Visita muy provechosa Publicado por anónimo el 07/05/2019 en Interracial

"La visita inesperada del joven vendedor le sirvió para vivir aquella mañana una de sus mejores experiencias siendo amada y maltratada por todos y cada uno de sus satisfechos agujeros…"

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Aquella mañana me había levantado tarde, poco antes de que el aburrido de mi marido abandonara la casa camino de la oficina para empezar una nueva semana. Como todos los días me preparé en la cocina mi habitual desayuno de leche y cereales y, una vez listo, me dirigí al salón apalancándome tan pronto como pude en el sofá después de encender la tele. Aún no me había duchado pues siempre suelo hacerlo tras desayunar y tan solo cubría mi cuerpo el corto camisón azul celeste que me llegaba a mitad de muslo tapando solamente lo estrictamente necesario. La noche anterior me dormí tarde tal como suelo hacer los domingos por la noche aprovechando para ver un rato la película después de cenar.

Así pues me encontraba cansadísima y sin ninguna gana de hacer nada de manera que, apoyando la cabeza en el enorme cojín que descansaba sobre el brazo del sofá, cerré los ojos empezando a dormitar con el suave runrún de la tele de fondo. No sabría decir cuánto tiempo llevaba medio adormecida, cuando escuché el timbre de la puerta sonar dos veces desde el fondo del pasillo. Incorporándome con cierto fastidio miré el reloj de pulsera viendo que marcaba las diez y media de la mañana y, descalza como iba, crucé el pasillo hasta llegar al recibidor. Normalmente suelo mirar quien llama antes de abrir pero al oír el sonido del timbre dos veces como solía hacer Maribel, la vecina del piso de arriba con la que me suelo pasar las horas perdidas marujeando sin cesar, pues abrí sin más espera.

Como digo abrí la puerta con decisión imaginando que sería Maribel, pero la sorpresa que me llevé fue mayúscula al encontrarme cara a cara con un joven muchacho más negro que una noche sin luna ni estrellas, de amplia sonrisa y al que no eché más de veintidós o veintitrés años. Vestía de manera juvenil con un polo verde, unos vaqueros desgastados y unas zapatillas de deporte, todo ello muy en consonancia con el tiempo primaveral que acompañaba aquella mañana. Sin darme tiempo ni a respirar y sin dejar de mostrar un momento su larga hilera de dientes blancos, el muchacho empezó a bombardearme con la consabida cantinela de los productos que ofrece una famosa compañía del sector librero.

Nunca he sido proclive a aguantar todo aquel rosario de ofertas pero aquella mañana, le dejé pasar encendiendo la luz del recibidor, todavía adormilada y viéndome frente a aquel yogurín que no dejaba de hablar sin apartar embobado la mirada de mis pechos. Como dije vestía con mi corto camisón bajo el que no llevaba sujetador pues nunca lo uso para dormir, así pues no es extraño que aquel jovencito permaneciera parado frente a mí observando sin el menor disimulo mis grandes pechos que de forma tan rotunda se marcaban por debajo de la fina tela que los cubría.

Recuperando el aliento tras la primera impresión y sonriéndole de forma agradable le hice que me siguiera a través del pasillo camino del salón. Con la mano le invité a tomar asiento en el sofá en el que me senté yo también observándole con mayor detenimiento. Visto más de cerca pensé que parecía aún más joven de lo que había pensado en un primer momento. Estaría sobre los veinte años y era realmente bello y hermoso. Para una mujer como yo que recién había cumplido los cuarenta y dos años, y aburrida y cansada de un marido que no me hacía el más mínimo caso disfrutando de alguna que otra escapada nocturna con alguna de sus compañeras de trabajo, la presencia de un jovencito como aquel hizo que me despertara de golpe imaginando miles de posibilidades a cual de ellas más y más escandalosas y tormentosas.

¿Estaba desayunando, señora? Si le molesto puedo venir más tarde si lo prefiere –dijo recogiendo la carpeta de la mesa antes de tratar de incorporarse para ponerse de pie.

No nada de eso, no te preocupes. Sólo estaba viendo la televisión mientras desayunaba –mentí agarrándole con fuerza del brazo para evitar que se levantara.

El contacto con aquel brazo resultó duro y poderoso pese a la aparente debilidad de aquel cuerpo delgado y sin un gramo de grasa. Realmente estaba para comérselo y puedo asegurar que me costó horrores evitar el no echarme sobre aquel jovencito de mirada tan profunda y oscura y de labios deseables y gruesos que me hubiera apetecido besar sin duda alguna.

¡Perdona, qué tonta soy! ¿Te apetece algo de beber? –le ofrecí tras tragar algo de saliva pues notaba la garganta reseca.

No, señora… no se moleste –exclamó con rapidez pero, para entonces, yo ya me había levantado encaminándome hacia la cocina.

Mientras pasaba junto a él observé sus ojos fijos en mis piernas recorriéndolas de forma descarada una vez le di la espalda. Pude darme cuenta de este hecho sorprendiéndole a través del espejo del pasillo aunque, evidentemente, el muchacho no se percató de ello. Una vez en la cocina pensé si me había vuelto loca o qué era lo que me pasaba teniendo allí en mi casa a un muchacho totalmente desconocido y que perfectamente podría ser mi hijo. Podía hacerme cualquier cosa sin poder defenderme pues era mucho más alto y fuerte que yo, que apenas llegaba al metro sesenta de altura. Sin embargo, pronto abandoné aquellos lógicos pensamientos sacando de la nevera una cerveza bien fría la cual abrí una vez cogí el abridor del cajón.

