Mama y yo
La calor era insoportable esa noche, pegajosa y quieta. Mamá, con esa remera escotada que parecía pintada sobre su piel, era un espectáculo que me tenía al borde del delirio. Se podía ver con total claridad su corpiño color negro, de encaje, y cómo las copas moldeaban unas tetas que siempre fueron mi obsesión secreta. De repente, con la frente brillante de sudor, me dijo que se moría de calor. Agarró el recipiente de plástico lleno de hielo para enfriar las botellas y, sin pensarlo dos veces, se vació buena parte del agua fría sobre la cabeza. El líquido se deslizó en cascada por su cuello, empapando la remera hasta hacerla transparente sobre sus pechos. La tela blanca se le pegó al cuerpo como una segunda piel, dejando ver con obsceno detalle sus pezones oscuros y enormes, que se pusieron duros como piedras al contacto con el frío. Ella se reía, sacudiendo el cabello mojado, sin tener la menor idea de que cada movimiento de sus tetas era una tortura y un paraíso para mí.
La situación se volvió un juego peligroso. Yo, con una erección que me dolía dentro del pantalón corto, le tiré agua también, apuntando directamente a su escote. Ella respondió riendo, y durante unos minutos fue una batalla campal donde el objetivo único era mojarle los pechos, ver cómo la tela se adhería aún más a esos pezones que se resistían a pasar desapercibidos. De pronto, la risa se le quebró y comenzó a llorar. Así era ella, un torbellino de emociones, especialmente cuando había bebido. Entre lágrimas y risas nerviosas, me abrazó con fuerza, y en un movimiento que me dejó sin aliento, apretó mi cabeza contra su pecho empapado. Mi cara quedó enterrada entre sus tetas húmedas, oliendo a su sudor, a su perfume barato y a ese aroma a mujer que me volvía loco. Podía sentir la textura de sus pezones duros rozándome la cara a través de la tela mojada. Fueron solo unos segundos, pero me bastaron para quedarme temblando.
Luego, tambaleándose, dijo que iría a dormir. Al intentar pararse, casi se cae, y yo, que tampoco estaba muy firme por el alcohol y la excitación, la ayudé como pude. La llevé a rastras hasta su habitación, con su cuerpo pegado al mío, sintiendo la curva de su culo contra mi pierna. La acosté sobre la cama y me quedé mirándola, sin poder apartar la vista. Con la excusa de ponerla cómoda, le quité los zapatos. Sus pies olían a sandalias y calor, otro detalle que se me quedó grabado. Entonces, con la voz pastosa, me pidió que le sacara el pantalón. Mis manos sudorosas temblaban cuando desabroché el botón y bajé el cierre. Al tirar de la tela, debajo apareció una bombacha negra diminuta, de esas que son más hilo que tela. La tela oscura contrastaba con su piel pálida y dejaba ver, a los lados, los vellos pubianos oscuros y enmarañados que se escapaban por los costados. Aquella visión me calentó la sangre de una manera brutal.
Ya no podía parar. Le pregunté si quería que le sacara la remera también y, con los ojos cerrados, asintió. Al subir la remera mojada, ella llevó sus manos a la espalda para desabrocharse el corpiño, pero sus dedos torpes no acertaban. Frustrada, con un gruñido, se lo arrancó por delante, con una fuerza que no sabía que tenía. Y ahí quedaron, libres y magníficas, sus tetas. Eran exactamente como las recordaba de las veces que las había espiado, pero esta vez era real: grandes, pesadas, con unas aureolas inmensas y oscuras, y unos pezones largos y erectos que parecían apuntarme directamente a mí. La acomodé mejor en la cama, con una almohada bajo su cabeza, y cuando hice ademán de irme a mi habitación, me agarró del brazo. «Sacame la bombacha también, nene. No puedo dormir con nada», murmuró.
Al doblarme sobre ella, el olor a su sexo, intenso y almizclado, me golpeó la nariz. Era un aroma animal, a concha sudada y caliente, que invadió la habitación. Al deslizar la bombacha negra por sus piernas, quedó expuesta por completo: un monte de vello pubiano espeso y rebelde, una selva oscura que escondía sus labios. Me senté al borde de la cama, hipnotizado. Entonces, me pidió que me acercara para darme un beso de buenas noches. Al inclinarme, sus labios encontraron los míos. No fue un pico, fue un beso húmedo, lento, con lengua. Su sabor a alcohol y a mujer me enloqueció. En un segundo, sus manos me empujaron y caí sobre ella, con mi cuerpo encima del suyo. Yo aún tenía la remera puesta, pero mi verga, dura como un mármol, había salido por el hueco de la bragueta de mi pantalón corto y se apretaba contra su muslo desnudo. Trataba de alejarme, de recapacitar, pero el mareo del alcohol y el deseo puro y prohibido me tenían completamente entregado a aquella locura. Sus piernas se abrieron un poco más, y su mano bajó hasta agarrar mi verga, guiándola hacia donde el calor era más intenso.



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