestro hubiera terminado, pero no es cierto, desde que Carlos vive con su novia estoy muerta de celos y no puedo dejar de pensar en él. Sé que el problema son mis padres, él se siente como si los hubiera traicionado, y hace lo que hace, aunque sufra por ello, quizá esperando que yo olvide lo pasado.

Ayer hablamos por teléfono, me dijo que ha discutido con su novia, y ella se ha ido a casa de sus padres.

–Procura que no vuelva, le dije. Yo hablaré con mis padres. El próximo curso me tienes ahí contigo. Ven el sábado.

Cindy

 

 

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

2 respuestas

  1. nindery

    Estоу complеtаmеntе dеsnudo. ¿Quierе ver una imаgen? – http://analsex4.fun

  2. helenx

    Stop jerk off. I know a site where thousands of single girls are waiting to be fucked. Look at them: http://xnice.fun/rt

Deja un comentario

También te puede interesar

no se como paso pero paso

anonimo

30/12/2013

no se como paso pero paso

Follada por mi hermano

anonimo

06/04/2018

Follada por mi hermano

Mi madre y yo somos amantes

anonimo

09/08/2017

Mi madre y yo somos amantes
Scroll al inicio