Ya con la cerveza en la mano, volví al salón encontrándome con el muchacho, allí sentado frente a mí, agradeciéndome mi amabilidad. Tras echar el primer trago agarró la carpeta de forma muy profesional y de nuevo empezó a bombardearme con toda una serie de folletos y explicaciones las cuales para mí resultaban completamente absurdas e insulsas. En aquellos momentos mi único interés era empaparme con la figura tan juvenil y masculina de aquel muchacho al que tenía allí sentado tan solo a unos centímetros de mí. La imagen de su pelo corto, de sus labios sonrosados y carnosos y de aquel cuerpo joven y aparentemente bien fibrado hizo que perdiera por completo el hilo de sus palabras, imaginándomelo echado sobre mí y sin dejar de saborear mi boca sedienta de sus besos.

Pese a su juventud pude ver que aquel jovencito no era para nada tímido pues, siempre que podía, recorría de forma disimulada mi cuerpo maduro comiéndoseme con la mirada. Yo, fascinada como estaba con la presencia de aquella visita inesperada que la fortuna me había traído, empecé a fantasear con miles de escenarios posibles allí los dos solos en mi piso y con mi marido fuera de casa toda la mañana. Viéndole sonreírme con aquella sonrisa tan fresca y sincera me imaginé tumbada en el sofá y abrazada a aquel muchacho disfrutando de sus miles de caricias por encima de mi cuerpo. Yendo mucho más allá, me asaltaron un montón de pensamientos libidinosos viendo aquel rostro de piel tan fina y delicada. ¡Joder, era tan guapo y tenía una sonrisa tan maravillosa! Por suerte volví a la realidad tragando saliva y sin saber dónde meterme.

Con el ruido de la televisión de fondo, me imaginé besándolo con desesperación mientras acariciaba su piel desnuda con mis manos y mis dedos, recorriendo su varonil torso para después bajar hacia su vientre y sus muslos. Lo imaginé sin ropa y pensé si sería cierto todo aquello que Maribel me había contado sobre los hombres negros como aquel. Si sería cierto aquello de los enormes miembros que solían tener entre las piernas. Ante aquella idea me sentí excitada notando mi entrepierna humedecerse sin remedio bajo la braguita que la cubría. Estaba cachonda perdida y necesitaba con urgencia de alguien que tranquilizara la calentura que me invadía. ¿Y quién mejor que aquel hermoso animal de piel de ébano para ello?

Lo sé y lo reconozco. Soy mujer de carne débil y eso de ver el soldadito valiente mirando hacia arriba por la mañana temprano me pone como una moto. Además llevaba tres semanas largas sin probar bocado y ya estaba que me subía por las paredes. Ensimismada en aquellas ideas, ni me enteraba de lo que el muchacho me decía disfrutando tan sólo de su compañía y su belleza. ¡No era posible que aquello me estuviera pasando a mí! –pensé recordando toda la serie de escenas que había podido ver en miles de películas y que pensaba que jamás podían ocurrirme a mí.

Apenas podía hablar, allí sentada como una lerda frente a aquel hermoso ejemplar masculino al que, ni en mis mejores sueños, podía haber imaginado tener allí. Siempre pensamos que aquellas cosas les pasan a los demás o que son más bien falsas ilusiones que todos nos hacemos para que nuestras vidas no sean tan aburridas y monótonas. Pero lo cierto era que allí estaba mirándome a los ojos para, enseguida, bajarlos devorando mi cuerpo con su mirada de muchacho travieso. Estaba segura que no tardaría en echarse sobre mí y que no sería capaz de negarme a nada que me pidiera, más bien todo lo contrario deseándolo con todas mis ganas de hembra madura y todavía con mucho que ofrecer.

Lo deseaba sí, lo deseaba como pocas veces había deseado a un hombre; deseaba que me follara como un bestia y entregarme a él chillando y gozando como una loca en brazos de aquel hermoso semental. De manera coqueta me senté de lado con un pie debajo tratando de buscar una postura más cómoda. Aquello no pasó desapercibido para mi visitante el cual fijó su mirada buscando mi más escondido tesoro aunque sin conseguir verlo.

El tiempo parecía haberse parado para ambos, mirándonos a los ojos con inconfesable deseo pero sin dar un paso al frente ninguno de los dos. Me moría por dentro deseando caer en sus brazos para que me besara y me despojara del camisón de manera desesperada. Sentir aquellos labios envolviendo los míos, aquella lengua que imaginaba húmeda y caliente, sus manos devorando todo mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies…

Sentí un agradable picorcillo entre mis piernas y notaba humedecerme cada vez más y más. Al mismo tiempo mis pechos se endurecían bajo la fina tela del camisón haciendo que mis pezones se marcaran inevitablemente mostrando lo muy excitada que me encontraba. Era imposible que no se diera cuenta del estado en que me encontraba. Pensé que solamente estaba esperando el momento oportuno para lanzarse sobre mí. Y evidentemente no me equivocaba…

Sin dejar de sonreírme con aquella sonrisa que tanto me gustaba, le vi acercarse más a mí envuelto en una especie de neblina. En ese momento sentí empequeñecerme frente a aquel muchacho pero no veía el instante en que su boca se posara sobre la mía. Al fin y sin dejarme responder, me agarró la cabeza con delicadeza y haciéndomela ladear me besó con extrema ternura rozando apenas su boca contra la mía. Sus labios eran tibios y suaves y un escalofrío de placer me invadió llenando mi columna vertebral hasta acabar explotando en mi cerebro.

Quieta como estaba, no pude responder a su ataque ni decir nada, tan sólo dejarme hacer cayendo hacia atrás apoyando la cabeza en el respaldo del sofá para así poder disfrutar de aquel beso cálido y sincero. Pronto respondí al mismo abriendo mi boca emitiendo un profundo suspiro de satisfacción. Echándose sobre mí pude sentir aquel joven cuerpo pegarse, besándome ahora de manera mucho más apasionada y decidida buscando entrar su lengua en el interior de mi boca. Creí derretirme entre sus brazos respondiendo a su invitación mezclando mi lengua con aquella lengua que prometía un sinfín de placeres desconocidos para mí. Ahora sí la lujuria era dueña completa de todos nuestros miembros…

Me abrazó con mayor fuerza cubriéndome con su horrible humanidad mientras seguíamos besándonos de manera furiosa entremezclando nuestras salivas en un beso lleno de carga erótica. Sus labios recorrían mi cuello mientras mi mano pasaba por detrás de su cabeza jugando con su pelo, peinándolo con los dedos, acariciándole la nuca. Por mi cabeza no pasaba más que la idea de gozar de aquello todo el tiempo que pudiese sin buscar ninguna respuesta a mi loca actitud.

Separándose de mí, el muchacho me miró con aquella intensa mirada que tenía devorándome por entero sin decir una sola palabra. Sintiéndome enloquecer y agarrándome a sus brazos le pedí con voz apenas perceptible que volviera a besarme, cosa que hizo uniendo una vez más nuestras lenguas en el interior de mi boca.

Hazme el amor… vamos cariño, bésame y hazme el amor… lo necesito tanto… -reconocí de manera natural como si realmente no pensara en el contenido que aquellas palabras encerraban.

En aquellos momentos no pensaba más que en entregarme a él disfrutando de nuestros cuerpos sin pensar en nada más. No tardé en sentir sus manos poderosas y de largos dedos posarse sobre mi cuerpo subiendo y bajando como si quisiera descubrir cada centímetro de mi madura figura. Sus manos me acariciaban con una extraña mezcla de delicada ternura y de salvaje sensualidad haciéndome sentir en la gloria junto a mi joven compañero. Pese a su juventud sabía cómo tratarme y qué puntos de mi anatomía debía tocar para conseguir que poco a poco me fuera animando sin remedio.

Sin dejar de besarme un solo segundo, abandonó mi cintura para muy lentamente subir por el costado de mi cuerpo atrapando al fin uno de mis pechos el cual parecía querer romper la tela del camisón. Nada más notar aquella mano, gemí de manera ruidosa disfrutando del roce de aquellos dedos adueñándose como garfios de mi excitado seno. Por encima de mis ropas, las sensuales y varoniles manos del mandinga masajearon mis tetas logrando que mis pitones se fueran endureciendo cada vez más y más. Cerré los ojos perdiendo por completo la noción del tiempo allí gozando de la compañía de aquel desconocido que sabía que tanto me iba a hacer sentir. Yo suspiraba enloquecida, me estaba poniendo como una moto y sin pensarlo mucho resolví tomar la iniciativa.

Mis manos dejaron de mantenerse quietas y, buscando su cuerpo, logré meterlas bajo su ropa alcanzando al fin la piel suave y fibrada. Esta actitud agradó a mi amigo pues seguramente debió pensar que ya era hora que yo también actuase. Ayudándome en mi avance, alzó sus brazos permitiéndome quitarle la camisa apareciendo ante mí su torso desnudo descubriéndolo velludo como a mí siempre me han gustado. Sin apartar mis ojos de los suyos, le sonreí ofreciéndole mi lengua de manera provocativa la cual atrapó besándome una vez más jugueteando con su lengua para después mordisquear ligeramente mi labio inferior haciéndome temblar de puro placer.

¡Me gustas muchacho… me gustas un montón! –le confesé ya perdida totalmente la razón.

Tú también me gustas, nena –exclamó con su voz ronca y potente lanzándose ahora sobre mi cuello el cual lamió paseando su lengua de abajo arriba hasta alcanzar mi barbilla.

Juro que me estremecí completamente sintiendo el lento pasear de aquella lengua por encima de mi piel temblorosa. Con la respiración acelerada bajé mi cabeza en busca de su pecho desnudo y empecé a darle pequeños besitos para enseguida ponerme a lamer sus oscuros pezones arrancándole con ello un gemido ahogado a mi atractivo amante. Pasé de un pezón a otro notándolos crecer con el suave contacto que mis labios ejercían sobre los mismos.

Fue entonces cuando no pude esperar más y tuve que llevar mi mano, bajando por su abdomen, hacia su entrepierna empezando a acariciársela por encima del tejano. Una gran sorpresa me llevé quedando boquiabierta frente a lo que allí se escondía. Se notaba enormemente gruesa y larguísima y tuve que cerrar los ojos dejándome besar por aquel muchacho que tan sorbido me tenía el seso. Sin abandonar mi presa seguí acariciando su miembro sintiéndolo crecer aún más si es que aquello era posible.

Sin embargo, aquel jovencito no me dejó continuar con aquello obligándome a tumbar en el sofá para empezar a subirme el camisón descubriendo mi blanca braguita la cual se notaba húmeda y deseosa de recibir unos dedos que la apartaran a un lado. Cogiéndome las piernas con firmeza me obligó a abrirlas arrodillándose entre mis piernas sin más tardanza. Mientras tanto sus manos subieron por mi cuerpo acariciando mis pechos cuyos pezones se veían duros a través del fino tejido. Me encontraba cachonda perdida y sólo quería que continuara dándome aquel placer que con tantas ganas esperaba.

Metiendo su cabeza entre mis piernas aprovechó para besar primero un muslo y luego el otro recorriéndolos por dentro con extrema lentitud haciéndomelo desear aún más. Notaba aquellos labios húmedos y expertos subiendo y bajando una y otra vez sin querer en ningún momento buscar todavía el oscuro tesoro que yo sabía que tanto ansiaba lamer y chupar. Así pues continuó haciéndome sufrir con el sosegado discurrir de aquellos labios a lo largo de mis piernas las cuales temblaban como el resto de mi cuerpo deseando que continuara en su lento avance.

Tuve que morderme ligeramente el labio para no gritar de emoción; tan cachonda estaba que pensé que no tardaría mucho en correrme si seguía con todo aquello. Fui yo misma la que dejé deslizar los tirantes a través de mis hombros haciendo resbalar el camisón hasta que mis pechos aparecieron en todo su esplendor apuntando al techo. Agarrándolo ahora él con sus dedos lo fue bajando con cierto nerviosismo hasta hacerlo descansar alrededor de mi cintura.

Elevándose sobre sus pies lo vi echarse sobre mis pechos los cuales empezó a devorar como si de un animal hambriento se tratara. Chupaba y mordía los pezones de manera desesperada para luego empezar a hacer pequeños circulillos con la puntilla de la lengua por encima de la rosada aureola. Gemí y gemí sintiéndome en la gloria animándole a continuar con mis palabras entrecortadas y tan llenas de pasión y lujuria. ¡Hacía tanto y tanto tiempo que nadie me hacía sentir así!

Bajando hacia abajo alcanzó mi barriguilla jugando con ella con las yemas de los dedos sin abandonar un instante mis endurecidos pechos. Con mi voz turbia y entrecortada le pedí que volviera a besarme sintiendo una vez más aquellos gruesos labios pegados a los míos. Ciertamente besaba de maravilla haciéndome sentir segura y protegida entre sus brazos en los cuales me acurruqué dejando que sus manos recorrieran mi figura sin descanso.

¡Te deseo… te deseo enormemente… me tienes cachonda perdida! –le dije con mis ojos medio entrecerrados y sin parar de revolverme entre sus brazos.

¿Sabes? Me gustan las maduritas cachondas como tú –confesó ahora él besándome de nuevo antes de arrodillarse entre mis piernas buscando el mejor acomodo posible.

Sabía lo que buscaba y sonreí satisfecha y feliz pues yo también lo deseaba. Estirándome aún más y teniéndole nuevamente frente a mí ronroneé como una gatita mientras el incesante murmullo de la tele golpeaba mis oídos una y otra vez. Un suave murmullo que contrastaba con el silencio sepulcral de ambos, allí sin decir palabra ninguno de los dos, tan sólo percibiendo el enorme deseo que a los dos nos envolvía. Noté el calor de aquellas manos por encima de mis piernas al tiempo que sus ardientes labios tomaban posesión de mis muslos besándolos repetidamente entre mis desconsolados lamentos. Los lamió sin cesar haciéndome jadear sonoramente cada vez que sentía el cálido contacto de aquella lengua recorriéndome desde la rodilla hasta la parte superior de mi pierna para volver a bajar de manera premiosa.

Mi joven amante subió hacia mi barriguilla donde jugó y jugó haciéndome temblar de puro deseo. Sus manos, mientras tanto, acariciaban mis pechos pellizcándome ligeramente los pezones entre sus dedos. Al fin bajó a mi pubis donde se entretuvo largamente deleitándose observando mi braguilla la cual aparecía abundantemente mojada. Gemí escandalosamente deseando que me lo comiera y, removiéndome frente a él, le animé a que lo hiciera sin más esperas.

¿Puedo comértelo? –me preguntó apenas susurrando y con su mirada fija en la mía.

Claro tonto… llevo rato deseando que lo hagas –respondí estremeciéndome entre sus manos al mismo tiempo que enredaba mis dedos entre sus cabellos demostrándole así la urgencia que me corría por dentro.

Sonriendo triunfante le vi cómo se disponía a saborear mi empapado coñito pero antes estuvo unos segundos respirando el dulce aroma de mis jugos por encima de mi delicada prenda. Pensé que moriría allí mismo si no ponía rápido remedio a todo aquello. Así pues, agarrándole de la cabeza le llevé a mi sexo incrustándole con fuerza entre mis piernas. Teniéndolo arrodillado a mis pies disfruté con la imagen de aquel joven de piel morena metido entre mis muslos y dispuesto a ofrecerme el mejor de los placeres con aquella lengua tan ardiente y húmeda. Al mismo tiempo que levantaba una de mis piernas acariciándola con una de sus manos, con la otra apretaba uno de mis senos. Separándose mínimamente me hizo flexionar levemente las piernas y cogiendo mis braguitas entre sus dedos las fue deslizando de forma lenta pero sin pausa dejándolas resbalar finalmente hacia el suelo.

Un débil sollozo escapó de entre mis labios al notar la mano de mi compañero buscando mi más escondida intimidad. Ahora sí mi coñito se mostró húmedo y palpitante ante el muchacho el cual se relamió imaginando el festín que iba a darse. Subió sus manos por mis muslos hasta alcanzar mi parte más íntima haciendo que todos mis miembros vibraran mientras notaba mi corazón agotado. La mayor de las inquietudes parecía querer dominarme. Separándome la rajita con sus dedos empezó a pasar la lengua por encima, caricia que me hizo sentir un rápido escalofrío que acabó haciéndome gritar al notar cómo me corría sin remedio.

¡Me corro… dios, me corro! –exclamé chillando escandalosamente notando cómo me visitaba el primero de mis orgasmos.

Pese a mi corrida mi joven amante siguió jugando con mi sexo pasando su lengua sonrosada arriba y abajo buscando cada uno de los rincones de mi empapada almeja. Grité, me retorcí, temblé de emoción y sonreí como una bendita gozando de cada uno de los trallazos que aquellos lametones producían en mi cerebro. Aquella lengua divina sabía cómo tratar mi coñito prodigándole las más delicadas atenciones. Pronto encontró mi clitorís y entonces creí mearme de gusto al sentir aquel roce por encima de mi más sensible tesoro. El mismo se enderezó en busca de aquel húmedo contacto el cual enseguida fue acompañado por uno de los dedos de mi compañero el cual empezó a acariciar la entrada de mi vulva buscando introducirse en el interior de mi vagina. Le ayudé en su tarea y, cerrando los ojos con fuerza, sollocé al notar la doble caricia que sus labios y sus dedos me prodigaban.

¡Qué lengua tienes… me vuelves loca! –le animé a seguir acariciándole la cabeza con suavidad mientras le ofrecía uno de mis dedos para que lo chupara.

Estirándome completamente en el sofá agarré uno de mis pechos y llevándolo a mi boca lo lamí yo misma buscando el pezón con desesperación. Al mismo tiempo el trabajo de mi bello amante continuaba allí abajo entre mis piernas haciéndose a cada momento más y más intenso. Pasaba su lengua sin descanso envolviendo luego con los labios mi diminuto botón una y otra vez al tiempo que follaba mi vagina con su dedo acompañándolo al momento con otro más. Yo no podía más que berrear sin importarme que alguna de las vecinas pudiese oírme. Sólo deseaba disfrutar de la comida de coño que me estaba pegando aquel estupendo muchacho, disfrutar de aquella maravillosa mañana que la fortuna me había traído. Un nuevo orgasmo se presentó de manera tumultuosa sin que pudiera ni quisiera evitarlo. Me encontraba en la gloria en compañía de aquel portento de la naturaleza que tan bien sabía cómo darme placer.

¡Muchacho, me has vuelto loca… nunca había sentido algo así! –tuve que reconocer mientras trataba de recuperarme de mi último orgasmo con evidente dificultad.

Eres una gatita morbosa que le gusta que le den caña –le oí decir incorporándose sobre mí en busca de mi boca la cual besó dándome a probar mis propios jugos los cuales saboreé con verdadero deleite.

Ahora te toca a ti… me ha encantado lo que me has hecho pero ahora déjame que te haga gozar yo –respondí apartándolo de mi lado mientras buscaba con mis dedos acariciar su horrible humanidad por encima del pantalón.

Me moría de ganas de comerme su larga polla y, sin dejarle responder, le obligué a levantarse quedando de pie frente a mí. Me quedé mirándolo unos momentos disfrutando de aquel cuerpo tan varonil y que provocaba que mi loca cabecita se llenara con las más escabrosas ideas. Mis manos cayeron como garfios sobre su velludo pecho recorriéndolo arriba y abajo mientras mi boca se dirigía hacia su entrepierna sintiéndola dura y excitada bajo mis labios. Aquello parecía enorme y un nuevo escalofrío me llenó de la cabeza a los pies imaginando el tamaño colosal de aquel músculo. Él dejó caer su mano sobre mis rubios cabellos y, con gran placer por mi parte, le escuché gemir débilmente para después notar su mano apretarme contra él.

Me emborraché sintiendo por encima de mi cara el roce desesperado de aquella culebra que parecía no acabar de crecer nunca. Al parecer el muchacho deseaba adelantar los acontecimientos tanto como yo pues no dejaba de excitarme jadeando y gimiendo y sin parar de pronunciar aquellas palabras que yo sabía el cálido significado que encerraban en sí mismas.

Poniéndome en pie busqué su boca mezclando mi lengua con la suya y devorando sus carnosos labios de manera frenética. Entre las manos agarré con fuerza sus nalgas notándolas duras y bien formadas. Se notaban apretadas bajo mis dedos y creí enloquecer teniendo para mí sola aquel hermoso macho de piel oscura y brillante. Bajando a su barriga me dediqué a lamérsela y acariciársela sin descanso como si con ello quisiera retardar el momento glorioso que tanto deseaba. Una extraña sensación se creó en mí deseando, por un lado, tener en mis manos aquel miembro que imaginaba monstruoso y, por otro, tratando de aplazar lo máximo posible aquel dulce encuentro.

Sin embargo, el deseo fue mayor y abandonando la oscura barriga busqué ansiosamente su entrepierna sin poder esperar más. Masajeándole con una mano su polla, con la otra desaté la hebilla para luego soltar el botón del tejano con urgencia malsana. Mientras lo hacía volví a besar su barriga perdida completamente la razón con todo aquello. Mirando hacia arriba mi mirada se cruzó con la del muchacho el cual respiraba de manera acelerada demostrando de aquel modo el enorme deseo que también él sentía.

Agarrando la cremallera con dos de mis dedillos la bajé dejando después que el pantalón cayera alrededor de los pies del muchacho. Me quedé pasmada devorando la imagen absolutamente aterradora que ante mí se presentaba. Escondido bajo el calzoncillo gris que lo cubría podía verse un bulto más que considerable marcándose de forma desconsiderada frente a mí. Cerrando los ojos atemorizada por entero me lancé sobre él lamiéndolo y chupándolo por encima del fino algodón. No podía creerlo, era fantástico y demoledor y no hacía más que imaginarlo en mi interior clavándose salvajemente y sin dejar de arrancarme verdaderos aullidos de puro placer.

Al fin quise ir más allá y enfrentarme finalmente a aquel inmenso pene para así poder degustarlo y saborearlo como una loca. Cogiendo el calzoncillo con delicadeza lo fui bajando poco a poco dejando aparecer el enhiesto tallo de aquel joven animal apuntando hacia arriba de manera orgullosa.

¡Dios mío! ¿Pero qué es esto que tienes aquí, muchacho? – exclamé completamente anonadada por el tamaño impresionante de aquel pene de chocolate.

Era ciertamente enorme tal como había imaginado. Largo y grueso y de venas azuladas y bien marcadas a todo lo largo del tallo. Tenía la cabeza oscura la cual vi cabecear buscando un refugio donde resguardarse. Durante unos segundos no supe qué hacer, cómo responder ante aquella tremenda humanidad. Pero pronto la naturaleza sabia supo cómo hacerme responder y sacando la lengua de forma tímida empecé a golpear la oscura cabeza de aquel glande consiguiendo con ello que mi compañero emitiese el primero de sus gemidos.

Aquellos gemidos placenteros me animaron a continuar en mi camino exploratorio agarrando ahora con fuerza su masculinidad para volver a juguetear con el hermoso champiñón viendo cómo éste respondía encabritándose aún más. Abriendo mi boca engullí de una sola vez aquel grueso plátano el cual empecé a saborear de manera golosa metiéndolo y sacándolo sin parar. Lo humedecí por entero recorriéndolo con mi lengua desde la cabeza hasta la base donde devoré los testículos los cuales noté duros y bien cargados. Sin dejar de chupar y lamer aquel dulce regalo escuché un gemido prolongado salir de la boca de mi amante el cual no pudo menos que agarrarse a mis cabellos tratando de mantener el equilibrio.

Sacando su polla de mi boca le despojé de las zapatillas y los tejanos y le ayudé a sentarse acomodándose así para mi total placer. Hundiéndome entre sus piernas me lo tragué por completo teniéndolo que sacar al momento para poder respirar. La sensación de aquel grueso taladro alcanzando mi paladar resultó desesperante para mí pero, una vez acostumbrada, volví a meterla ahora de manera mucho más lenta para poder disfrutar de su total largura y grosor. Recorriéndolo con mi lengua lo llené de saliva observándolo curvado y bien mojado al sacarlo de mi boca. Aquel pene africano se curvaba hacia arriba mostrándose orgulloso como si quisiera desechar las leyes de la gravedad.

Jamás había disfrutado de algo así, era mucho más grande que la de mi marido y realmente cumplía con todo aquello que mi querida vecina Maribel me había contado. Sólo que ahora allí tenía entre mis manos aquel tótem enorme dispuesto a ofrecerme los mayores placeres que un hombre puede dar a una hembra ardiente como yo lo era en esos momentos.

Así estuve un buen rato gozando de aquella demoledora presencia y recuperando todo el tiempo que el cabrón de mi marido me había hecho perder. Lo lamía con delicadeza y dulzura para después empezar a chuparlo con rapidez metiéndolo y sacándolo de mi boca envolviendo el negro tallo con mis labios. Lo sentía palpitar dentro de mi boca y cómo el muchacho agarraba mi cabeza acompañando el movimiento de mi felatio con sus manos.

¡No aguanto más… vamos nena, quiero follarte! –me dijo apartándome de su lado con cierta brusquedad.

¿No puedes aguantar más? –le pregunté con sonrisa triunfante mientras me ponía en pie. Espera cariño, voy a buscar un condón, enseguida vuelvo –comenté dándole la espalda y saliendo del salón camino de mi dormitorio.

En la mesilla de mi habitación encontré la caja de condones que hacía tanto que no usaba con mi marido. Abriéndola con decisión cogí dos de ellos dirigiéndome nuevamente en busca de mi bello amante. Al volver al salón lo encontré tal como lo había dejado y sin dejar de masturbarse con lentitud arriba y abajo.

Déjame hacer a mí –le pedí apoderándome de aquel grueso champiñón el cual volví a lamer suavemente introduciéndome una vez más su barra de carne en la boca.

Tras dejarla bien húmeda y reluciente agarré uno de los condones y se lo puse paso a paso hasta que su polla quedó totalmente cubierta. Una vez hecho me tumbé sobre su musculoso cuerpo buscando su boca la cual comí y besé disfrutando de aquellos labios carnosos que tanto me gustaban. Haciéndome con su polla me coloqué sobre él a horcajadas tratando de dirigir su pene hacia la entrada de mi coñito. La visión de su miembro me causaba verdadero pavor acostumbrada como estaba al pene mucho más corto de mi esposo. Sin embargo, manteniendo la respiración y sacando fuerzas de no sé donde llevé aquella cabeza hacia mi vulva dejándome caer poco a poco sobre mi joven montura.

Pese a mis iniciales temores noté la entrada de aquel enorme émbolo penetrando con facilidad dentro de mí centímetro a centímetro. Mi tremenda humedad permitió la fácil dilatación de mi vagina haciendo que las paredes de la misma se fuesen acomodando al tamaño descomunal del negro ariete. Quedándome quieta unos segundos sobre él mi rostro cansado se congestionó sintiendo la lenta entrada de aquel grueso invasor. Con un fuerte golpe de riñones toda la polla de mi joven amante entró llenando sin compasión mi sexo.

Cayendo sobre él me abracé con fuerza gritando al sentir aquel horrible dolor entre mis piernas. Por unos momentos creí perder la respiración viéndome traspasada de aquel modo tan desconsiderado. Me cogí a él aún con más fuerza y traté de recuperarme como pude de aquel tremendo suplicio al que me veía sometida por aquel hermoso joven que tan bien sabía cómo tratarme.

¡Dios, qué grande que es! –tan sólo pude decir una vez recuperé mínimamente parte de mis fuerzas.

Aquello parecía quemarme por dentro, tan inmenso dolor sentía con aquello metido dentro de mí. Pese al dolor pronto empecé a relajarme al empezar a moverse el muchacho bombeándome de manera lenta pero decidida. Cogiéndome de las nalgas empezó a empujar mientras yo le ofrecía mi boca para que uniera sus labios a los míos besándome con exquisita dulzura. Gracias a mi relajación su polla fue entrando y saliendo moviéndose sin dificultad alguna. Evidentemente la lubricación que mi vulva soportaba ayudó a ello permitiendo el lento folleteo de aquel eje percutiendo una y otra vez.

No podía creerlo pero allí lo tenía al fin dentro de mí empezando a follarme con total complacencia por mi parte. Incorporándome sobre él apoyé las manos en su pecho dejándome ensartar yo misma por aquella barra de carne que me hacía perder el mundo de vista. Buscando un mejor acomodo eché las piernas hacia atrás quedando bien sentada sobre mi joven amante el cual masajeaba mi redondo trasero apretándolo entre sus dedos haciéndome con ello removerlo viciosamente.

Enseguida sus movimientos se hicieron más rápidos clavándose y desclavándose entre mis desconsolados berridos. Se movía de forma experta empujando con fuerza inusitada para, de pronto, quedarse quieto permitiéndome un mínimo respiro. Luego vuelta a empujar destrozándome de manera brutal y sin el menor miramiento. Yo gemía y gemía mezclando ayes lastimeros con gritos apasionados cada vez que aquel pene ingresaba en mi irritado coñito. Pronto sentí la cercanía de un nuevo orgasmo y, arqueándome por completo, eché la cabeza hacia atrás cabalgando como una posesa hasta acabar derrengada sobre mi joven montura el cual me atrapó acogiéndome amablemente entre sus brazos. Cansada y satisfecha respiré buscando el aire que mis pobres pulmones tanto necesitaban en esos momentos. Besándome una vez más el muchacho se mantuvo quieto permitiéndome recuperarme de tan formidable copula.

Pero no fue mucho el tiempo que me dio pues, teniéndome bien cogida por las nalgas, se incorporó levantándome en volandas con facilidad pasmosa.

¡Eres un bestia, muchacho! ¿Acaso pretendes matarme de placer? –le pregunté entrecortadamente pasando los brazos por detrás de su cabeza al mismo tiempo que mis piernas le atrapaban cruzándose tras su trasero.

Callé poniendo los ojos en blanco al sentirme traspasada hasta el fondo por aquella daga candente que parecía querer romperme por dentro. Creí desmayarme allí pegada a él y sujeta en brazos de aquel macho colosal que no daba signo alguno de cansancio. Así en pie y teniéndome bien agarrada por los muslos empezó a moverse haciéndome llegar su dardo hasta el fondo de mis entrañas. Aquello era mucho mejor de lo que nunca hubiese imaginado, superando en mucho cualquier experiencia anterior que hubiese podido tener.

Abrazada a él me elevaba en el aire cada vez que salía de mí para, al instante, dejarme caer haciéndome gritar como nunca lo había hecho. Golpeaba sin descanso entrando y saliendo a un ritmo infernal e insufrible para mi pobre sexo. Cayendo sobre él mis labios se apoderaron de su hombro mordiéndolo hasta hacerle gritar de puro dolor.

¡Fóllame… vamos, fóllame cabrón… menudo animal estás hecho! –exclamé dejándome hacer en brazos de aquel hombre maravilloso que tan bien sabía cómo darme placer.

Toma puta… toma –le oí decirme sin parar de golpear las irritadas paredes de mi coñito.

¡Me corro… dios, me corro otra vez! –le avisé arañándole la espalda hasta hacerle sangrar mientras gozaba de un orgasmo explosivo que enseguida fue seguido por otro mucho más intenso y placentero.

Llorando de emoción descabalgué de mi montura volviendo a rozar apenas sus labios que recibieron agradecidos el cálido aliento de mi boca. Enseguida el beso se hizo apasionado y profundo notando yo también el deseo que mi desconocido amigo sentía. Ofreciéndole mi mano le hice acompañarme hasta la mesa donde apoyé mis manos sobre la fría madera ofreciéndole al tiempo mi redondo trasero echándolo hacia atrás. Removiéndolo como una putita traté de provocarle aún más si es que aquello era posible. Al momento tomó mi cintura y me juntó a él abrazándose a mí haciéndome sentir su horrible herramienta pegada a mi culo mientras sus manos acariciaban mis muslos subiendo y subiendo. Yo me estremecía temblorosa y me mordía el labio con fuerza evitando la salida de un nuevo gemido.

Señora, ¿acaso no ha tenido aún bastante? –pronunció con dificultad manoseándome los pechos para luego envolver mi pequeña oreja con sus labios haciéndome estremecer.

Tú tienes la culpa… me has hecho insaciable –dije removiendo mis caderas más todavía al notar cómo se echaba sobre mi espalda cubriéndome así con su pecho sudoroso.

Echado sobre mí lo tenía tan encima que podía olerle su cálido aliento, sentir su respiración desbocada mientras notaba cómo cada vez se apretaba más a mí sin dejar espacio alguno entre nuestros cuerpos. Apuntando su inflamada lanza sentí cómo volvía a penetrarme entrando esta vez de un solo golpe. Aullé complacida ante semejante estocada y abriendo bien las piernas noté la presión del miembro invasor hasta acabar chocando sus gordos testículos contra mis nalgas.

Con cuidado, muchacho… no seas impetuoso –exclamé sonriéndole maliciosamente indicándole de ese modo lo mucho que me gustaba sentirme follada de aquella manera.

Apoderándose de mi rubia melena y tirando de ella hacia atrás, inició un lento movimiento que paso a paso fue ganando en intensidad haciéndose sus entradas y salidas mucho más rápidas y veloces. Un suspiro ahogado escapó de mis labios al sentir cómo aquella polla se deslizaba dentro de mi vagina como el cuchillo lo hace sobre la mantequilla. El siguiente paso fue empezar a movernos los dos acoplándonos con facilidad el uno al otro mientras íbamos incrementando el ritmo a cada momento. Cada sacudida del muchacho parecía querer levantarme en el aire, costándome mantener el equilibrio apoyada como estaba sobre las puntas de mis pies.

¡Joder, qué polla tienes… es tremenda… vamos empuja, empuja con fuerza! –le animé a seguir al escucharle llenar mi oreja con sus cálidas palabras.

De pronto noté cómo salía de mi coñito y quejándome ruidosamente me giré hacia él reclamándole que siguiera con lo que hacía. No imaginaba los sombríos pensamientos que llenaban la cabeza de aquel maldito gañán pues, sin preparación alguna, presionó mi estrecho esfínter horadándolo como si deseara destrozarlo brutalmente. Realmente no esperaba aquella respuesta por su parte y, sin dejar de temblar y con todo el cuerpo tenso, un montón de ideas llenaron mi cabeza. Una de ellas fue que ya no había marcha atrás para todo aquello. Era demasiado fuerte para mí y no era posible hacer que me soltara estando tan excitado como estaba.

Un grito desgarrador escapó de mi boca resonando sobre las paredes del salón y, sin poder defenderme de tan salvaje ataque, tuve que morderme la mano con fuerza para poder aguantar la horrible presión que el muchacho ejercía sobre mi pobre culito. Jamás había sentido un dolor tan agudo como aquel. Caí rendida sobre la mesa y entonces empezó a empujar sodomizándome sin pausa alguna teniéndome bien cogida por las caderas. ¡Dios, aquello me quemaba por entero, creí que me iba a romper llenando mis intestinos con aquel eje tan descomunal!

¡Sácala cabronazo… sácala...! ¡Es demasiado grande… me vas a romper por dentro! –grité llorando a lágrima viva buscando un poco de compasión por su parte.

Cállate… vamos cállate y disfruta de lo que te hago… ya verás cómo pronto empezarás a gozarlo. –dijo fijando sus negros ojos en los míos mientras seguía moviéndose atacando brutalmente.

Y ciertamente así fue. No era la primera vez que me lo hacían pero sí puedo decir que mi marido jamás me lo había hecho de aquel modo tan salvaje y desconsiderado golpeando mi estrecho agujero sin el menor miramiento. Sin embargo, enseguida mi agujerito pareció empezar a acostumbrarse a tan enorme compañero y así se fue dilatando permitiendo su entrada hasta lo más hondo. Levantando una de mis piernas me sujetó con fuerza para así follarme con gran facilidad haciéndome sentir empalada por completo. Dos de sus dedos alcanzaron mi húmeda vulva y, de esa manera, fue acompañando las acometidas que me daba sin parar de entrar y salir de mi dolorido canal. Elevándome como pude curvé mi espalda de gusto y tirándome hacia atrás le ofrecí mi cuello el cual chupó y lamió desesperadamente sin dejar, al tiempo, de golpear y golpear mis nalgas con su inflamada herramienta.

¿Ves como ya no te duele tanto? –le oí decirme un breve momento en que paró para enseguida volver a moverse a buen ritmo clavándome su polla sin compasión.

El guapo moreno dominaba completamente la follada alargándola a su total conveniencia. El intenso dolor se mezcló con aquella sensación placentera que me recorría todo el cuerpo y sentí que una vez más me correría en brazos de aquel animal maravilloso que me había visitado aquella mañana en mi propia casa y sin nadie que pudiera molestarnos. Volviéndome hacia el muchacho le vi bufar como una bestia en busca de su propio placer y acompañándole en su hábil movimiento le supliqué que se corriera, que ya no aguantaba más aquel tormento.

Fue entonces cuando alcancé el último de mis orgasmos escapando mi amigo de mi agujero para hacerme arrodillar frente a él. Entregándome su negro miembro lo agarré entre mis dedos mirándolo embelesada y, sacándole el condón, empecé a masturbarle arriba y abajo viendo cómo su rostro se contraía y cómo sus piernas parecían flaquear ante la cercanía de la horrible explosión que se avecinaba. Así pues, lanzando un gruñido de satisfacción, el cuerpo varonil de mi joven compañero se tensó por entero momentos antes de empezar a eyacular llenando mi cara con el abundante manantial que sus testículos produjeron.

Al sentir cómo reventaba, en lugar de apartarme lo chupé con más ganas y con mis dedos me fui masturbando más y más deprisa hasta acabar rendida y satisfecha al volver a correrme, meándome de gusto mientras pensaba en aquel polvo tan fabuloso e inesperado que aquel dios de ébano me había hecho gozar. Varias andanadas de viscoso semen llenaron mi congestionado rostro alcanzando mi frente y mi revuelto cabello mientras el resto acababa sobre mi boca y mi barbilla recogiéndolo yo con mis dedos y saboreándolo sin dejar de mirarle con ojos de viciosa.

Nunca más le vi y realmente fue una lástima pues aquel muchacho era mucho más de lo que podía esperarse de mi vida monótona y tan llena de aburrimiento. Cada vez que me acuerdo de aquel tortuoso encuentro una enorme sensación de placer me recorre el cuerpo haciéndome sonreír agradablemente…

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